Miradas

Es solo un rasguño

Este es un fragmento de ‘Breve historia del dolor’, un recopilatorio de relatos y anécdotas publicado en el #Panenka73, dedicado a las lesiones.


 

Bonisegna marcó nada más empezar el partido. Schnellinger empató cuando casi estaba acabado. Gerd Müller anotó en la prórroga. Burgnich empató. Luigi Riva remontó. Gerd Müller puso el 3-3 cuando faltaban diez minutos para los 120 reglamentarios. Pero unos segundos después, Gianni Rivera se apuntó el 4-3 definitivo. ¿Les suena el tanteo? Es el ‘Partido del Siglo’, Italia-Alemania Occidental, México’70, quizá el encuentro más grande de la historia de los Mundiales. Más allá del impresionante intercambio de golpes, de lo imprevisible de
su argumento, del dramatismo de su desenlace, de lo mucho que se jugaban ambos combinados y de la pelea sin cuartel que protagonizaron, con un fútbol practicado al borde de la extenuación, la imagen que ha pasado a la posteridad de lo vivido el 17 de junio de 1970 en el Azteca es la de Franz Beckenbauer con el brazo en cabestrillo. Ya en la prórroga, el ‘Kaiser’ lanzó una de sus célebres internadas en campo rival. Cuando estaba a punto de pisar el área italiana, el defensa Pierluigi Cera lo derribó con contundencia, y el todocampista alemán se golpeó violentamente contra el suelo. Mientras se formaba un revuelo alrededor del lugar de la falta, con alemanes e italianos rodeando al colegiado, Beckenbauer se levantó visiblemente dolorido, con el hombro dislocado. Pero no era el momento de abandonar el campo, así que siguió jugando con un aparatoso vendaje. Sus conducciones de balón con el brazo pegado al cuerpo, su ímpetu para ir a buscar la pelota al fondo de la red tras el definitivo gol italiano, son Historia del fútbol. Un esfuerzo que no tuvo premio, que dejó a los teutones a las puertas de la final: un aprendizaje, al fin y al cabo, para no fallar cuando se volviera a presentar la oportunidad, cuatro años después. A los 24 años, Beckenbauer había demostrado definitivamente que era el líder que su país necesitaba para conseguirlo.

No tan aparatosa pero igualmente célebre fue la lesión que sufrió Diego Armando Maradona en el Mundial’90. Con un tobillo hinchado como una pelota de tenis a causa de un fuerte golpe padecido en un encuentro de la primera fase ante Rumanía, el ‘Pelusa’ tiró de infiltraciones para poder llevar a los argentinos hasta la final -¿con Rophynol o sin él? Eso mejor se lo preguntamos a Branco-. En el partido decisivo, el ’10’ argentino veía entre lágrimas como un penalti inexistente alejaba a la albiceleste de su tercera Copa del Mundo (1-0 para Alemania Occidental). Pero la leyenda ya estaba escrita. Antes, aquellas lágrimas de pena habían sido de dolor. Tras el choque ante Brasil, la revista El Gráfico publicaba una foto a todo color del tobillo inflamado del futbolista, y titulaba: “Así jugó Diego… (y sin embargo fue Maradona)”. Difícil resumirlo mejor con menos palabras. Pero más allá de Beckenbauer, Maradona y el relato épico que se construye alrededor de un Mundial, hay casos de menos glamur que también nos hablan de la obligada resistencia al dolor a la que muchas veces se somete un futbolista. Ahí está el caso, por ejemplo, del jugador del Athletic Club Óscar De Marcos, que llegó a jugar durante una hora con el escroto desgarrado, en un encuentro de la era Bielsa que enfrentaba a los ‘Leones’ y al Zaragoza, en San Mamés. Una entrada de Javier Paredes en el primer tiempo le provocó un desgarro en la uretra distal y tres heridas en la región inguino-escrotal. Al descanso pudo ver con detenimiento el estropicio, pero lo arregló con papel higiénico. Aguantó hasta el final, su equipo ganó y luego se lo llevaron al hospital, donde le pusieron 37 puntos de sutura.

 


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Fotografía de Imago.

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Carlos Martín Rio

Ver comentarios

  • Muy interesante artículo, pero puedo agregar otro ejemplo impactante y sin parangón al menos en la Copa del Mundo. El marcador lateral uruguayo Eliseo Álvarez sufrió fractura de peroné durante el primer tiempo del partido por el Mundial de Chile 1962 frente a la Unión Soviética en Arica. Como se trataba de un partido decisivo y no se permitía el reemplazo de jugadores, no quiso dejar a su equipo con diez hombres. Pidió que le vendaran la pierna, cerca del tobillo, y disputó todo el segundo tiempo. Los escasos videos de ese encuentro lo muestran moviéndose con enormes dificultades y seguramente casi no intervino en el juego, pero lo suyo siempre fue considerado una demostración de entrega por la causa celeste.

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