Pasaportes

Lo mejor de la infancia

Lucimar da Silva Ferreira nació en Brasilia el mismo año en el que la CBS emitió el primer capítulo de la serie Dallas. Aunque su envergadura invitaba a augurarle un futuro como delantero centro, no tardó en encontrar su sitio en el eje de la zaga. Se formó en el Clube Guará, fue traspasado al Inter de Porto Alegre y luego dio el salto al fútbol alemán. El 15 de mayo de 2002, transcurrido casi un cuarto de hora de la final de la Copa de Europa, igualó en una acción a balón parado del Bayer 04 Leverkusen el gol que instantes antes había marcado Raúl para el Real Madrid, y, para celebrarlo, se levantó la camiseta y dejó otra al descubierto con un mensaje de amor a Jesús. Yo, que entonces tenía siete años, no me pregunté por ese tipo al que todos ya llamaban Lúcio; antes quería saber quién narices era ese otro llamado Jesús.

Lo mejor de la infancia es que no tienes ni puta idea. No comprendes. Vives. Haces las cosas sin saber nada sobre ellas. Y eso, claro, te empuja a la improvisación. Eres selectivo a tu manera, sin saber qué hostias seleccionas, ni mucho menos por qué lo haces. Pero eliges. De aquel partido jugado en Glasgow hace casi dos décadas, por ejemplo, yo no recuerdo que me quedara con la volea de Zidane, La Volea de Todos los Tiempos, pobre capullo, sino con un montón de rarezas que más tarde descubría que eran estúpidas e insignificantes, por más que poseyeran una luz especial.

Al Madrid lo veía jugar casi cada semana, pero ser niño y ver por primera vez en la tele a aquel exótico Leverkusen era fijarse en las trenzas de Zé Roberto, era pensar que Oliver Neuville era el primo del chaval que iba a clase con Harry Potter y siempre la cagaba, era no entender por qué Ballack llevaba el dorsal de un portero en la espalda y era desear tener en tu nombre los mismos dos puntos que flotaban sobre el de Bastürk. Era idealizar lo desconocido. Era perder la cabeza y pedir su camiseta a los reyes. Era que estos te la trajeran y, al abrir la caja, quedarte asombrado, porque pese a tener una en la mano no encontrabas la otra en ningún sitio. Sí, esa otra. Esa otra que te ponías por debajo y que el cabrón de tu profesor de plástica, cuando le preguntaste, te dijo que iba dedicada a un tal Jesús Quintero.

 


Este artículo está extraído del interior del #Panenka85, un número que sigue disponible aquí.


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Fotografía de Getty Images.

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