Miradas

Nos hacía ilusión

La ilusión es un truco de magia: sabemos que es mentira, pero hasta pagamos una entrada con tal de vivirla. La ilusión es oxígeno: no se ve y, sin embargo, no se puede respirar sin ella. La ilusión es apoderarse del futuro, inventarlo. La ilusión es la única que te sigue acompañando cuando ya han encendido las luces, han barrido, han cerrado el local y se ha marchado hasta la ambulancia. La ilusión es el poso del café: suciedad donde hace un minuto solo había placer. Corren tiempos de cinismo, en los que la ilusión se ha pasado a la clandestinidad. Está bajo sospecha, perseguida. Ni se te ocurra ilusionarte, te advierten: es el primer paso hacia la decepción. Es curioso, cuanto menos, que para librarnos de la decepción nos recomienden prescindir de lo único capaz de luchar contra ella.

 

La ilusión colectiva inventaba un torneo brillante, imágenes a cámara lenta y a todo color de partidos limpios jugados de poder a poder

 

Hay también ilusiones colectivas. Las hubo, por lo menos. Como la del verano del 82. Entonces imaginábamos un país nuevo, capaz de dar el mejor Mundial de la historia. Democrático, como los aires que soplaban, implicó a más ciudades que ninguno, más estadios que nunca, no se fuera a quedar alguien sin saber, por fin, lo que significaba ser Europa, ser el mundo. La ilusión colectiva inventaba un torneo brillante, imágenes a cámara lenta y a todo color de partidos limpios jugados de poder a poder. Y, por supuesto, nos preparaba para celebrar la victoria. ¿Cómo no iban a ganar, si tenían que ganar? Hasta que llegó el día, y el realismo dejó de ser mágico. Una organización irregular, un par de partidos con escenas vergonzantes y, sobre todo, una selección a la que nada, en ningún momento, le salió bien. Y ahí se quedó la ilusión, tirada en un rincón, entre estampas de Naranjito y anuncios de refrescos. Pero no por mucho tiempo; regresó cuando la rescató la nostalgia. Y con ella, releímos el relato de la Brasil que no ganó pero qué más da; el cuento infantil del grito de Tardelli; el prólogo extraño de un Maradona sin aura. ¿Y 40 años después aún seguimos a vueltas con la misma historia? Disculpen las molestias, pero sí. Nos hacía ilusión.

 


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Fotografía de Alamy.

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Redacción

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