No debería importar la cifra (60.739 espectadores), tampoco el récord mundial de asistencia en fútbol femenino a nivel de clubes y menos aún el resultado del partido (Atlético 0-2 Barcelona). Lo único que debe clavarse como trascendental de lo ocurrido en el Metropolitano este histórico 17 de marzo, es que ellas, las mujeres futbolistas, han logrado generar un sentimiento propio que, en época de salvaguardar su identidad y valores, convierte a la pelota en un arma tremendamente reivindicativa a nivel mundial.


Cuando uno ve aproximarse un gran día desde la distancia, es capaz de imaginar a lo grande, de prepararse para afrontarlo con tensión o dejarse encandilar por la sucesión de elementos que lo sorprendan. La expectativa genera interés, multiplica las metas y exagera, muy peligrosamente y en gran medida, la realidad. Estar a la altura se convierte, finalmente, en el reto que hay que alcanzar. Hacerlo, probablemente, significará amor eterno. No hacerlo, casi seguro, puede generar rechazo, quizás para toda la vida. En mi caso, cuando la pasada semana me invitaron a acudir al partido de liga femenina entre Atlético de Madrid y Barcelona este domingo 17 de marzo en el Metropolitano, lo primero que pensé fue que era el momento perfecto para hacer mi propio experimento en busca de una experiencia 100% femenina. He realizado reportajes de televisión con ‘Las Pioneras’, las primeras mujeres que practicaron fútbol en España (durante el franquismo), he desarrollado programas podcast afrontando su crecimiento exponencial en la actualidad y he podido entrevistar y conocer a Vero Boquete, una de las principales impulsoras de que el fútbol femenino español esté donde está.

Sin embargo, cuando me abrieron la posibilidad de acudir a un partido que, más allá de sus grandes aspiraciones ligueras -las líderes contra sus principales rivales por el título-, buscaba dar el golpe definitivo a ese imparable movimiento femenino con el fútbol como gratificante excusa, encontré mi propio estímulo individual, desarrollar un experimento con aquella que más quiero. Mi novia, que tras más de una década de pareja con quien escribe, sigue diciendo cada vez que le preguntan que, en nuestra casa, la televisión siempre está en verde (por el césped futbolero, claro), tuvo acercamientos puntuales al fútbol cuando era adolescente. Se emocionó con España (siempre contamos cómo vivimos la eliminación ante Corea de 2002), disfrutó a lo grande con algún título de su equipo (ella hizo que me perdiera en directo el gol de Zidane al Leverkusen) y hasta formaba parte de la peña del futbolista más querido del equipo de fútbol sala de nuestra ciudad, Talavera. Ha visitado multitud de estadios (a veces sólo por fuera) de todo el mundo por acompañarme a mí (¿cómo no quererla?) y, de vez en cuando, en reuniones de amigos, ha sorprendido a todos cuando, sin estar ni siquiera yo cerca en la conversación, hablaba con bastante propiedad, por ejemplo, de la carrera de Jurgen Klopp ante la estupefacción de los chicos de la mesa.

 

Movimiento libre, movimiento sensato y movimiento reivindicativo con un trasfondo futbolero que engalanaba una perfecta mañana de domingo

 

Todo empezó a tomar forma especial cuando, pese a faltar más de tres horas, nada más subirme al metro (por cierto, tremenda manera de enlazar una zona un poco alejada del centro donde yo vivo, pues sólo se tarda unos 40 minutos), empezó a llenarse de chicas vestidas con los colores rojiblancos (muchas de ellas engalanadas como jamás vi a nadie acudir a un estadio, porque no les bastaba con la camiseta, sino que llevaban chándal, bufandas, trompetas…), entusiasmadas buscando cánticos para recitar con fuerza en las gradas (lo charlaban entre ellas intentando aprenderse la letra que alguna más avispada ya conocía) y muy emocionadas en sus rostros. No necesité más de cinco minutos para entender que, más allá de un partido de fútbol con media liga española en juego, lo que realmente estaban apoyando las chicas que allí acudían era, sobre todo, su libertad, disfrute y empuje hacia la igualdad con la mejor arma posible, el fútbol.

Cuando llegué al estadio, la reproducción de todos aquellos pensamientos que fui almacenando en el viaje, se multiplicaron por mil. En una zona de los exteriores del Wanda Metropolitano habitan las placas conmemorativas de los futbolistas más importantes de la historia rojiblanca y, justo esta semana, muy cerca de la plaza en memoria del número uno de su historia, el gran Luis Aragonés, se estrenaban tres nuevas recién instaladas estos días y que tenían cientos de chicas fotografiándose junto a ellas. Las de Amanda Sampedro (102 partidos), Silvia Meseguer (101) y Ángela Sosa (101), tres futbolistas femeninas ya entre los más gigantescos de la leyenda rojiblanca. Y sí, evidentemente había muchos padres y niños disfrutando del evento desde primeras horas, pero me hizo especial ilusión encontrar a muchísimos grupos de chicas (y utilizo el término chicas y no mujeres, porque la mayoría eran muy jóvenes) que, por iniciativa propia, por amor al fútbol o por defensa de su identidad y valores, acudieron a la llamada de la pelota sin necesidad de contar con sus parejas, novios o maridos para ello. Movimiento libre, movimiento sensato y movimiento reivindicativo con un trasfondo futbolero que engalanaba una perfecta mañana de domingo.

Se vendieron 50.000 entradas (el resto, hasta la cifra clave, pertenece a patrocinadores que hicieron todo lo posible por movilizar a las masas), se registró una asistencia de 60.739 espectadores, se alcanzó por tanto el récord mundial de asistencia a un partido de fútbol femenino de clubes (a nivel global, sería el sexto de la historia tras cinco partidos de selecciones, siendo el primero un Estados Unidos-Japón de los Juegos Olímpicos de Londres con 80.203 espectadores en Wembley) y se igualó mucho más la liga con la victoria del Barcelona (0-2) ante un Atlético de Madrid que sigue líder pero ahora tiene presión extrema hasta el final del campeonato… Pero lo más importante no son números, cifras o resultados, sino sensaciones.

El fútbol femenino logró notoriedad quemando etapas esta última década, logrando patrocinios, alcanzando acuerdos que multiplicaban su presencia en medios y adentrándose en el corazón de aquellas chicas que ahora tienen ídolos que responden a su mismo género, a sus mismas inquietudes y a sus mismas realidades. El camino será largo, tendrá baches y muchos desvíos que saben gestionar, pero todos estamos en la misma línea de optimismo. Primero, las futbolistas, que hoy se saben más protagonistas y podrán aprovechar el enorme escenario de un Mundial de fútbol este mismo verano en plena ola de fortaleza en el movimiento feminista (entiéndase como una defensa de valores en pro de igualdad, no como una ideología política que, desde mi opinión, no es). Segundo (y casi la mejor noticia para su progresión global), que los patrocinadores y grandes empresas del mundo del fútbol, saben que el fútbol femenino es un enorme almacén de ganancias, de explotación de beneficios y de margen para trabajar. Y, tercero, que la mezcla de ambas ampliará diariamente la atracción de ellas (y ellos) hacia nuevos retos. No necesitan las mujeres agarrarse a un único elemento para reivindicar igualdad y respeto, pero el fútbol, continuamente cargado de un poder mágico para devorar injusticias y exaltar alzamientos, parece un camino repleto de beneficios. Ellas ya están aquí. ¿Te unes?