Miradas

Lo menos importante del fútbol es el fútbol

Cuentan que el festejo se inventó en Polonia, años setenta, cuando los aficionados de algunos clubes querían protestar contra la gestión de sus dirigentes pero al mismo tiempo no dejar de apoyar a sus equipos. De ahí esa forma de colocarse en la grada, todos de pie, dando la espalda al campo y cogidos por los hombros, varias cadenas humanas meneándose como serpientes en movimiento. No se popularizó en el resto del mundo hasta más tarde, cuando los seguidores del Lech Poznań, en sus aventuras por la Champions, reemprendieron la coreografía, ya solo festiva, y las hinchadas rivales sacaron el papel de calco: la escena se replicó inmediatamente en estadios como los del Manchester City o el Celtic de Glasgow. La ‘Celebración Poznań’, así se conoce desde entonces. Hay algo conmovedor en ese danza impetuosa, con decenas de personas botando y sujetándose las unas con las otras mientras el balón rueda en cualquier parte, quizá en tu área o en la del enemigo, qué más da. Lo que emociona es eso: el gesto de no mirar el césped, como si el fútbol fuera lo menos importante del fútbol, como si el fútbol fuera muchas cosas antes que un juego, comenzando por una excusa deliciosa para juntarte con tu gente y celebrar aquello que os une, que puede ser poco pero a la vez lo es todo. Fútbol y amistad casan bien, como el tomate y la mozzarella. Tanto dentro como fuera de la cancha. He estado haciendo memoria y creo que puedo afirmar que nunca he perdido a un amigo por el fútbol. Al contrario. He sumado nuevos y he atado todavía más en corto a los que ya tenía. Por supuesto, me he discutido con todos ellos en alguna ocasión por culpa del balón, debates acaloradísimos, más épica que en la crucifixión de un santo. Pero las llamas se han apagado en cuestión de minutos, porque las peleas entre pacientes con la misma enfermedad jamás llegan al segundo asalto. Nos levantamos el dedo, subimos el tono, nos ponemos demagogos, soltamos una risotada irónica, y al cabo de un rato, nada, el rollo de siempre. Como esas familias desbordadas de sentimiento que acaban una cena lanzándose la comida a la cabeza y a la mañana siguiente cargan juntas la compra del supermercado.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Marcel Beltran

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