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Atalanta: la afición que tenía un tanque

“Tal vez nunca te lo dije, pero tú para mí eres como Bérgamo”. Pinguini Tattici Nucleari

 

Para llegar a Bérgamo, toca retroceder hasta las puertas de Milán, pasando por Cantú, ciudad de baloncesto. El viajero baja en Monza, famosa por su circuito y ahora por el reciente experimento futbolístico de Berlusconi. Se queda poco aquí, no quiere pensar en ese tipo. En menos de una hora, otro tren lo deja a las puertas de su nuevo destino.

Entre bengalas y gritos, unos chicos pidieron a los espectadores hacer espacio. Y cuando consiguieron abrir un agujero, apareció un MIG, un caza de fabricación soviética, decorado con el escudo y los colores de la Atalanta. De la cabina salió, con una camiseta del equipo, Antonio Percassi, el presidente del club. “Bombardearemos la Serie A, se podía leer en el cartel que colgaba del viejo avión de combate. Así inauguraba la temporada el conjunto. Cada verano, los ultras del equipo de fútbol de Bérgamo organizan la Festa della Dea. La fiesta de la diosa, ya que el equipo se bautizó con el nombre de una heroína de la mitología griega. Aunque en Bérgamo, lo más normal es hablar de la Atalanta como si fuese un lugar, una persona, un espacio común. El club es tan importante en la identidad de la ciudad que la gente no dice “vamos al fútbol”. Dice “vamos a Atalanta”. Sobran explicaciones.

 

En Bérgamo, lo más normal es hablar de la Atalanta como si fuese un lugar, un espacio común. El club es tan importante en la identidad de la ciudad que la gente no dice “vamos al fútbol”. Dice “vamos a Atalanta”

 

El viajero baja de la estación de tren y rápidamente divisa edificios en la lejanía. Bérgamo está dividida en dos. Por un lado, la Città Alta, arriba de una montaña, con su precioso casco viejo medieval. El arquitecto francés Le Corbusier visitó esta zona y salió tan entusiasmado que afirmó que “en la Piazza Vecchia no se puede tocar ni una piedra, sería un crimen; cada estruendo, cada golpeteo de maquinaria deben ser desterrados como profanaciones execrables”. La ciudad baja es un poco más moderna. En ella, el viajero se toma una pausa en el Caffè Pasticceria Balzer, fundado en 1850 por una familia originaria de Liechtenstein, aunque la ubicación actual data de 1936. En ese año eligieron mudarse justo delante del teatro Donizetti, bautizado así en honor al compositor, nacido aquí. Gracias a esta localización privilegiada, por las mesas del café han pasado Maria Callas, Marcello Mastroianni o Vittorio Gassman. El viajero pide una torta del Donizetti, con mantequilla, azúcar, huevos, piña y albaricoques confitados. Dicen que la ideó el cocinero del compositor para animarlo. Antes, le habían roto el corazón.

Pese a que Gaetano Donizetti era un romántico, los bergamascos tienen fama de ser gente trabajadora, seria, como buenos lombardos. El argentino ‘Papu’ Gómez, que durante unos años fue ídolo de la Atalanta, llegó al club procedente del Catania siciliano. Tardó poco en entender la diferencia de carácter entre el norte y el sur: “Gente seria, tradición de trabajo. Seas Obama o el ‘Papu’ Gómez, seguirás siendo un ciudadano más como los otros. En Bérgamo me adoran, pero jamás nadie me dijo en un restaurante o un negocio que me invitaban, que no tenía que pagar, como sí hacían en Catania”. Pese a no ser una población grande, Bérgamo se ha ganado la fama de ser una plaza complicada para los equipos rivales. Y para las hinchadas, que saben que los ultras locales son de armas tomar.

El viajero inicia su lento caminar hacia el funicular que une las dos partes de la ciudad, pensando en la locura que desata el balón en estas calles. La Festa della Dea reúne cada verano a más de 10.000 personas en un aparcamiento delante del centro comercial de Oriocenter, al lado del pequeño aeropuerto de Bérgamo. En 2013, el presidente Percassi, junto al jugador Giulio Migliaccio y a Glenn Strömberg, futbolista del club en los 80, llegaron a la celebración montados en un viejo tanque americano de la Segunda Guerra Mundial. Un tanque que entró pasando por encima de dos coches viejos decorados con los colores de los eternos rivales: el Brescia y la Roma. Strömberg, encaramado a la torreta, saludaba con su melena llena de canas. Cuando bajó del tanque, Claudio Galimberti, el ‘Bocia’, el histórico líder de los ultras locales, lo abrazó. “Este es el único capitán que tenemos”, dijo para recordar sus años como jugador. El caso acabó con un expediente de la federación por incitación a la violencia. En 2019, la fiesta se suspendió en señal de apoyo al ‘Bocia’, ya que lo habían detenido acusado de violar en cuatro ocasiones la prohibición que le habían impuesto de ir al estadio. Galimberti presentó un recurso y, en 2022, la justicia le dio la razón. Pese a ello, no puede ir al campo. Tiene prohibido estar cerca del lugar donde juega la Atalanta tres horas antes y tres horas después de los partidos. Ahora vive lejos, en un pueblo de las Marcas donde tiene un garito de pescado y produce moluscos. Aunque siempre que puede, vuelve a Bérgamo.

 

El tanque entró a la fiesta pasando por encima de dos coches viejos decorados con los colores de los eternos rivales: el Brescia y la Roma. Strömberg, encaramado a la torreta, saludaba con su melena llena de canas

 

Durante años, el ‘Bocia’ ha sido más famoso que muchos jugadores de la Atalanta. Y eso que las últimas temporadas el conjunto ha jugado la Champions League gracias al buen ojo de Percassi, que fue futbolista antes que presidente. Llegó a debutar en primera y apuntaba maneras, pero en una decisión que no todos entendieron, se retiró a los 24 años. “El fútbol me encanta y era feliz, lo que sucedió es que tenía otras prioridades”, explicó más tarde. Esas prioridades eran, según él, “ganar dinero” y “ser rico”. Y lo consiguió. Como presidente del club, famoso por tener un buen fútbol base, Percassi ha intentado mantener una relación amistosa con los ultras. No siempre lo ha conseguido, pues los radicales bergamascos han sido muy beligerantes en su oposición a las diferentes leyes del Gobierno contra la violencia en los campos. Centenares de ultras, como el ‘Bocia’, han sido sancionados con órdenes de alejamiento de los estadios los días de partido. También se han prohibido desplazamientos de hinchas visitantes o se han clausurado curvas enteras por incidentes o cánticos racistas. Todo, para intentar frenar la violencia en las gradas, un fenómeno nacido en Italia que se ha extendido por medio mundo.

En 1932, en un derbi romano, apareció la primera pancarta documentada de un grupo más o menos organizado, la Paranza Aquilotti de la Lazio. No eran ultras, claro. Aunque ya mostraban ese deseo de formar parte de un colectivo, de vivir su pasión por un equipo durante toda la semana. En los 50, en pleno milagro económico italiano, se pusieron de moda los clubes de aficionados, un fenómeno similar a las peñas españolas. Aunque algunos seguidores empezaron a explorar otras vías. Italia comenzaba a vivir una tensión política entre derecha e izquierda que llegaría a casi romper el país en los 70. Llegaban nuevas modas, las primeras tribus urbanas. Y centenares de jóvenes dejaban los pueblos para buscar trabajo en las ciudades. Chicos que en Roma se unieron para formar bandas que a la larga serían el germen de los grupos ultras. La Associazione Tifosi Giallorossi Attilio Ferraris de la Roma y el Circoli Biancocelesti de la Lazio fueron pioneros, junto a los Fedelissimi Granata del Torino, en usar tambores en los campos o llevar banderas gigantes. Como eran chicos con pocos recursos, ocupaban las zonas más baratas del estadio, las curvas detrás la portería. Ahí se vive el fútbol de una forma muy italiana. Estos grupos ya protagonizaron alguna reyerta de forma esporádica. Aunque pelearse en el fútbol no es nada nuevo. Una mala semana en el trabajo unida a una pasión desmedida solía acabar en algún tortazo ya en los primeros años del siglo xx. Pero se estaba gestando una violencia más o menos organizada. La gran diferencia entre los nuevos ultras y los hooligans ingleses era esta. Los británicos sacaban su rabia de forma anárquica, con ataques gratuitos y desmedidos. Los italianos, que sintieron fascinación por los hooligans cuando los vieron por primera vez en directo, le dieron una vuelta de tuerca al concepto. Y se organizaron…

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Toni Padilla

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