Miradas

El fútbol, qué movida

Hay noches extraordinarias en las que celebro un gol de mi equipo con todo lo que me sale de dentro y Font me mira desde una punta del salón como si enfrente, en lugar de a su pareja, tuviera a un astronauta, un unicornio, una papaya, un coche ardiendo, Antonio Resines, un diplodocus. Como si no fuera yo. O como si yo fuese otro. Otra cosa. Quizá tengan que ver los gritos atroces, los tirones a la camiseta, las rodillas en el suelo. Lo disparatado de la escena. Me gustaría explicarle inmediatamente de dónde viene todo eso, a qué se debe, pero no puedo. A mis padres nunca les interesó el fútbol. Y ese misterio, el hecho de no poder contarme a mí mismo por una vez a través de ellos, me atrapó en la infancia y todavía sigue abierto. Con la pasión por el fútbol pasa lo mismo que con el amor, la rabia o la tristeza: hace tanto tiempo que están ahí, asomándose y escondiéndose, sacudiéndote y abatiéndote, que no sabrías precisar cómo surgieron, cuándo empezaron. Proceden de demasiado lejos. Mucho antes de saber que me gustaba escribir, el póker, la pizza cuatro quesos, las novelas de Patricia Highsmith, el rap de la Costa Oeste, yo ya sabía que me gustaba el fútbol. Tal vez por eso es de lo poco que doy por supuesto que no dejará de gustarme nunca. Me hace feliz que sea así. Y también me desespera. Ocurre con estas emociones que llevamos embutidas en alguna parte del cuerpo como si fueran órganos que no tenemos demasiado control sobre ellas. Y eso es frustrante y glorioso. Pedirme que no me sienta un desgraciado cuando se acaba el partido y hemos palmado 0-3 es como pedirme que me pasee en bolas por la nieve y no me cague de frío. Soy consciente que ese arrebato irreprimible me ha conducido en infinitas ocasiones a la incoherencia y al absurdo y hasta a la payasada, pero también que me ha proporcionado algunos de los momentos más plenos y divertidos que recuerdo. Por eso es imposible, cuando le digo a alguien que no podría vivir sin el fútbol, no sentirme la persona más ridícula del mundo. Y es imposible, a la vez, no sentirme la más afortunada.

 


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Fotografía de Getty Images.

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