Las finales de la Euro.


 

Hay gente a la que le gusta llegar tarde siempre. En cualquier circunstancia, a todo tipo de eventos o reuniones, al trabajo, al bar, a casa, a la cama, a donde sea. No sé si me acababa de caer bien esta gente. Ponen un poco de los nervios. Llegar a la quedada a en punto y recibir un WhatsApp a y cuarto diciéndote que ahora salen. Cabrón, era a en punto. ¿Tanto cuesta? Me pregunto si lo hacen porque son despistados, porque viven con la calma o si porque les gusta hacer esperar. A todos nos gusta gustar. Y probablemente la cultura del llegar tarde tenga un poco de esto, que la gente te espere, sentirte importante, que digan ¿y este dónde está?, ¿le habrá pasado algo?. Eso creo yo. O quizá simplemente sea que les importa bien poco el reloj y lo que digan de ellos. Y la cuestión es que llegan. Tarde, pero siempre llegan.

Horst Hrubesch, aquel delantero alemán de los años 70 y 80 al que todo el mundo conocía como ‘Das Kopfballungeheuer’ (‘La bestia de los cabezazos’), era esta clase de persona. No fue hasta que cumplió 24 ‘primaveras’ que empezó a hacerse un nombre en esto del fútbol. Había jugado siempre en categorías modestas del fútbol teutón, pero el Rot-Weiss Essen se fijó en él en el 75 y a partir de ahí se convirtió en uno de los más carismáticos goleadores de la Bundesliga. Tres años ahí le bastaron para fichar por un histórico de la liga, el Hamburgo. Y juntos lo petaron. Tres ligas alemanas y una Copa de Europa en su palmarés. Nada mal.

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Entremedio, mientras militaba en las filas del ‘Dinosaurio’ alemán, la llamada de la selección. Llegó tarde, una vez más. Porque Hrubesch ya rozaba la treintena. Pero qué más da lo tarde que llegue. Él se iba para Italia para jugar la Eurocopa, un torneo del que acabaría siendo protagonista principal, aunque al principio fuera un actor de reparto. Ya saben, a Hrubesch lo de llegar pronto a las citas nunca le acabó de ir bien.

En el primer partido de los alemanes en la Euro 1980 ‘La bestia de los cabezazos’ no jugó ni un minuto. Claro, no iba a debutar el primer día. Lo dejó para el segundo, pero, lógicamente, no marcaría. Demasiado pronto, supongo. En el tercero también jugó. ¿Marcó? No, no nos adelantemos. Alemania quedó primera del Grupo A en aquel formato de ocho selecciones divididas en dos grupos con el líder de cada uno clasificándose para la final. Se las vería ante Bélgica en el partido decisivo. Y en esas ya apareció el bueno de Horst Hrubesch. Mandó un WhatsApp a sus compañeros y les dijo que ese era el día, que había llegado la hora de sus goles. El primero, extrañamente, lo materializó a los 10 minutos de juego, y con la pierna. Cosa rara. El segundo, marca de la casa. Empate a uno en el electrónico después de que Vandereycken igualara desde los once metros, apenas 120 segundos para cumplirse el fin del tiempo reglamentario y un córner a favor de los teutones. Hrubesch corrió al primer palo, saltó más que nadie y, de cabeza, por supuesto, y tarde, por supuesto, le dio a Alemania su segunda Eurocopa. Si hay que llegar tarde en esta vida, yo me pido hacerlo como Horst Hrubesch.

 


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Fotografía de Imago.