Wayne Rooney dijo en una ocasión que, de no haber podido hacer carrera como futbolista, no habría tenido ninguna duda respecto a qué otro oficio escoger: “Boxeador, este deporte lo llevo en la sangre”.

La cuestión es que ese interrogante se esfumó rápido, pues cuando todavía le faltaba un buen cacho para alcanzar la mayoría de edad, ya había debutado en partido oficial con el Everton. La primera vez que le vi sobre un terreno de juego coincidió con la jornada en la que anotó su primer gol como profesional. Solo tenía 16 años y 360 días, y con ese tanto se convirtió en el jugador más joven de la Premier en adjudicarse uno. Se lo marcó al Arsenal, que por aquel entonces acumulaba 30 encuentros sin conocer la derrota: una racha brillantísima que luego sería superada por otra todavía más brillante, y que en parte fue la responsable de que en mí se despertara una extraña simpatía por un equipo que al cabo de una década me condenaría a la más ridícula de las tristezas, que es aquella que sientes cuando un conjunto con pasta que juega en la otra punta de Europa, y que por lo tanto no tendría que importante un carajo, se abona a la decepción constante. El caso es que esa tarde en la que Rooney descorchó su leyenda yo estaba enfrente del televisor. Recuerdo que el resultado era de 1-1, y que, cuando ya agonizaba la segunda parte, la promesa de los toffees bajó un balón que apareció flotando en campo contrario. Lo que vino a continuación nadie pudo preverlo: aquel chaval, lejos de arrugarse ante las piernas de spaghetti de Sol Cambell, se plantó a tres metros del zaguero y soltó un bombazo desde lejos que, por justicia poética, acabó atrapado entre las redes de la portería. Mi reacción al suceso fue instantánea: me levanté de golpe, como si me hubieran entrado unas ganas repentinas de ir al baño, y me llevé las manos a la cabeza. Debo reconocer que mi reflejo se activó no tanto por entender que aquello liquidaba el áurea inmortal del Arsenal, sino por la constatación personal de haber asistido a un acontecimiento verdaderamente marciano.

 

Nadie sabe qué Rooney veremos a partir de agosto en el Everton. Y resulta muy tentador imaginar que quizás recuperemos parte de la versión original de ese adolescente con cara de pocos amigos que fue en su día

 

Hubo algo en aquel disparo brusco, casi antipático, que se quedó incrustado para siempre en las entrañas de la memoria colectiva del fútbol británico. Es como si Rooney hubiera conseguido sintetizar en esa jugada todo el relato que sus pasos habían construido hasta entonces. La historia de su complicada infancia en Croxteth, un suburbio de Liverpool, con sus calles grises, sus jardines destartalados y sus empujones en las puertas de los bares. Con sus fachadas tristes y el ruido metálico que desprendían las fábricas. Una imagen áspera y hostil que, trasladada al terreno de juego, quedaba perfectamente plasmada en el chut de ese muchacho impetuoso que acabó en gol, y que más tarde celebraría corriendo hacia los hinchas con los puños en alto, cargado de orgullo.

No es ningún disparate pensar que, por aquel entonces, Rooney todavía poseía rasgos más propios de un boxeador que de un delantero. La mala leche con la que acostumbraba a pegarle al cuero, por un lado, y lo muy cercanas que quedaban las escenas de su infancia, por el otro, ayudan a justificar este razonamiento. Al fin y al cabo, y aun después de haber ingresado en las categorías inferiores del club de sus amores, el joven Wayne siguió acudiendo con asiduidad al gimnasio de su tío Richie, donde había un cuadrilátero en el que pasaba horas entrenando. Aquella afición robusteció el carácter del chaval y marcó profundamente el estilo futbolístico con el que luego dio a conocerse.

Bien es cierto, sin embargo, que esa especie de sello personal no duraría para siempre. Desde su fichaje por el Manchester United y, sobre todo, desde que separó su camino del de Cristiano Ronaldo, Rooney procuró deshacerse de la etiqueta de bad boy que siempre lo había perseguido y fue redefiniéndose en el campo, volviéndose poco a poco un futbolista mucho más refinado, capaz de dibujar obras sofisticadas en la zona de remate, como aquella célebre chilena ante el City, o incluso de retrasar su posición en el esquema para potenciar el juego de sus compañeros como centrocampista creativo. El cambio llegó a ser tan palpable que hubo un momento en el que empezamos a sospechar que ese tipo estaba consiguiendo aquello que otros muchos no han logrado ni con años de empeño, borrar su pasado, y que encima lo estaba haciendo tan alegremente, como quien frota el cristal con la manga de su camisa para limpiar el vaho.

Tal vez por eso su vuelta a casa, ahora, genere tantas expectativas. Nadie sabe qué Rooney veremos a partir de agosto. Y resulta muy tentador imaginar que quizás recuperemos parte de la versión original de ese adolescente con cara de pocos amigos que fue en su día. ¿Por qué no iba a ser posible? Con su regreso al Everton, la estrella se asegura estar más cerca de su familia, más cerca de su barrio, más cerca de sus primeros recuerdos. Más cerca del ring.