Miradas

Una pared entre la realidad y la fantasía

Mi trabajo es convencional. Profesor en una universidad pública donde las cosas funcionan a medias. Donde las reuniones se acumulan como papeles en un escritorio sin dueño, donde los alumnos llegan con ojos vacíos y se van con respuestas aún más huecas. No es que me queje. Pero hay mañanas, como esa, en las que uno se cuestiona en voz baja.

Me levanté tarde. De esas veces en que el café no sabe a café, sino a rutina. Me subí al colectivo con el tiempo justo, con la mente aún enredada entre los sueños inconclusos de la noche y las obligaciones por cumplir del día.

Entonces se subió él.

Vestía deportivo, como si no necesitara más que eso para tener estilo. No lo conocía, al menos no de cerca, pero su cara era familiar: lo había visto en partidos, en portadas, en resúmenes de goles con relato exagerado. Era un jugador profesional. Un centrocampista, creo. Uno de esos que conoce mejor los vestuarios que las oficinas.

Se sentó en el asiento delantero y empezó a hablar con su manager. “Me llamó el club”, dijo. “Quieren que viaje esta semana. El contrato está casi cerrado. Europa, hermano. Europa”. Las palabras rebotaban en el techo del colectivo, se colaban por la ventana y volvían, como si el destino no supiera decidirse. Cifras, minutos, titularidades, bonus. Vida.

 

Se sentó en el asiento delantero y empezó a hablar con su manager. “Me llamó el club”, dijo. “Quieren que viaje esta semana. El contrato está casi cerrado. Europa, hermano. Europa”

 

Yo, mientras tanto, leía en mi celular correos de alumnos reprobados, notas sin subir, un recordatorio de reunión con jefes de carrera. Todos los males de la burocracia moderna en la palma de mi mano. Y ahí, a un asiento de distancia, alguien hablaba de estadios nuevos, de vuelos con escala, de una vida en la que la pelota lo había llevado lejos y con la que yo también una vez soñé.

Y sin embargo, viajábamos en el mismo colectivo.

Frente al estadio, el semáforo nos detuvo. El chofer, en su propia rutina, casi sigue de largo. Fue cuando le dije que me bajaba ahí. El jugador seguía hablando, metido en su conversación como si las palabras fueran el hilo que lo mantenía colgado de su fantasía.

Me bajé. Él también.

Un instante compartido entre dos mundos que casi no se tocan, pero que, por un momento, coincidieron en la misma calle. Lo vi alejarse hacia la entrada para los jugadores, mientras yo cruzaba hacia la universidad, donde los anhelos deben esperar su turno y convencer a quienes ya no escuchan, bajo la mirada de autoridades que hace tiempo dejaron de creer en los cambios.

Nos bajamos en el mismo lugar, uno a cumplir su sueño, y el otro con sueño a cumplir.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Bernardo Barrientos

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Bernardo Barrientos
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