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El fútbol como salvoconducto

A las afueras de Berlín, en un polideportivo municipal donde los árboles parecen más altos que los edificios, se entrena cada jueves un equipo formado por refugiados. Nadie cobra ni tampoco nadie se llama entre sí por su apellido, pero todos se reconocen en algo tan profundo como una herida, en ese desarraigo que a veces solo se alivia con un balón rodando entre los pies.

Para muchos jóvenes que han escapado de la guerra, el fútbol no ha sido solo una simple distracción, ha sido la tabla de náufrago a la que se han aferrado cuando todo lo demás se hundía. En ciudades bombardeadas, en campos de refugiados, en estaciones de tren sin nombre, el fútbol se ha mantenido como un lenguaje universal, y también como una vía real de reconstrucción personal.

El caso de Mykola, un joven defensa que formaba parte del sistema del Shakhtar Donetsk, ayuda a entender esta dimensión. Tras el estallido de la guerra en Ucrania, Mykola huyó con lo puesto y acabó en Varsovia. Allí, un antiguo entrenador lo conectó con un equipo local, y hoy vive en un piso compartido, trabaja media jornada en un supermercado y sigue entrenando como si todo dependiera de ello. El fútbol es lo que mantiene su cabeza en su sitio, y si alguien le pregunta por qué no se rinde, responde con una sonrisa: “porque el balón no me juzga”.

Este tipo de historias no son únicas, no son pocas las ciudades europeas, clubes humildes o iniciativas sociales que han abierto sus puertas a jugadores que llegan sin más papeles que los recuerdos y la pasión por el deporte. Algunos llegan a ligas semiprofesionales, otros, simplemente, encuentran un lugar donde volver a sentirse personas. En ese ecosistema, las plataformas deportivas y sus entornos también han cambiado. Hoy, incluso gestos como consultar condiciones como el William Hill bono bienvenida se interpretan de otra forma, ya no son solo promociones, también son signos de integración en una rutina que empieza a parecer normal, como si, poco a poco, lo cotidiano volviera a construirse.

Pero si hay un nombre que simboliza esta idea de renacimiento es el de Nadia Nadim. Nacida en Afganistán, su vida cambió para siempre cuando los talibanes asesinaron a su padre. Tenía apenas diez años cuando escapó de su país junto a su madre y hermanas. Tras atravesar media Europa, llegaron a Dinamarca, y allí, entre la incertidumbre y el silencio, Nadia encontró en una pelota una forma de hablar sin palabras. Años después, jugó con la selección danesa, pasó por clubes como el PSG o el City y se convirtió en médica. Su historia no es de cuento, es de resistencia.

En Gaza, donde el fútbol se juega entre ruinas, muchos jóvenes entrenan con la misma fe. Aunque el mar esté bloqueado y el aire suene a drones, el campo sigue siendo una promesa. Uno de ellos, Mahmoud, logró salir y jugar profesionalmente en Jordania, aunque jamás, ni por un instante, olvida de dónde viene.

Jugar, para muchos, no es competir. Es respirar, es sobrevivir, porque cuando todo lo demás falla, a veces una pelota basta.

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Juan

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