La decadencia del fútbol es tinta inagotable para el periodista romántico. Es la literatura de la nostalgia, el atajo que conduce a la condena de la Superliga, al reclamo de un fútbol menos monetizado y más soberano, a la reivindicación de un juego menos académico y más espontáneo. Porque no solo la meritocracia está en crisis, también la esencia de este deporte. Se fueron la calle, la picaresca y la trampa. Nos queda el remate predecible, la alineación tosca y la escasez de oportunidades. Lo vendimos todo a la mecánica y al tejemaneje de Florentino, el ‘Gran Hermano’, el mensajero de la amenaza, el tipo que anuncia el fin del mundo en la apocalíptica Five Years de David Bowie. La decadencia -mito o coartada- ya retumba con la misma fuerza que la canción inaugural de Ziggy Stardust. Aquí está. Y la repelemos, sí, pero nos viene de maravilla para ensalzar el pasado, para alimentar el Against Modern Football. Si es que, en cierto modo, la deseamos para poder esculpir una lápida perfecta.

Aunque no hay que dar nada por muerto -Bowie no incluyó al fútbol en su cataclismo imaginado-. El fútbol no terminará, pero sí una parte de él. Suerte que hay futbolistas que aparecen para ocupar el lugar del pasado, para destruir la cultura de la formación y el desarrollo ultra disciplinado. Genios. Cosas raras. Por eso Pedri es el mayor antónimo del fútbol moderno, porque es aquel niño de los años 50 que se saltó la escuela para ponerse a trabajar con los mayores. Podía permitírsela, pero no la necesitó. El suyo es un talento opuesto a las últimas tendencias. Sin músculo, sin altura y sin velocidad, el mejor argumento del teguestero recae en la inteligencia y la clarividencia telescópica de su juego. Como el disco de Bowie, Pedri es un futbolista conceptual, un constructor de ideas, el chico de Starman que convence a Ziggy de que no todo está perdido. Sí, Starman es una canción que puede llevarse al terreno que uno más quiera, incluso a imaginar a un muchacho pálido y enjuto, artista del balón, conectando mediante ondas radiofónicas con un extraterrestre encargado de reclutar lo mejor de las nuevas generaciones.

“Let the children lose it, let the children use it, let all the children boogie” (‘Dejad que los niños pierdan la cabeza, dejad que los niños la utilicen, dejad que los niños bailen’), aconseja Starman. Y el loco de Pedri lo siguió; 55 de 55. La Eurocopa como campus de verano. El Barça como segundo de Bachiller. Messi como compañero de pupitre. 18 años y doctorando. Ziggy se frota las manos con el canario y Starman, su caudillo, comienza a ver en él la salvación. El fútbol fresco e hipnótico de Pedro González es la vacuna que alivia la decadencia. Como si su irrupción curara todos los males de un deporte fastidiado. La Superliga será menos jodida si está Pedri, un futbolista al que uno puede disfrutar más allá del contexto en que se encuentre el fútbol. No importa el torneo que dispute, ni el minuto, ni el resultado, ni la camiseta que vista; Pedri es la contemplación. Los Busquets, De Jong, Koke, Thiago y compañía entendieron a la perfección que el balón tenía que pasar siempre por él.

Ronald Koeman y Luis Enrique, The Spiders From Mars, acertaron en darle rienda suelta. Le equiparon, le hicieron protagonista. El holandés ha sido el primero en encumbrarle, mientras que el seleccionador español ha sido el gran admirador, aquel profesor que no puede ocultar a su favorito -509 de 510 minutos-, el fan que quedó maravillado del Glass Spider Tour de 1987 en el Mini Estadi o el Vicente Calderón. “Lo de Pedri no se lo he visto ni a Iniesta”, aseguró el asturiano pocas horas después de caer ante Italia. “Una superestrella en ciernes”, añadió Gary Lineker.

Sobran los elogios para Pedri, un prodigio precoz que todavía luce dorsal de tercer portero, el 26. Y no, Pedri no escucha Bowie, escucha Mala Rodríguez, Morat y Lola Índigo. Es un mito, como el del fin del fútbol, pero me viene bien. Me da tinta.

 


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Fotografía de Imago. 

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Lluís Inarejos

Ver comentarios

  • Si es que encima va con las medias bajas, joder.

    Habría que calcular seriamente las probabilidades de que saliera un "relevo" tan rápido. No hablo de clon ni reencarnación ni ninguna variante de "el nuevo X" sino de un relevo en cuanto a un rol concreto en el campo, asumible sólo gracias a cierto nivel de capacidad técnica o comprensión del juego. Desde que Ronaldinho se rompió, 2008, tardó cuatro años en salir Neymar. Desde que Diego lo dejó, quince años hasta que salió Leo. Tres años ha tardado en salir un bicho que hable el idioma de Andrés. No será Andrés, nunca. Pero da igual. Ahora toca volverse locos.

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