Calcuta no es una ciudad nada fácil. Es muchas cosas, y todas juntas, o mejor dicho mezcladas, pero fácil no. Sus grotescas estampas inimaginables hasta que te las encuentras de frente pueden ser divertidas o muy hirientes.

Jamás he vivido en un lugar donde la convivencia entre los extremos se lleve con más cotidianidad. La llaman ciudad de la alegría, y los calcutenses se sienten muy orgullosos de ella. Esos ojos tristes que contrastan con unas brillantes sonrisas transmiten un conformista bienestar muy difícil de concebir bajo la mirada materialista occidental. Subjetivamente se podrán tener muchas discusiones al respecto, pues hay infinidad de cosas en ella para no sentirse muy satisfecho. Pero sobrevivir Calcuta y disfrutarla está destinado sólo a las personas fuertes, o muy fuertes, en todos los sentidos.

El aterrizaje ya es diferente a cualquiera de los que hago en este país. Esa inmensidad que puede asustar me cautivó desde el primer día. Fue mi bienvenida a la India, la primera vez. También ha sido el primer lugar donde he visto fuegos artificiales desde arriba, desde el otro lado, desde el cielo.

En esta visita para jugar contra el ATK, salí por la mañana a dar un paseo para recordar sensaciones vividas, visité un templo, caminé por sus caóticas calles, y de vuelta en el coche me choqué con algo que no pude dejar pasar. “Stop driver please!”. Y le pedí al conductor que diera la vuelta porque no estaba seguro de haberlo visto bien. Pero si, no fue un espejismo. Un tipo hablaba por teléfono en la calle. Hasta aquí todo bien; el tipo había aparcado su bicicleta y estaba con el auricular inmerso en su conversación, mientras en la otra mano sostenía el aparato. Digo bien, porque falta la aclaración que me hizo detener el vehículo: ese señor había cargado su teléfono fijo, que no móvil, con su teclado, su cable y su auricular… , montado en su bicicleta, y una vez llegado al lugar de los hechos, empalmado el cable de la calle a su aparato. City of joy, por supuesto.

Volví a pisar sus calles, muchas iluminadas por el reciente festival de Durga Pooja, volví a oler sus hedores, a admirar alguno de sus templos, a sufrir su insufrible tráfico, volví al lugar donde la dejé en mi piel marcada para siempre.

Ha sido mi primera vez para tantas cosas, que sólo puedo sentir amor por ella.

Por desgracia no volví a pisar el Salt Lake Stadium porque este año no es la sede del equipo local, y me perdí la sensación de revivir maravillosos momentos de ese primer campeonato del cual salimos vencedores. Pero sacamos un punto en el Rabindra Sarovar Stadium, el primero de nuestro torneo, y tuvimos en el partido mejores sensaciones que en los primeros tres encuentros. Y me estrené en el casillero goleador. Así que la visita resultó satisfactoria, o más satisfactoria de lo que ya habría sido por ella misma.

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Jofre Mateu

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