“Se me han enfriado las lentejas”, asiente, siempre sonriente, después de 48 minutos al teléfono. Feliz, e inmerso en el mejor momento de toda su vida balompédica, Óliver Torres (Navalmoral de la Mata, Cáceres, 1994) lleva ya 70 encuentros con el Sevilla, con el que el curso pasado celebró una Europa League que se suma en su currículum a la Liga (13-14) y la Copa (12-13) alzadas con el Atlético, a la liga y la supercopa lusas logradas con el Porto y a la Euro sub-19 ganada en 2012, junto a Kepa Arrizabalaga, Paco Alcácer, Gerard Deulofeu, José Campaña o Jesé Rodríguez, pichichi de este torneo.

“La gente solo ve el producto, y se pierde la persona que se esconde detrás. Y lo más importante: la historia”, prosigue el ’21’. Y esta es la suya:

¿Cómo estáis?

Ha habido momentos malos en los que la gente quizás ha dudado, pero el equipo cree muchísimo en lo que hace, y estamos súper contentos. Estamos donde queríamos estar, e incluso mejor porque muchas veces no somos conscientes de la realidad y porque empezamos la temporada muy tarde y sin tener vacaciones. Y nos sentimos con una experiencia muchísimo más alta. Estamos vivos en las tres competiciones, y ahora tenemos por delante un mes apasionante. Lo encaramos con muchísimo optimismo, y con el convencimiento de que si damos nuestro 100% podemos ganar a cualquiera, pero también somos muy conscientes de que si nos relajamos nos puede ganar cualquiera porque aquí las diferencias son mínimas. Porque esto está cada vez más ajustado y aquí el último puede gana al primero, y porque el fútbol es imprevisible y todo puede cambiar en un segundo. Los análisis hay que hacerlos a finales de curso, pero la temporada está siendo muy bonita, y no queremos renunciar a nada ni ponernos ni límites ni techos. Nunca puedes ponerte techos. Nunca, nunca. Ni en el fútbol ni en ningún ámbito de la vida: es frenar algo que no sabes hasta dónde puedes llegar. El objetivo claro es volver a posicionar el Sevilla en puestos de Champions, que los equipos grandes de Europa sigan viendo el Sevilla como otro equipo grande, y lo demás lo afrontamos con una ilusión, una ambición y una motivación de la leche. Y sin ninguna obligación, pero con una ilusión increíble. Ilusión es una de las palabras más bonitas que hay en el fútbol y en la vida.

 

“Afrontamos lo que queda con una ambición y una motivación de la leche. Sin ninguna obligación, pero con una ilusión increíble. Ilusión es una de las palabras más bonitas que hay en el fútbol y en la vida”

 

El Sevilla ha dado esta temporada un nuevo paso adelante.

El Sevilla es un equipo ganador porque ha ganado muchas Europa League y finales de Copa y ha sido reconocido a nivel mundial y no ha parado. Nunca se ha detenido, nunca ha tenido suficiente. Siempre ha querido seguir creciendo, y ahora nosotros somos los afortunados que estamos en el club para hacerlo crecer y, a la vez, crecer nosotros. La exigencia que te impone este club te hace ganador. Te hace sentir que debes ganar cada partido. Después de cada triunfo estamos felices, sí, pero sabemos qué es lo que tenemos que hacer, que hemos hecho lo que toca. Lo que se espera de nosotros. Es la satisfacción de pensar que has cumplido. Cuando nos miramos a los ojos notamos que tenemos un potencial como bloque muy alto, y sentimos que vamos por el buen camino. Ya llevamos más de un año trabajando juntos y el equipo es súper reconocible, de la mano del director del barco, Julen. El Sevilla confía y cree en su idea y su estilo de juego hasta el punto de que si nos cambiaras la camiseta sabrías que somos el Sevilla igualmente. Porque siempre imponemos la misma forma de jugar. Es nuestra idea, y, fruto de muchísimo trabajo, nos está dando unos resultados buenísimos.

En este bloque la competencia es, según parece, máxima.

El año pasado el míster y Monchi crearon una plantilla muy competitiva, y una de las claves de esta temporada ha sido mantener el bloque y sumarle piezas importantes como Ivan [Rakitic], Óscar [Rodríguez] o Karim [Rakik]. Esto es el mejor fichaje que hemos hecho. Aquí no importa quién juega porque la diferencia que hay entre los integrantes de la plantilla es mínima, y lo que se ha creado es un bloque en el que nada ni nadie está por encima del grupo y en el que lo más importante es que cuando te toque jugar seas capaz de darle al equipo lo que necesita. Cuando juntas todos esos ingredientes es difícil que la cosa salga mal. Porque cuando miras al lado ves a tu compañero, y en el momento en el que cae un poco tú lo levantas, y si tú caes él te levanta a ti. Si entre todos nos ayudamos no caeremos, y si caemos será para volver a levantarnos juntos. Aquí nadie es imprescindible, y todos somos necesarios. Tenemos jugadores muy importantes, pero el jugador más importante es el grupo. Es el que gana partidos, es el que ganó la Europa League el año pasado y es el que hoy nos hace estar donde estamos. De hecho, pienso que en el mundo del fútbol nadie es imprescindible más allá de Messi, que está tocado por una varita mágica. Y quizás de Cristiano. Los demás tenemos que intentar sumarnos: yo compito con mis compañeros, con Fernando, Gudelj, Mudo, Óscar, Ivan y Joan [Jordán] en el caso del medio del campo, para ser mejor yo, pero con ese trabajo también serán mejores ellos. Es mutuo: el compañero necesita de mí y yo de mi compañero. Y todos hemos entendido que esto nos hace mejores jugadores a todos. La competencia es máxima. Porque otro de los grandes aciertos en la confección de la plantilla ha sido buscar el hambre, las ganas, la ambición y la motivación en los futbolistas. Unos tienen ganas de decir aquí estoy yo; otros, ahora sí; otros, oye, que no estaba muerto. Cada uno tiene su historia, su película, pero cuando juntas todo eso y la cámara está bien enfocada las cosas pocas veces salen mal, sobre todo cuando todo esto lo rodeas de buenas personas. Porque la competencia es máxima, pero, a la vez, hay un compañerismo brutal. Una de las grandes claves de todo esto es el grupo que hay aquí: levantarte por la mañana y que sea un placer ir a entrenar y querer ver a los compañeros y compartir momentos con ellos es la clave primordial, y todo esto no hace más que potenciar las cualidades que hay. Es un equipo súper familiar. Es difícil encontrar un vestuario tan repleto de buenísimos jugadores y mejores personas. Todos, todos, los jugadores que estamos en el equipo vivimos el día a día con ganas de estar juntos, y eso es algo difícil de igualar en tu trabajo. La única pena de este curso es que no podemos estar al lado de nuestra afición, porque cuando el Pizjuán está a tope es una pasada. Es una delicia.

Debe doler jugar en el Pizjuán vacío, sin gente, sin alma. 

Cuando todas las gargantas empiezan a cantar al unísono el himno es increíble, y deseo que pronto pase toda esta situación y que la gente pueda volver al estadio: sueño con el momento en el que podamos volver a cantar juntos el himno. Más fuerte que nunca. Todo el mundo del fútbol conoce el himno del Sevilla, aunque no se sienta del Sevilla. Es el himno del Sevilla, pero es un himno del fútbol. Y mientras no acaba de pasar esta realidad que estamos viviendo, los jugadores debemos intentar responder a la responsabilidad social que tenemos, e intentar darle alegrías a la gente para que pueda desconectar un poco de todo lo que estamos viviendo. La que tenemos es una responsabilidad muy importante, y, a la vez, muy bonita.

Hablando de himnos: qué bonito es el de la Champions League.

Todas las competiciones son bonitas, y, en clave Sevilla, la Europa League todavía más, pero cuando suena el himno de la Champions League todo es diferente. Es diferente lo que siente, lo que experimenta, tu cuerpo. La piel de gallina. Para el club, a nivel de crecimiento, estar en la Champions es brutal, y para nosotros, como jugadores, también. La Champions te lleva hacia unos sentimientos desconocidos, a unas emociones indescriptibles, y, repito, es una pena que este año que la jugamos no podamos estar con la afición porque lo hubiéramos disfrutado de lo lindo. Porque este estadio cuando te empuja, te empuja, te abraza y te lleva en volandas, como canta el himno.

¿Qué recuerdas de la Champions de niño?

El gol de Ronaldinho en Stamford Bridge con la puntera. Fue brutal. Pero la verdad es que no tengo grandes recuerdos de la Champions. Prefiero vivirlos que recordarlos. De crío me pasé mucho más tiempo en la calle que delante de la televisión. Era súper callejero, de barrio. Estaba todo el día con la pelota. Fui un niño muy feliz. Hoy cuando paso por los parques y no veo niños con la pelota me da mucha pena. Porque los niños de hoy se pierden la alegría que teníamos antes. La libertad. Yo salía del colegio a las 2, y a las 2 y cuarto ya había comido y ya estaba en la plaza dando balonazos, solo, con los vecinos gritándome que no molestara y que me fuera a casa, y ahora una de las cosas que más valoro y más aprecio es poder sentarme en un banco con mis amigos a comer pipas mientras hablamos de la vida. Todo aquello me encantaba, y lo echo mucho de menos: qué felices éramos y qué poco lo valorábamos. Ahora daría mi vida por poder ir un año al colegio. Por poder volver a cuando era pequeño. Pensábamos que los deberes eran responsabilidades. El fútbol, por suerte, es una de las pocas cosas que nos permiten volver ahí: a tu esencia, a esa camiseta que era más grande que tú, a las zapatillas pegadas con Super Glue por tu padre, a esa esencia que ningún futbolista debería perder. Porque al final es lo que te mantiene vivo, lo que te hace no perderte nunca. Lo que te hace tocar siempre con los pies en el suelo.

A nivel personal, se te ve plenamente acoplado al Sevilla, y a su nunca se rinde.

El lema del club, y los valores que impone, de sacrificio, de trabajo, de humildad, de que el esfuerzo está por encima de todo, conjugan mucho con mi filosofía. He encontrado un lugar muy bonito, a apenas tres horas en coche de casa, y siento que es el mejor sitio en el que puedo estar. Me siento muy bien, en el mejor momento. Sevilla me ha dado, y me está dando, mucha felicidad. E intento disfrutar mucho porque es algo muy bonito. A veces no es fácil, pero intento disfrutar de cada partido, de cada entreno, de cada día. Cuando las cosas funcionan hay que seguir en esa dinámica. Y no caer. No hay que caer. Hay que seguir trabajando más que nunca, y tengo muchísimas ganas de seguir aportando, de seguir ayudando y de seguir creciendo en Sevilla. Aún tengo mucho para dar.

“Disfruta siempre de lo que haces. Es la clave para llegar a lo más alto, o ser feliz en el intento”, reza tu bio de Instagram.

Ahí está la teoría, pero cuando no entras en un partido, o tres, o las cosas no salen como esperas, muchas veces no es nada fácil relativizarlo. Con la edad vas aprendiendo a hacerlo, pero no es fácil. En el fútbol nunca es fácil nada. Desde los 17 años hasta hoy he jugado unos 300 partidos, y he pasado de héroe a villano de un día para otro muchísimas veces. Y convivir con eso no es fácil. Hasta dudas de ti muchas veces. Con el paso de los años vas madurando, y te vas dando cuenta de que lo principal, lo más importante, es no perder nunca la confianza, no dejar de creer en ti mismo y en lo que puedes llegar a hacer. Saber lo que vales. Y el trabajo siempre paga al final: no sabes de qué manera y no sabes cuándo, pero si tú pones todo de tu parte la suerte que necesitas muchas veces acaba apareciendo. Después de muchísimo vivido, de muchísimo sentido, de lo mejor, de lo peor, ahora, con 26 años, me encuentro en uno de los mejores momentos de mi vida, y noto que mejoro, que crezco. Tengo sueños, y los voy a conseguir, o, por lo menos, voy a ser feliz en el intento, sí.

 

“Para mí todo esto es mucho, muchísimo, más de lo que hubiera podido llegar a soñar nunca. Para mí esto un puto sueño”

 

La etiqueta de eterna promesa debe pesar, como una losa.

Es una etiqueta que siempre va a ir conmigo. Da igual lo que haga. Significa que hay expectativas altas depositadas en mí, y yo lo único que puedo hacer es centrarme en mi trabajo, seguir mejorando. Y siento que poco a poco voy siendo yo. Cada vez quiero ser más y mejor yo, y cada vez voy acercándome a una mejor versión de mí, a lo que quiero ser, y me siento orgulloso del camino recorrido. Sigo con hambre, afrontando el día a día con la misma humildad con la que lo he hecho desde niño. Y siento que lo mejor está por llegar.

El fútbol parece, demasiadas veces, una trituradora de jóvenes.

Yo con 17 años llegué del Europeo sub-19 y me presenté a hacer la selectividad rodeado de cámaras, y fueron a mi pueblo a hacer un reportaje sobre mí. Apenas era un niño, y fue un boom enorme. Nadie te enseña a convivir con todo eso, y son piedras que se te van metiendo en la mochila. Y pesan. Me comparaban con los mejores centrocampistas del mundo. La realidad es que yo seguía siendo Óliver. Pero sobre el papel es tan fácil poner ‘Óliver Torres es el nuevo Xavi o el nuevo Iniesta’, como poner ‘Óliver Torres ya no vale para nada’. En realidad, lo único que importa es enfocarte en ti, en lo que tú controlas. Y saber que cuando decían que eras la hostia no era la verdad, y que cuando decían que no valía para nada tampoco lo era. En el fútbol no hay termino medio, y debería haberlo.

Yo he tenido la suerte y la capacidad de debutar con 17 años con el Atlético de Madrid, de jugar unos meses en Villarreal, de estar cuatro años en Porto y ser campeón en Porto, de venir a Sevilla y ganar un título y, en definitiva, de jugar muchos partidos en la élite, y, sobre todo, de ser muy, muy, feliz. Y para mí todo esto es mucho, muchísimo, más de lo que hubiera podido llegar a soñar nunca. Para mí esto un puto sueño, y para mi familia, que cuando yo llegué al Atleti, con 13 años, tuvo que hacer un gran esfuerzo para que yo pudiera cumplir mi sueño, es un privilegio. Siempre habrá comentarios que te harán daño, y es inevitable que duelan porque los jugadores somos personas, pero cuando te paras a reflexionar y visualizar todo lo conseguido, y lo complicado que ha sido el camino, todo cobra sentido. Hay que darle valor, y, sobre todo, acordarte de cuando eras pequeño y de todo lo que hubieras dado y lo que hubieran dado tus amigos por tener una oportunidad como la que tú tienes. En el mundo del fútbol se habla mucho de fracaso, pero la palabra fracaso está mal empleada, y creo, también, que le estamos dando a la sociedad y a la juventud una definición de la palabra fracaso que no es la real, y que resulta muy peligrosa. ¿Qué es fracasar? Lo que realmente importa es sentirse feliz. Y afrontar cada día como una nueva oportunidad de mejorar. No existe la palabra fracaso en mi vocabulario: solo lección y aprendizaje.

La última. ¿Por qué Óliver?

Viene de Oliver y Benjí, sí. Iba a llamarme Hugo, pero mis hermanos decidieron ponerme Óliver, y ha salido bien (ríe, como durante casi toda la entrevista). Todas las mañanas antes de ir al colegio veía la serie. La habré visto mil veces.

 


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Fotografías de Getty Images.