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Hamburgo SV: 6 años, 11 meses y 28 días después

Por fin. Después de siete años, el contador dejó de sumar. Aquel marcador digital, colgado como una herida abierta en la fachada del Volksparkstadion, el estadio del Hamburgo, que cada día recordaba a su gente cuántos amaneceres llevaban fuera de casa, del lugar que les corresponde: la Bundesliga. Se detuvo en 6 años, 11 meses y 28 días. Y en ese silencio, cuando los dígitos quedaron congelados, se escuchó el grito de una ciudad entera. En el centro del campo, un joven entrenador con nombre de mago alzó los brazos al cielo. Se llama Merlin, y no necesitó una varita para obrar el milagro.

Merlin Polzin

Un hincha más

Sin embargo, el destino, que no entiende de placas ni de simbolismos, ha querido que, justo en ese punto del planeta marcado por las coordenadas, el Hamburgo resucite. Siete años después, el equipo regresa a la Bundesliga. Y lo hace guiado por alguien que conoce las entrañas del club: Merlin Polzin, hincha de la Tribuna Norte, ex entrenador juvenil, y ahora timonel del ascenso. Polzin viajaba con los aficionados, vivía los partidos desde la grada, y hoy escribe el final de esta travesía sentado en el banquillo.

 

Polzin, hincha de la Tribuna Norte, ex entrenador juvenil y ahora timonel del ascenso. Viajaba con los aficionados, vivía los partidos desde la grada, y hoy escribe el final de esta travesía sentado en el banquillo

 

Merlin Polzin no llegó como un salvador. Era un ayudante, un hombre de club, un tipo que estaba más cómodo en la sombra. Cuando la entidad decidió no renovar a Tim Walter, pocos imaginaron que el relevo del técnico nacería desde dentro. Con apenas 33 años y la cara de quien aún se mezcla entre los recogepelotas sin llamar la atención, Polzin asumió el mando. No prometió nada. Solo pidió silencio para trabajar.

Transformó un equipo con talento disperso en un bloque hambriento. Le devolvió el balón a la ciudad. Hizo de la presión una religión. En su pizarra, el HSV no solo recuperó la pelota, sino también la memoria. Los que crecieron con la voz de Mladen Petric, con la zurda de Van der Vaart, con el carisma de Guy Demel, vieron de nuevo algo reconocible.

El Volksparkstadion volvió a rugir

Durante décadas, el Volksparkstadion fue más que un estadio. Fue un reloj. Un cronómetro implacable que, desde su esquina noroeste, recordaba al mundo que el Hamburgo jamás había descendido. Día a día, el legendario contador marcaba el tiempo exacto que llevaba el HSV en la Bundesliga: años, días, horas, minutos, segundos… Hasta que se detuvo.

El 12 de mayo de 2018, el Hamburgo cayó a segunda por primera vez en su historia. El reloj, símbolo de orgullo y permanencia, dejó de sumar. Desde entonces, la esquina del estadio se transformó en una herida abierta. Y aunque durante años el club luchó por volver, con ocho entrenadores en seis temporadas, el cronómetro no volvió a encenderse.

 

El 12 de mayo de 2018, el Hamburgo cayó a segunda por primera vez en su historia. El reloj, símbolo de orgullo y permanencia, dejó de sumar. Desde entonces, la esquina del estadio se transformó en una herida abierta

 

En julio de 2019, el reloj fue retirado oficialmente. El club decidió reemplazarlo por una placa sobria, casi silenciosa, con las coordenadas exactas del Volksparkstadion: 53º 35′ 14” N, 9º 53′ 55” O. “Queremos mirar hacia el futuro”, dijo entonces el presidente Bernd Hoffman. Y mirar al futuro significaba dejar de mirar el pasado cada vez que uno levantaba la vista al fondo norte.

No ha sido un viaje sencillo. Cada temporada en segunda sumaba días al recuerdo del reloj ausente. Pero el Hamburgo ha aprendido a no depender de los marcadores. Ahora no hay contador que celebre el regreso, solo una placa clavada en la pared: las coordenadas de un lugar que siempre supo a Bundesliga, aunque pasaran años y más años. Quizá el reloj nunca vuelva. Pero el Hamburgo, sí. Y eso, para muchos, es más eterno que cualquier cifra.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Eneko López

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