En días en los que el presente se ha cancelado y el futuro está en calles que no podemos pisar, el pasado se encarga de cuidarnos. Todo lo que un día fuimos regresa para ocupar huecos que, de otro modo, solo se llenarían con soledad, ansiedad, miedo y aburrimiento. La esperanza, en cambio, viene de un sitio muy distinto, un lugar seguro que tiene que ver con los recuerdos, con la promesa de volver. Volver. ¿Y quiénes seremos cuando volvamos? Con los estadios vacíos, nos da por hurgar en nuestra vieja relación con el fútbol (con la vida). ¿De todos esos partidos que se acumulan en tu disco duro de aficionado, a cuáles volverías? ¿Cuántas cosas cambiarías? ¿Celebrarías más aquel gol por el que ni te levantaste porque, total, ya vamos ganando 2-0? ¿Recuperarías aquella temporada en la que malgastaste el abono porque, para qué dejarse la voz y la calma, si esto huele a descenso? ¿Sonreirías tras ganar aquella Liga que ‘qué pereza me da’ porque estamos fuera de Europa? Puede. Lo que tenemos claro es que, cuando salgamos al mundo del revés que nos espera ahí fuera, no habremos perdido la pasión. Con la industria de la felicidad cancelada hasta nuevo aviso, sin más recurso que tirar de archivo, hace semanas que nos mueve la esperanza de volver. En Zaragoza saben bien de dónde viene ese sentimiento. Hace 25 años que vuelven. A tantos lugares… Pero sobre todo a París. Y, desde el infierno, aún lo han revivido con más intensidad. Y así resistieron hasta que el presente les empezó a prometer un futuro mejor. Luego el mundo se confinó. 

Empezamos a trabajar en este número en una redacción llena. Lo cerramos desde casa, con goles pendientes de cantarse, ligas y torneos a medias, y ascensos que ya se adivinaban. Como el que se prometían en La Romareda. Pausa. ¿Qué es un confinamiento ante toda una vida y, sobre todo, ante la posibilidad de salvar tantas otras? Un instante. Lo justo para levantar la cabeza, coger impulso, ver a Seaman adelantado y volver. 

 

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Fotografía de Getty Images.