Quiero ser padre. Es domingo, he salido a pasear, parece primavera y esa es mi conclusión: quiero ser padre. Estoy caminando por el paseo marítimo, acercándome a una playa (ventajas de vivir en una isla), y ya oigo una cadencia de golpes secos y gritos felices, suspiros, jadeos y más golpes secos. El sol me da en la cara y escuece, huele a mar pero no a humedad, ya no parece primavera sino verano, y me encuentro con la fuente de los golpes y los gritos: son un padre y un hijo jugando a fútbol en la playa. Y es en ese momento que decido, de manera rotunda, con acritud y aplomo, que quiero ser padre.

Saco el móvil y abro la aplicación de un periódico deportivo, el que sea; a estas alturas, todos resultan similares. Miro la clasificación de la liga y compruebo que entre el segundo y el tercero hay más de diez puntos de diferencia, y decido que me apetece fumar. Como ya sabrán, el primer clasificado es el Barça, el segundo el Madrid, y el lejano tercero, el Atlético de Madrid. Con las mismas ganas de fumar, me entra la urgencia de comprobar que, en los últimos 30 años, sólo seis ligas han sido ganadas por equipos que no fueran el Real Madrid o el Barcelona. En los últimos 40 años, una más, siete. Según se van cumpliendo años, la sensación de repetición comienza a inundarlo todo: lo bueno y lo malo, lo bello y lo grotesco, lo feliz y lo tedioso; todo acaba teñido por el color caoba de la reproducción. Los planes y actividades que más se disfrutan, y los que más nos repelen, lo hacen porque recuerdan a otros más repulsivos o radiantes, más excitantes y, sobre todo, más antiguos; tanto que pertenecen a ese terreno mítico de las primeras veces, a ese país (el pasado) en el que la gente se comporta de manera extraña (de manera espontánea).

La pasión, con el tiempo, se desmenuza, desmiembra y deshace en hobbies y pasatiempos. Ocupaciones que nos distraen, que hacen el día a día tolerable, pero que ya no son capaces de quitarnos el sueño. Veo a ese niño golpear la pelota, y pienso que quizá, la de este año, sea la primera liga que él vea ganar al Barça. La primera que recuerde. Quizá, por dentro, viendo la celebración en el Camp Nou, piense que él quiere ser como Pedri o Gavi; y que, incluso, sienta que eso es posible, porque para que lleguen los 18, los 19, los 20 años todavía queda una eternidad; esas edades están, para él, en otro país (el futuro), lejano y remoto; que, catalejo en mano, apenas se distingue en el horizonte.

 

El sol me da en la cara y escuece, huele a mar pero no a humedad, y me encuentro con la fuente de los golpes y los gritos: son un padre y un hijo jugando a fútbol en la playa. Y es en ese momento que decido, de manera rotunda, que quiero ser padre

 

Siendo jóvenes, vivimos obsesionados con cómo nos han afectado nuestros padres; cómo nos han determinado, salvado o condenado, con su compañía y educación, con su amor y sus incapacidades. A partir de cierta edad, cuando ya acumulamos unos cuantos años siendo los únicos responsables de nuestras acciones (o nosotros o el tipo del espejo), empezamos a reparar en cómo hemos afectado nosotros a nuestros padres. Cuánto les hemos modificado, reeducado, redescubierto. Recuerdo que cuando era niño, mi padre había dejado de poner música en casa. Esa responsabilidad era suya y sólo suya: mi hermana mayor nunca tuvo mayor interés musical, mi madre la disfruta el rato que dura un baile, pero el apasionado, el coleccionista, el creyente en ese idioma imposible que se esconde en melodías y lineas de bajo, era y es mi padre. Pero, en aquellos años, había desertado; había dimitido de su cargo y lo había dejado abandonado en ese otro extraño y lejano país. Se había centrado en ser padre de dos hijos, en currar ocho horas diarias, en ser marido y compañero, y, de vez en cuando, en intentar dejar de fumar.

Así fue hasta que yo, al comienzo de mi pubertad, le pregunté por un disco. Estaba empezando a interesarme por la música, había leído cuatro artículos en internet sobre los mejores guitarristas de la historia, y tuve el coraje de preguntarle: “Papá, ¿tú tienes algún disco de B.B. King?”. Ese fue el comienzo de una noche que se alargó más de lo debido: mi madre acabó abandonándonos para irse a la cama, mi hermana dormitando en el sofá, y mi padre de pie frente a los bafles, fumando, hablándome con ritmo, con énfasis, insistiéndome: “¿Ves? Hay dos guitarras solistas, y se van turnando, primero una, luego la otra. Si escuchas con atención, te darás cuenta de que están hablando, de que están teniendo una conversación privada, y te están invitando a participar”. Yo, sentando en el pico de la mesa, a su lado, sólo escuchaba ruidos extraños y ajenos, punzantes e histriónicos, pero resultaban excitantes, y entendí que había algo que entender ahí, y sentí una efervescencia que, a día de hoy, todavía me acompaña. En ese instante, comenzó una relación musical bastante peculiar con mi padre. Consistía en que yo iba escuchando canciones, investigando y descubriendo, en sus discos y en internet, y cuando creía que tenía algo que enseñarle, le grababa un disco, un cd recopilatorio, que él ponía en casa los findes por la mañana o en el coche de camino al trabajo. Luego, me comentaba sus impresiones: las anécdotas sobre las canciones que ya conocía y las dudas sobre las que no. Esa relación, aquel ritual, duró años.

 

Por eso quiero ser padre. Por la oportunidad y la sensación, ya lo cantaba Antonio Vega, de encontrarme con las cosas por segunda vez. Por jugar al fútbol con mi hijo o mi hija, por verlos crecer y quejarse de que la liga siempre la ganan los mismos

 

Ahora, viendo a este padre y a este hijo jugar, entiendo que yo reanimé la pasión musical de mi padre; que, a partir de ese momento, y gracias a mi interés, volvió a poner sus discos durante las mañanas de domingos soleados. Y, por primera vez, lo que siento por mi padre no es reproche, ni agradecimiento, eso ya lo he hecho demasiado, sino un “De nada, papá” que me emociona, que nivela la balanza, que condona ciertas deudas, y nos descubre como dos personas que se tratan, quieren y respetan como iguales. Por eso quiero ser padre. Por la oportunidad y la sensación, ya lo cantaba Antonio Vega, de encontrarme con las cosas por segunda vez. Por jugar al fútbol con mi hijo o mi hija (o al ping pong o a la petanca), por verlos crecer y quejarse de que la liga (la que sea, de lo que sea) siempre la ganan los mismos, por sentir que todavía quedan países por descubrir.

Sí, quiero ser padre, pero como recordaban en Seinfeld, para eso primero hay que tener una cita. Así que empiezo a fumar, me pongo los cascos y me quedo viendo a padre e hijo jugar al fútbol bajo el sol. Golpes, jadeos, risas, suspiros, gritos, y Vega en mis cascos, cantándome que no espere la oportunidad de buscar en los cajones un recuerdo que amar. Es marzo y hace mucho calor, ellos juegan y sudan como si fuera julio; yo miro y sudo como si fuera mayo. Se les escapa la pelota y viene, rebotando, hacia mí. Me preparo para devolverla con toda la elegancia posible, y me sorprendo sinténdome nervioso, excitado. No es el amor quien muere, somos nosotros mismos. O algo así decía un poema.

 


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Fotografía de Getty Images.

Lucas Sánchez Garrido

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