Miradas

Que nadie olvide a Raoul Diagne


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Cuentan que Raoul Diagne paseaba por París con un guepardo llamado Rosso. Se lo habían regalado a Blaise Diagne, primer africano electo en la Cámara de Diputados francesa, en un viaje a Senegal, la colonia gala en la que había crecido Raoul, su hijo. El padre hubiera preferido ver al chico aprovechar con el mismo entusiasmo otros regalos que le había ofrecido, como esa buena posición social o la posibilidad de labrarse una carrera respetable. ‘Fíjate en tu hermano, médico del ejército. ¿No podrías ser un poco más como él?’, debió de escuchar no pocas veces Raoul de boca del señor Diagne.

Pero al chaval nadie podría separarlo del balón. Lo suyo era jugar. De día y de noche. Por eso tampoco iban a apartarlo de la madrugada parisina de los años 30, ese enorme cabaret en el que todos reían, bailaban y bebían mientras un mundo entero se resquebrajaba para siempre.

Uno se imagina a Diagne bajando del coche en Montmartre del brazo de su amiga Joséphine Baker, los dos aún tocados por el licor y la euforia. ‘Hermano pequeño’, lo llama ella, y esquivan la madrugada una vez más. Raoul enciende otro cigarrillo, y en algún local, al doblar la esquina, los espera el actor Jean Gabin junto a algunos compañeros de Raoul en la selección francesa. Porque sí, cuando Raoul se viste de corto no lo hace solo por rebeldía o pasión. Profesional del fútbol, una novedad para la época, es internacional francés. Es, de hecho, el primer negro que vestirá la zamarra ‘bleu’, y representará al país en el Mundial de 1938. Defensa alto y fuerte, polivalente en cualquier situación, podía actuar en todas las demarcaciones, incluso de portero. Por eso quizá lo apodaban la ‘Araña’.

Una araña y un guepardo. Juntos, pero no por mucho tiempo. Porque Rosso, como es natural, creció tanto que amo y mascota se tuvieron que separar. ¿Y quién se acuerda hoy del felino, quién se acuerda de Raoul? Si casi no recordamos cómo era el fútbol francés de hace una década, el anterior a los petrodólares, el previo a los salvadores que se empeñaron en llenar de focos una ciudad que, sin embargo, siempre había brillado por sí sola.

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Redacción

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