Miradas

La sonrisa de Edson, la corona de Pelé


Este es el editorial de nuestro Especial sobre Pelé, que está disponible aquí


 

Eran las 23:11 del 19 de noviembre de 1969 cuando Pelé marcó su gol 1.000. Qué número tan preciso, tan redondo y, a fin de cuentas, tan extraño para celebrar la carrera de un héroe de la antigüedad, nacido del mito, del boca a boca, de la tradición oral.

La estrella de la radio para la que se inventó la cámara de cine. El hijo de un lugar al que nadie miraba, de allí donde sólo se canta, se reza y se espera. Nacido de la improbabilidad, uno entre 200 millones. Hijo de Brasil, de su mundo, pero también del de los demás. De su gente y de la ajena, de todos para los que trabajó con sus pies y su sonrisa, la tuya, la de Edson, salido de la urgencia de lo elemental, pero siempre en deuda con ellos, los otros, los que a falta de talento sólo tenían dinero. Y él, Pelé, un rey entre iguales, los abrazó y se sintió libre dentro de sus palacios.

 

Nacido de la improbabilidad, uno entre 200 millones. Hijo de Brasil, de su mundo, pero también del de los demás. De su gente y de la ajena, de todos para los que trabajó con sus pies y su sonrisa

 

Pero aquel no era tu hogar, Edson, hijo de ese mundo nuevo y banal que tú mismo contribuiste a construir cuando le hiciste aquel sombrero a aquel sueco en aquella final, cuando él, Pelé, de un chasquido sacó al fútbol de la prehistoria. Y contigo, colores. Amarillo alegría. Amarillo esperanza. Amarillo chillón. De Bauru a Nueva York, eras Pelé, Edson, un rascacielos en la capital del mundo. Grande, poderoso, impertérrito, el símbolo que enorgullece a los que pasean junto a él aun sin haber puesto nunca un ladrillo, sólo por el placer de sentirse parte de algo distinto, especial. Eso era él.

Querían tocar al hijo de un tiempo por el que Pelé pasó con la boca cerrada. Tras el 1.000, todos tus hijos, los que empuñaban una cámara, los que se agarraban fuerte a su chequera, los que gritaban, pararon el partido. Y lloraste, Edson. Rodeado, pero más solo que nunca. Y años después lamentaste no haber dedicado el gol a la única persona que lo merecía. Porque no eras hijo de nadie más que de Celeste, Edson. Surgido de la epopeya que se repite en el barrio olvidado de cada pueblo, de cada ciudad, cada mañana a las afueras de ese mundo que conquistaste. Feroz, orgulloso, triunfador, Pelé. Antes de volver a casa, Edson. Y reposar.

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Redacción

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