Miradas

Raza Brava: un viaje crudo al corazón de Colo Colo

En Santiago se dan las gracias al conductor al bajar del bus urbano en tu parada. Me extrañó la primera vez, se me puso una sonrisa tonta la segunda y tercera. Posiblemente en la cuarta estaba despistado. Se acostumbra uno a lo amable, como es este país. Del chileno dicen que habla como si se pagase por letra, rápido y directo, pero también con una melodía que te deja tarareando una afrenta. Los diminutivos ayudan a mecerlo todo. Así el tecito. Y el pancito en el que te llega el bocado popular de la ciudad, el completo. El perrito caliente viajó desde la otra punta del continente, el santiaguino consideró que al hot dog le faltaban cosas y lo enriqueció, como mínimo, con tomate, palta y mayonesa. Las fuentes, salones de comida informal, también recogieron inspiración en los viejos soda fountains, mostradores con grifo que antecedieron a los diners, esa zona de confort mental a base de verla tantas veces en el cine de Hollywood. Ni los completos ni las fuentes estaban llamados a ser la única línea directa con Washington. Galeano eligió la imagen de las venas no solo para lo invisible, también para mostrar una Latinoamérica corpórea. Es una condición, la física, que también le atribuyó Nixon a Chile cuando dijo que había que hacer chillar a la economía del gobierno Allende. Lo que siguió es conocido. Quizá no tanto los testimonios de los detenidos en Villa Grimaldi. Entre sus recuerdos está el chapoteo de los hijos de sus torturadores en la piscina de esa finca a las afueras de la capital. A la fama de estabilidad política del país siempre la acompañó un runrún perceptible a quien pegase oído: el conflicto. El Chile de la desigualdad, la autogestión, el de los barrios, popular.

 

Raza Brava es cruda. Huye de caricaturas. Su secreto no es otro que tras ella hay personas que saben lo que es y significa Colo Colo y su hinchada

 

Es el que refleja la serie Raza Brava, que vamos a poder ver en Barcelona durante el inminente Serielizados Fest. La historia de Barti y Clavo, dos amigos que, desde la periferia santiaguina, entran —y cabalgan— en la dinámica de la barra brava de Colo Colo, la Garra Blanca. La serie cubre las dos últimas décadas del pasado siglo, retrocede hasta 1981 porque las fechas son importantes. En un acierto rotundo para situar al espectador, particularmente al joven o ajeno a la bio del país, su director Hernán Caffiero, el guionista Pavel Piña y equipo fijan el contexto de lo que seguirá. La dictadura, en ese momento, está bien viva y cruel, pero comienza a quebrarse. Se larva una crisis económica de la mano de toques de queda e intervenciones militares en barrios como el de los protagonistas de Raza Brava. Ya por entonces el grupo Sol y Lluvia ha lanzado su canción clásica, la propuesta al oyente de un viaje por la realidad social, a zonas como Pudahuel, precisamente donde se grabó la serie. Estaban por llegar los Pinochet Boys con su nombre y sonido amateur para descolocar a algunos. Y, sobre todo, Los Prisioneros, que publican su himno El baile de los que sobran en 1986. El año del atentado al general y el que se forma la Garra Blanca. Dijimos que el tiempo importa. Barti y Clavo están creciendo en la ficción y con ellos miles de chicos, cabros para quienes el domingo la grada es válvula de escape a la frustración diaria, un patio para expresarse. El tiempo importa porque ni la catarsis lo detiene, pero Colo Colo supo domar el calendario. Como si quisiera negarle la foto al dictador, esperó a su salida para ganar la Libertadores. Lo hizo con un yugoslavo sobre la bocina de esa nacionalidad. A ojos europeos, con la mística extra de un frío invernal. Uno puede brindar su tinto hoy con cualquier colocolino por Barticciotto, Jozić o la memoria del perro Ron.

Raza Brava es cruda. Como la buena carne, no necesita estar pasada para pegarte al plato. Huye de caricaturas. Su secreto no es otro que tras ella hay personas que saben lo que es y significa Colo Colo y su hinchada. No renuncia, y ese es otro de sus logros, a mostrar las contradicciones de girar alrededor de unos colores con una pasión desmesurada que puede comprometerlo todo, incluso la vida propia y de otros. Porque el club es una especie de yin-yang popular. Blanco por la pureza y negro por la seriedad, así lo quisieron sus fundadores. El guerrero mapuche del que toma el nombre y un crespón negro que acompaña al escudo desde la muerte temprana de su fundador David Arellano en Valladolid, durante una gira europea en 1927. Sus restos descansan en el Mausoleo de los Viejos Cracks, otra manera que el Colo encontró para decirle al mundo que esto se lleva al más allá. Ahí, en el cementerio de la capital, él y sus compañeros de cualquier época son acompañados por muchas tumbas con bandera colocolina. A ver qué otro grande nació en el bar de una necrópolis. Al Quita Penas fue Arellano tras el intento, frustrado por los veteranos, de modernizar Magallanes, su equipo hasta entonces. Lo hizo con una propuesta a su socio que un siglo después es frase de culto, contraseña entre la afición: “¡Vámonos, Quiñones, que jueguen los viejos!”. La historia que cuenta Raza Brava no podía comenzar de otra forma que con ese ímpetu.

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Ignacio Pato

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