Miradas

Real Racing Club: historia en blanco, verde y negro

Este es el editorial con el que arranca el nuevo #Panenka147, dedicado al Racing, que ya está disponible aquí


 

Blanco. Verde. Negro. La del Real Racing Club es una historia en tres colores. Unas tonalidades que desde el primer día lucieron bien entre la élite de un país del que Cantabria, norte del norte, es un mirador, una cornisa a la que asomarse, un jardín con vistas al mar. Un puerto desde el que explorar.

Barcelona, Madrid, ¿quién más? De dominarlos con la vista desde su balcón, el Racing pasó a hacerlo sobre el césped, que tan verde parecía, por muy embarrado que estuvieran el área de Ceballos, las medias de Radchenko o las espinillas de Munitis. Baños memorables junto a la playa del Sardinero, hiciera frío o refrescara, lloviera o fuera a llover.

Blanco, verde, negro. Tres colores viajeros que cruzaron el Cantábrico y que, al desembarcar en Europa, fueron el lábaro de una región. París en verde, negro y blanco, pero también en rojo, la bandera de un paisaje. Santander en el Parque de los Príncipes y en el corazón de su gente, medio millón de cántabros y cántabras, de la Marina hasta la Montaña. Mientras, a lo lejos, los nubarrones amenazaban. ¿Quién iba a pensar que en un lugar como este soñar no era gratis?

 

El racinguista no va a dejar de sufrir. Pero es el precio que paga por saber que no todo es blanco o negro, que también puede ser verde. Verde esperanza

 

Acostumbrados a las tormentas pero no a la tormenta. Fundido a negro, el tono sufrido de los pantalones del que se sienta y dice que hasta aquí podíamos llegar; más que un color, una premonición de los desengaños que, traidores, aguardaban pocos años después del romance parisino.

El Racing es el único club del mundo en el que sus futbolistas se negaron a jugar para mayor gloria de su escudo. Aquella madrugada, tan oscura, amaneció con un verde que, aun tenue y apagado, alumbraba, daba calor. Blanco, como la página de un libro que estaba por escribir desde el día en que se vieron al pie del acantilado. Y hoy sus símbolos todavía representan a generaciones y lugares, personas y parajes, manjares y hambre, aguaceros y sed. A una forma única de ver la vida.

El racinguista, que las ha visto de todos los colores, no va a dejar de sufrir. Pero es el precio que pagan por saber que no todo es blanco o negro, que también puede ser verde. Verde esperanza.

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Redacción

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