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Los viajes memorables del Celta por Europa

Este reportaje está extraído del #Panenka131, un número especial sobre el Celta que sigue disponible aquí

 

El Celta no es un gigante. Ni tan siquiera un grande. Pero eso no impide que sea el 13º equipo español que más partidos ha disputado en competiciones europeas. 80 rarezas que se dividen en tres etapas bien distintas: la primera vez, un logro al que se le da más valor en el presente que el que se le dio en el pasado (71-72); una época de borrachera europea, en la irrealidad de codearse con los grandes arriesgando el futuro (98-07) –“de noche sueño con algunos partidos y con algunos goles. Regreso a esos años en los que estuvimos en Vigo y a cómo la ciudad estaba con nosotros”, rememora Alexander Mostovoi, gran emblema de aquel equipo-; y un último paso ya de club maduro, superviviente y orgulloso de lo propio (16-17).

Una entidad centenaria tiene que basarse en la herencia. Por eso, es de justicia poética que tres futbolistas como el ferrolano Juan Fernández, el paraguayo Gabriel Lezcano o el mugardés Santi Castro estuviesen en el primer once europeo en 1971 y, después, fijasen su casa en Vigo y pasasen lustros trabajando en el club -los dos primeros como entrenadores de la base y el tercero desde la dirección deportiva- y contribuyendo a parir un proyecto de cantera que tuvo su cénit en el equipo que, liderado por Eduardo Berizzo, rozó su final europea en Mánchester en 2017. Con futbolistas como Sergio Álvarez, Hugo Mallo o Iago Aspas liderando con esa sabiduría mamada en A Madroa. Ese hilo conductor es el que da sentido a una historia de nueve temporadas entresacadas en medio de 100.

LA PRIMERA (Y EFÍMERA) VEZ

Contar las veces que late un corazón a lo largo de un siglo de vida. Los latidos rutinarios, los desperdiciados, los primeros, los acompasados, los disfuncionales, los pausados, los acelerados, los miedosos, los valientes… Millones y millones de impulsos de vida, hilados, cosidos, pero no iguales. Porque más allá del músculo, el corazón siente y no son equivalentes cada sístole y cada diástole. El venerable Celta centenario supera los 3.600 partidos oficiales y apenas 80 son elegidos, cardiacos, memorables. Son los que ha disputado en alguna competición europea en sus nueve participaciones entre septiembre de 1971, cuando apuraba la cuarentena, y mayo de 2017, cuando se intuía ya el aniversario de tres dígitos.

 

Cuando el continente conoció Balaídos, desde los 70 hasta la Europa League de 16-17, pasando por los días mágicos del ‘Euro Celta’

 

La primera vez llegó como si nada. El 4 de abril de 1971, el Celta superaba al Sevilla en Balaídos (2-0) a falta de dos jornadas y se garantizaba así acabar al menos sexto aquella temporada, lo que suponía clasificarse para la Copa de la UEFA. Fiel a sí misma, Vigo, ciudad adusta a la que le cuesta vanagloriarse, no saltó de alegría, sino que lo vivió hasta fríamente. No ayudó al jolgorio la brevedad del paso, pues el Aberdeen mató el sueño nada más nacer: un 0-2 en Balaídos y un 1-0 en tierras escocesas para no dejar, siquiera, recordar un gol. Al corazón celeste apenas le dio tiempo a cambiar su ritmo. Pero Manolo, Rodilla, Juan, Lezcano… son nombres que perduran en el imaginario colectivo, hoy en día convertidos en experimentados vecinos, algunos de ellos con mano en la creación de una cantera que acabaría por asaltar el Viejo Continente.

Aquel primer partido. La primera vez. No la mejor. Pero tampoco tan mala como se puede deducir del resultado. “No fuimos inferiores”, ha dicho al respecto Juan Fernández. Y él lo sabe, que estuvo allí. Los célticos erraron ocasiones. Los escoceses, más duchos en Europa, aprovecharon una al inicio del primer tiempo y otra mediado, este último un gol olímpico, para más inri. Listo.

Hubo que esperar 26 años para sentir de nuevo en el pecho ese latido. Cuando el Celta cumplía 75 y con Jabo Irureta en el banquillo, un triunfo ante el Mérida en la última jornada, de nuevo en Balaídos y de nuevo por 2-0, abría las puertas de Europa el 15 de mayo de 1998. En aquel equipo ya estaba el ruso Mostovoi, ídolo celeste. “Me quedan las imágenes de la celebración. Nos habían dicho que hacía muchos años que el Celta no estaba en Europa. Salimos de Balaídos hacia la Plaza de América con la gente. Lo disfrutamos mucho. Fue importante, sobre todo, para la afición. Y para algunos jugadores. Para mí era normal porque había jugado con otros equipos. Pero estaba muy contento de estar presente en un momento tan importante para la institución”, rememora a Panenka desde Rusia.

Esta vez, el Celta llegó para quedarse, porque inició entonces un periodo de seis años en el que el equipo vigués fue uno de los mejores. Una época extraña en la que perteneció a la nobleza, encadenando cinco participaciones consecutivas en la Copa de la UEFA -con Víctor Fernández al mando-, coronadas con un último paso por la Liga de Campeones -con Miguel Ángel Lotina de cerebro en el banquillo-. “Como llevo tanto tiempo sin jugar, de noche sueño con algunos partidos y con algunos goles. Regreso a esos años en los que estuvimos en Vigo y a cómo la ciudad estaba con nosotros”, relata Mostovoi recordando su castellano. “Yo estaba acostumbrado a vivir en una ciudad grande como Moscú y aquí no se nota tanto. Sólo durante el partido, que va mucha gente. Y ya. Pero en Vigo… Todos los días los jugadores sentíamos que 300.000 personas estaban con nosotros. ¡Eso sí que me falta ahora! Es lo más bonito”, explica.

 

Quien no conocía al Celta, lo conoció esa noche en el Villa Park. Ante un rival asiduo en Europa, campeón continental y tras un 0-1 en la ida en Balaídos, el equipo de Víctor Fernández dio una lección de fútbol

 

LOS CUARTOS MALDITOS

El humilde Celta se sentó a la mesa de los grandes: los cursos 98-99 y 99-00 asombró a Europa, con un juego atractivo y efectivo, cayendo en cuartos de final ante el Olympique de Marsella y el Lens, respectivamente. En ambos casos, con la sensación de tener nivel como para seguir adelante. Cáceres, Mostovoi, Revivo, Penev, Karpin, Gustavo López… Nombres llegados de todo el mundo para elevar la historia celeste.

Y grandes noches. 3 de noviembre de 1998. Quien no conocía al Celta, lo conoció esa noche en el Villa Park. Ante un rival asiduo en Europa, campeón continental y tras un 0-1 en la ida en Balaídos, el equipo de Víctor Fernández dio una lección de fútbol para ganar, con solvencia y pese a un penalti en contra, 1-3. Nacía el ‘Euro Celta’, que apenas un mes después, el 8 de diciembre, conquistaría el templo de Anfield gracias a un gol de Revivo, un icono, con ese recorte hacia dentro. Un cuatro veces campeón de Europa como el Liverpool se rendía a la evidencia: aquel Celta jugaba mejor.

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Ese inolvidable curso se cerró ante el Marsella. Un Celta de leyenda, plagado de figuras y con un fútbol atractivo buscaba las semifinales. El 2-1 de la ida lejos de Vigo no era mal resultado para un equipo acostumbrado a marcar. Pero no hubo gol. La imagen de Gudelj lamentándose de no haber llegado a un centro en el segundo palo aún duele. De los 34 partidos jugados en Europa por Mostovoi, ése es el que más recuerda. “Es el que me sabe peor. No marcamos y todo el partido estuvimos jugando en el área del rival. Nos faltó sólo hacer un golito. Jugamos mucho mejor que ellos y después llegaron a la final, que se jugaba en mi ciudad, en Moscú. Durante muchos años me acordé del partido…”, se lamenta.

La siguiente temporada fue la de las goleadas insospechadas. Un Balaídos repleto, con 10.000 benfiquistas en las gradas, para una noche inolvidable. Otro campeón de Europa enfrente. Y entre el minuto 20 de la primera parte y el 32 de la segunda, siete goles. Uno cada poco más de ocho minutos. Eran dieciseiavos. Y apenas unos meses después, la Juventus, un gigante, ganador de la Champions tres temporadas antes, con jugadores como Zidane y con Ancelotti en el banquillo, vivió en Vigo una de sus peores pesadillas. Balaídos besó el cielo aquel 9 de marzo con ese 4-0. “Casi siempre se dice que el juego se olvida y el resultado queda. Pero cuando alguien te dice: me acuerdo de cómo jugabas, de cómo jugaba aquel Celta, era la hostia, qué juego tan bonito… Eso se te queda dentro”, apunta el ‘Zar’. De nuevo un club francés puso fin a la aventura. Empate sin goles en la ida, jugada en Vigo, y remontada del Lens en la vuelta (2-1).

La hiperceleridad no es buena consejera en asuntos del corazón. Y llegó una pequeña crisis que el Celta palió ganando la Intertoto, trofeo compartido a tres manos en aquel verano del cambio de siglo. Largo verano, echando mano del filial, para eliminar a Pellister, Aston Villa y toparse en la final con el Zenit. 2-1 en Balaídos pero 2-0 en contra a falta de media hora en la vuelta. Un gol sobre la bocina daba un título (menor).

Ese aval permitió estirar la goma europea tres Copas de la UEFA más. La primera, brillante, con otros cuartos de final -esta vez ante el Barcelona en una eliminatoria disputada (2-1 allí, 3-2 en Vigo)-, y la segunda, más pálida, con derrota en segunda ronda ante el Slovan Liberec checo. Aquel curso significó el adiós de Víctor Fernández como entrenador. La no consecución de un título (mayor) y la no clasificación para la Liga de Campeones le sonaba a poco a aquel Celta que, en el fondo, era consciente de vivir una bella incongruencia. La pulsión ya no era la misma y Mostovoi delata cuán pronto se acostumbra uno a lo bueno: “Al final, la gente estaba cansada de que el Celta jugase en Europa. Ya estaba acostumbrada”.

 

Balaídos besó el cielo aquel 9 de marzo con ese 4-0. “El resultado es lo que queda, dicen. Pero de aquel Celta todos se acuerdan”, asegura Mostovoi

 

Pero la inercia empujaba los latidos. Con Miguel Ángel Lotina se vivió la última UEFA, con final en dieciseisavos ante el Celtic, pero, sobre todo, por fin se abrió el muro de la Champions. Lo excepcional parecía costumbre y, antes de descoserse, a aquel sueño todavía le dio para pasar la fase de grupos en el debut en la máxima competición europea de clubes. En la retina, San Siro. Última jornada. Hacía falta ganar al Milan de Kaká, ya clasificado. El brasileño adelantó a los italianos, pero Jesuli y José Ignacio, a trompicones, metieron al equipo vigués entre los 16 mejores del continente. El canto del cisne de un equipo y de una época. Después, caería eliminado en octavos ante el Arsenal. Aquella temporada 03-04 terminaría en desastre, con el descenso a Segunda.

Pero el vértigo de seis años no se apagó de golpe. Se pausó un par de cursos, los necesarios para regresar a Primera y clasificarse de nuevo para Europa por la vía rápida. Fernando Vázquez capitaneaba un Celta sobre el alambre en el que la era de Horacio Gómez en la presidencia tocaba a su fin y comenzaba de mala manera la de Carlos Mouriño. El edificio no aguantaba la exigencia, por mucho que el equipo pasease de nuevo por la futura Europa League. El Werder Bremen fue el verdugo en octavos de final de otro Celta abocado al descenso, todavía herido de las cornadas de las vacas gordas.

Esta vez la penuria fue terremoto. Fue ley concursal. Fue condena. Fue arrepentimiento. Fue culpabilidad: sentirse europeo había provocado perder el norte y juguetear con la desaparición del club. Pero el corazón tira de recuerdos y el Celta sabía el camino. Tardó una década en retomarlo y lo halló siguiendo el sentir de Eduardo Berizzo. Una década después de su anterior paseo continental, el Celta regresó a la Europa League. Y lo hizo rememorando alegrías, reviviendo retos. Esta vez, además, sin la sensación de estar poniendo en juego el futuro por disfrutar del presente. Aquella generación que los primeros europeístas, Juan o Lezcano, había amamantado en A Madroa no sólo había salvado al equipo devolviéndolo a Primera, sino que lo llevó hasta donde nunca nadie lo había hecho: hasta semifinales.

Otro Celta. Menos pomposo, más meritorio. Por ejemplo, inferior en casi todo al Shakhtar Donetsk, menos en fe. Tras el 0-1 de la ida, gol de penalti -sí, injusto- sobre la bocina y cabezazo imperial de Cabral en la prórroga. A octavos. Preludio de la décima gran noche europea celeste. Un 0-1 en la ida y un 1-0 a los 17 minutos en Old Trafford. Primeras semifinales europeas de la historia del club. No era suficiente. Roncaglia empató a falta de cinco minutos. Y la eterna cuestión: Beauvue tenía que haber tirado en aquella ocasión tan franca para alcanzar la primera final.

Fue este un paso fugaz por Europa de un solo curso, como quizás corresponde a la naturaleza del Celta. Una visita por la alta alcurnia a la que no se debe aspirar como forma de vida, sino como premio. Y los premios más deseados son los espaciados. Habrá más Europa. Y brillante. Pero no a costa de la vida. Viajar es precioso, pero como en casa no se está en ningún lado, dicen los afortunados.

 


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Fotografía de Imago.

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Santi Alonso

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