TEXTO DE DAVID GARCÍA CAMES

 


Medellín quedó marcada por la tragedia del Chapecoense. Dos años después, seguimos las huellas del accidente que permanecen en el imaginario de la ciudad colombiana


 

No ha dejado de llover en Medellín desde la madrugada del 28 de noviembre de 2016. Llueve con insistencia, con esas lluvias lentas y eternas que se enquistan en las noches del trópico. Vivo en esta ciudad desde hace casi un año y puedo dar fe de ello. Un español en Colombia debe acostumbrar sus sentidos al exceso. Llueve sobre el césped inmaculado de las muchas canchas de fútbol que se desparraman sobre las laderas de la ciudad y llueve, una lluvia fría, tenaz, sobre el que por entonces llamaban Cerro del Gordo donde, a las 22:15, fue a estrellarse el avión que transportaba al equipo brasileño del Chapecoense.

La historia es conocida, sabemos sus nombres, el recuerdo de los 71 fallecidos y el relato de los apenas seis supervivientes. Evocamos, como no puede ser menos, la muerte de los futbolistas del modesto equipo que iba a disputar la final de la Copa Sudamericana contra el Atlético Nacional de Medellín y el nacimiento, aquel mismo día, de unos héroes jóvenes, dichosos hasta el último segundo, arrancados a la gloria. Aquella noche, dicen, llovía también sobre la ciudad de Chapecó, donde los teléfonos repicaban a las cuatro de la madrugada como heraldos negros. Aquella noche, cuentan algunos, llovía también sobre Múnich, sobre Superga, quién sabe si sobre el pedregal de los Andes en el que se precipitó el Green Cross chileno.

En la lista de las grandes tragedias aéreas de la historia del fútbol, el nombre del Chapecoense ha quedado unido para siempre a la ciudad de Medellín. “Una nueva familia nace”, se podía leer en una de las pancartas que se desplegaron el 30 de noviembre en el estadio Atanasio Girardot durante el homenaje que se tributó a los fallecidos. A la misma hora y en el mismo lugar en el que iba a celebrarse el partido, miles y miles de personas vestidas con camisetas blancas se entregaron a una suerte de catarsis colectiva. Algunos hablaron de solidaridad, otros de respeto, hay quien incluso lo hizo de fe, pero ante todo lo que se vivió aquel día en el estadio de Medellín fue el nacimiento de una hermandad en el dolor más puro. Sí, estaban en lo cierto, surgía de allí una nueva familia donde se fundían el fútbol, el amor y la muerte.

Dos años después, Medellín no se ha olvidado del Chapecoense. Mientras algunos vínculos permanecen en lo más íntimo de la memoria de los hinchas, otros saltan a la vista al recorrer la ciudad. Basta caminar al lado del Atanasio Girardot, estadio compartido por Atlético Nacional y Deportivo Independiente Medellín, para toparse con un gran mural que rememora y consagra el lazo forjado entre las dos ciudades. “Esa tragedia cada día nos duele, pero se generó una hermandad para siempre”, dijo Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín, al inaugurar el mural hace ya casi un año. Una imagen de Indiozinho, niño mascota del equipo brasileño, recibe de brazos abiertos al visitante con la mirada perdida, solemne, nigromante, casi en el más allá.

Más de veinte metros de una obra colectiva en la que participaron diferentes artistas urbanos de la región. Hoy los hinchas pasan a su lado entre gorrillas que, con sus pañuelos rojos, tratan de ganarse unos pesitos de nada. Cantan los vendedores de mazamorra, aguacate y bebidas energéticas mientras llega de fondo el rumor de los hinchas del Nacional que ensayan sus cánticos para el partido de la noche. “Que lo escuchen / en todo el continente, / siempre recordaremos /campeón al Chapecoense”, decía, con la melodía del It’s a heartache de Bonnie Tyler, uno de los himnos que germinaron en aquellos días de noviembre de 2016. El Nacional no solo le entregó el título de la Copa Sudamericana al conjunto brasileño, parte del alma del equipo colombiano quedó ligada para siempre a las gentes de Chapecó. “Nuestro equipo está golpeado, nuestro corazón está arrugado”, acertó a decir en el homenaje del 30 de noviembre Reinaldo Rueda, entonces entrenador del Nacional. A algunos, dos años después, todavía se les quiebra la voz al recordarlo. El corazón, nada más que un juego, sigue doliendo.


No muy lejos de donde se alza el mural con la efigie esperanzada de Indiozinho, en las inmediaciones del estadio, al otro lado de la avenida Colombia, se encuentra el Café Bar Chapecoense. Acodado en la barra, a primera hora de la tarde, John Jairo Pemberty sirve cervezas mientras en la televisión se juega un partido de la fase de grupos de la Europa League. John Jairo es el padre de Juan David, quien hace dos años tuvo la idea de ponerle el nombre del equipo de Chapecó a su negocio. “Íbamos a ponerle el nombre de Rojo y verde, por los dos equipos de la ciudad, la idea era inaugurarlo el día de la final pero el accidente lo cambió todo”, dice John Jairo, cuyo apellido de origen británico evoca un pasado de pioneros ingleses en el pueblo antioqueño de Donmatías. Tras reunir todos los objetos que adornan el local y lidiar con los permisos para solicitar el cambio de nombre, el bar finalmente abrió el 4 de febrero de 2017, apenas dos meses después de la tragedia.

Un gran panel con la fotografía de todos los integrantes del Chape preside el local de los Pemberty. En blanco y negro el rostro de los fallecidos y apenas tres retratos en color para los tres futbolistas que sobrevivieron: Ruschel, Follmann y Neto. Camisetas, banderas, bufandas, una medalla de la Copa Sudamericana y un gran escudo dominando la entrada al pequeño local ubicado en una zona comercial conocida como el Diamante. Desde el día de su inauguración han pasado por aquí todo tipo de aficionados, curiosos y cazadores de selfies. “Viene mucho brasilero, ahí mismo muy agradecidos por el barcito”, comenta John Jairo recordando también la jornada en que los directivos del Chapecoense, acompañados por algunas de las mujeres de los futbolistas, visitaron el local.

El luto y la pólvora

Aquel 28 de noviembre de 2016, además de prepararse para la final de la Copa Sudamericana, Medellín tenía todo a punto para celebrar una de sus fiestas más controvertidas y paradójicas: la Alborada. Justo a la medianoche del 30, recién entrado el primero de diciembre, miles y miles de petardos atruenan en la caja de resonancia que forma el valle donde languidece la ciudad. Pólvora y más pólvora en una metrópolis cuyo recuerdo está demasiado cargado de ella. Algunos, los más benevolentes, dicen que esta celebración constituye una bienvenida al mes festivo por excelencia de los paisas. Otros recuerdan que un 1 de diciembre fue a nacer el patrón de patrones de Medellín. Sin embargo, la explicación más factible asegura que la fiesta se originó en el año 2003 cuando Don Berna, líder del grupo paramilitar Cacique Nutibara, regó de pólvora la ciudad para conmemorar y hacer saber a todos la entrega de armas de su grupo. Sea como fuere, la Alborada de aquel 2016 quedó reducida a un silencio casi absoluto, sepulcral en la mayoría de comunas y barrios, un silencio conmovedor, futbolero.

Los que recuerdan aquel día, cuentan que nadie se hubiera atrevido a quebrar con una insensata explosión de júbilo el luto de toda una ciudad. Guardaron pólvora los sicarios en espera de una mejor ocasión, no alzaron el vuelo los cohetes dejando el cielo en penumbra. Omaira Arango Betancur vivió de primera mano los años más duros de la guerra del narco en Medellín y todavía hay algo que la estremece cuando oye cerca detonaciones, sea por el motivo que sea: “Esa vez como que no hubo Alborada, en honor a ellos no se hizo, no había quien hiciera bulla con esa tristeza, qué pesar de esos muchachos. Y el año pasado hubo pólvora, pero mermó enormemente”, comenta evocando aquel día. Lo que no consiguieron las multas y prohibiciones con que las autoridades han tratado en repetidas ocasiones de acabar con esta fiesta de origen oscuro, lo fue a conseguir la tragedia del Chapecoense. Un silencio estremecedor, desacostumbrado, que en cierta forma todavía perdura.

Quien aterriza por primera vez en Medellín siente abismarse en un rincón de los Andes. Aunque aún sigue activo un aeropuerto en pleno casco urbano, donde murió Carlos Gardel en 1935, el principal aeropuerto de la ciudad se encuentra en el municipio de Rionegro, a unos cincuenta minutos en coche del centro. El vuelo 2933 de LaMia que transportaba a la expedición del Chapecoense nunca llegó a divisar la ciudad ni tan siquiera alcanzó a ver los vectores que le señalaban la pista de aterrizaje. El combustible se agotó de forma definitiva a cinco minutos del destino y el avión, ya con las luces apagadas, impactó contra el llamado Cerro del Gordo, ubicado a más de 3000 metros de altura entre los municipios de La Unión y La Ceja. En las imágenes de aquella jornada se observa una cicatriz abierta en la espesura del bosque donde la aeronave fue a caer, una grieta de tierra removida en el casi infinito color esmeralda que adquiere aquí la cordillera de los Andes. Se diría que esa hermandad de la que todos hablan perdura en este paisaje de fertilidad desbordante, en el color que servía y sirve de apodo a los dos equipos unidos desde entonces: El verde de la montaña para el Nacional y O verdão para el Chapecoense.

Un santuario en la montaña

Poco tiempo después, el Cerro del Gordo pasó a llamarse Cerro Chapecoense como homenaje a quienes allí perdieron la vida. El fútbol modela la geografía y el recuerdo con la persistencia de los amores contrariados. Si a uno le da por buscar en Google Maps el Cerro Chapecoense, verá que aparece descrito como lugar de peregrinación. Y, en efecto, tras el accidente cientos y cientos de personas se han acercado al lugar, a ser posible en fin de semana, para testimoniar su homenaje, rendir tributo a las víctimas y, por qué no, satisfacer una morbosa curiosidad. Allí uno se puede encontrar desde un calvario con sus tres cruces alineadas hasta restos del avión reciclados como ready made de arte fúnebre. Es un lugar donde lo sagrado se hermana sin solución de continuidad con lo profano. Algunos habrán de recordar a Johan Ramírez, el niño que condujo a los rescatistas al lugar exacto del accidente, como quien evoca una aparición mariana. Otros hablarán de milagro para narrar la historia de quienes se salvaron. Incluso en sus tragedias, el fútbol no puede dejar de encarnar una cierta idea de esperanza. El Cerro Chapecoense se ha convertido, con el pasar del tiempo, en un santuario futbolero donde se concitan el kitsch con la devoción popular.

El poeta chileno Óscar Hahn, en su poema Futbolistas desaparecidos, puso a jugar en algún lugar del cielo a Garrincha con Meazza, a Puskás con Yashin, a Zamora con Obdulio Varela. Una elegía futbolística que nos habla de una cancha situada en uno de tantos universos posibles y cuyos primeros versos dicen así: “Después de haber hollado el frágil césped / de esta efímera tierra, de esta cancha / en la que alguna vez todos jugamos, / los futbolistas desaparecidos / están pisando un campo inmarchitable / en la región de donde no se vuelve”. Resulta imposible dejar de evocar este poema en el monte donde fueron a perder la vida los jugadores del Chape. Un horizonte que se abre hacia lo alto, ese pasto recién regado por el rocío, la ladera donde el escudo del equipo parece confundirse con el verde de las montañas, algún rostro en una fotografía olvidada, una parada del portero en el último minuto, una celebración en el vestuario y, entre la maleza, pedazos de un póster de la final de la Copa Sudamericana de 2016.

En el fondo, poco importa si llovía aquel 28 de noviembre. El recuerdo persevera, juega con el relato. Llovía. No llovía. El fútbol es aquí memoria y ausencia. En el trópico noviembre es el mes más cruel. Sigue lloviendo en Chapecó y Medellín. El silencio cada mañana entre árboles con el tronco partido y, hasta donde la vista alcanza, un verde inmaculado que llega a doler. Plátanos, guaduales, yarumos y cafetales. Un vacío en lo alto de un cerro de los Andes colombianos y una bandera ondeando todavía por la vida breve de los héroes.