Una de las citas más repetidas de Franz Kafka es la que dejó anotada en su diario el 2 de agosto de 1914: “Alemania le ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, fui a nadar”. Sorprende la capacidad de abstracción del escritor checo ante la gravedad de los acontecimientos internacionales pero él, a diferencia de nosotros, no sabía que aquella tarde Europa apuraba sus últimas horas de paz antes de una hecatombe sin igual. A las puertas de la I Guerra Mundial, ¿eran los hombres y mujeres conscientes de estar despidiéndose de su manera de vivir, de sus ciudades, de sus imperios y, 17 millones de ellos, hasta de su propia existencia? A juzgar por la clase de natación de Kafka, uno diría que no.

25 años después el viejo continente volvía a vivir un verano similar. Las heridas mal cicatrizadas tras la contienda, la crisis económica de 1929 y el crecimiento del populismo y el totalitarismo dibujaban un escenario siniestro. Pero a diferencia del de 1914, en agosto de 1939 nadie pudo escaparse a la piscina alegando desconocimiento. A medida que el mes le arrancaba hojas al calendario la inevitabilidad de un nuevo conflicto se extendía por el continente.

El miércoles 2 de agosto, cuando el primer ministro británico aprueba las vacaciones de la Casa de los Comunes hasta octubre, más de 30 diputados conservadores le niegan el voto, entre ellos un tal Winston Churchill y otro, John Ronald Carland, que muestra certera puntería: “Estamos en una situación en la que quizá en un mes tengamos que ir a luchar y a morir”. Una semana después, Italia prohibe la emigración del campo a las ciudades de más de 25.000 habitantes como medida para minimizar las víctimas en caso de bombardeos. En la noche del viernes 11 Inglaterra se queda a oscuras durante cuatro horas para probar su defensa antiaérea. El mismo lunes 21 en que Stalin y Hitler acuerdan secretamente repartirse Polonia, Charles Chaplin cancela en Hollywood el inicio del rodaje de su nueva película, que oportunamente iba a llamarse “The Dictators”. El jueves 24 el Papa Pío XII afirma en un mensaje radiofónico: “El peligro es inminente pero aún hay tiempo”. Al día siguiente, en París, el Museo del Louvre cierra sus puertas oficialmente por trabajos de mantenimiento; la realidad es que sus trabajadores comienzan a empaquetar y guardar las obras de arte. El sábado 26 el empresario sueco Birger Dahlerus vuela de Londres a Berlín con una carta del gobierno británico en un último intento por apaciguar los planes de Hitler, apenas ya disimulados, de invadir Polonia.

¿Y Polonia? Pues en Polonia, el domingo 27 de agosto de 1939, se disputa un partido de fútbol: aquella tarde en Varsovia la selección nacional logra golear a la subcampeona del mundo, Hungría. Por la trascendencia deportiva, por el fugaz estallido de euforia en su sociedad pero sobre todo por el sombrío contexto histórico en que se produce, aquel encuentro será conocido por los polacos como ‘el último partido’. Porque lo fue.

 

Solo la fraternal relación entre Polonia y Hungría explica el arriesgado viaje del combinado magiar hacia una capital, Varsovia, que ya ha comenzado a cavar trincheras antitanques

 

En una Europa que contiene la respiración, Hungría decide ser fiel a su larga amistad con Polonia y envía al combinado que doce meses antes rozó el título mundial contra Italia. Sólo faltan tres jugadores, que ya han sido llamados a filas en previsión de lo inminente. No en vano, en Budapest conocen las intenciones de Hitler de primera mano: en julio, el propio ‘Führer’ había solicitado al primer ministro húngaro la participación del ejército magiar en la ocupación de Polonia. “Prefiero volar todas nuestras líneas férreas antes que tomar parte en la invasión de nuestros vecinos”, le respondió Pal Teleki.

Alineación de la selección polaca. Willimowski es el cuarto por la izquierda

Solo esa relación fraternal explica el arriesgado viaje del combinado húngaro hacia una capital que ya figura el punto de mira de la maquinaria nazi. Es un fin de semana extraño, en alerta roja también en el deporte: la primera jornada de la liga francesa se ha aplazado a la espera de una resolución pacífica de los acontecimientos. En Inglaterra, en cambio, sí arranca la Football League -con nutrida presencia militar en las gradas- mientras en Polonia se detiene el campeonato para que la selección dispute sendos amistosos, ante Hungría ese domingo 27 de agosto y frente a Bulgaria siete días después (el segundo encuentro finalmente no se llevará a cabo por razones obvias). En España, todavía en ruinas tras la guerra civil terminada apenas seis meses atrás, la nueva temporada de Liga no comenzará hasta diciembre.

Varsovia, que como todas las grandes ciudades polacas ya ha comenzado a cavar trincheras antitanques, recibe a los internacionales magiares con titulares propios del ambiente pre-bélico: entre recomendaciones sobre cómo hacer frente a un ataque con armas químicas aparecen las notas previas al encuentro. Desde las páginas del Przegląd Sportowy, el principal medio deportivo polaco, lanzan un pronóstico que parece ir más allá de lo meramente futbolístico: “No tenemos opciones de vencer, pero sí ganas de luchar”.

Y efectivamente la primera media hora pareció confirmar el pesimismo de la prensa: 0-2 en el marcador del Estadio del Ejército Polaco, ante 20.000 espectadores. Hungría contaba con György Sárosi, del Ferencvaros, y Gyula Zsengellér, del Ujpest, cada uno de ellos autor de cinco dianas en el reciente Mundial de Francia 1938. Solo los siete goles del brasileño Leónidas habían evitado que dos delanteros de clubes rivales en Budapest compitieran también por ser el máximo realizador de la Copa del Mundo.

Willimowski posa con Alemania (1942)

Pero entonces llegó la remontada, espoleada por la actuación de Ernst Willimowski: su hat-trick y el penalti transformado por Leonard Piatek redondearon una goleada inesperada. ‘Ezi’ Willimowski será una de las muchas figuras del fútbol intensamente afectadas por la guerra que se intuye: nacido en Silesia de familia germano-hablante, en 1934 dejó su primer club (el 1.FC Kattowitz, controlado por la minoría alemana) para fichar por el Ruch Chorzów. Sus estratosféricos registros goleadores le llevaron a la selección polaca, aunque una sanción federativa tras una noche de borrachera le privó de participar en los Juegos Olímpicos de Berlín, en los que Polonia acabó cuarta clasificada. Dos años más tarde, en Estrasburgo, Willimowski se convertiría en el primer futbolista que lograba cuatro dianas en mismo partido mundialista: su póker ante Brasil no sirvió para eliminar a los sudamericanos, que vencieron 5-6, pero sí para marcar un hito que tardaría medio siglo en ser superado (Oleg Salenko, en el Rusia-Camerún de USA’94).

Como otros cinco de los titulares que ganaron con Polonia el partido ante Hungría, Willimowski se nacionalizaría alemán tras la ocupación nazi, lo cual le permitió proseguir su carrera puesto que los ciudadanos polacos quedaron excluidos de toda competición deportiva. Así, pudo incorporarse al 1860 Múnich, con el que se proclamó campeón de la copa del Tercer Reich en el estadio Olímpico de Berlín, y aceptó la llamada de la selección de la cruz gamada, para la que logró 13 goles en ocho encuentros. Esos méritos, y su fama de preguerra, le sirvieron para sacar a su madre con vida del campo de exterminio de Auschwitz. Tras la guerra fue considerado un traidor en la Polonia comunista y vivió en Karlsruhe, donde abrió un restaurante, trabajó en una fábrica y murió en 1997.

 

Tras la invasión nazi, hasta seis titulares de aquella selección polaca aceptaron la nacionalidad alemana. En cambio, su entrenador, Jozef Kaluza, se negó a colaborar con los ocupantes

 

Pero en agosto de 1939 Willimowski aún es un héroe para la afición polaca, que salta al campo tras el 4-2 ante Hungría. Otro que abandona el terreno de juego aupado por los hinchas es el seleccionador, Jozef Kaluza: tras una prolífica carrera como delantero del Cracovia, de su mano llegaron hitos -cuarto puesto olímpico y clasificación para el Mundial- que no se igualarían hasta cuatro décadas después con los Boniek, Lato, Smolarek y compañía. Kaluza fue uno de los pocos dirigentes de la Federación Polaca que continuó en el país tras la invasión. Rechazó los ofrecimientos nazis de convertirse en delegado de deportes en la Polonia ocupada, alegando “falta de tiempo”. En otoño de 1944 enfermó y, a falta de penicilina -reservada únicamente para los ciudadanos alemanes-, falleció. Su funeral se convirtió en una protesta masiva contra la ocupación nazi. A día de hoy el estadio del Cracovia se encuentra en la calle que lleva su nombre.

Su segundo entrenador, Marian Spoida, no corrió mejor suerte: nacido en Poznan de origen germano, la invasión primero nazi desde el oeste y luego soviética desde el este dio con sus huesos en un campo de prisioneros. En 1940 fue ejecutado por los servicios secretos de la URSS en los bosques de Katyn, junto a otros 22.000 miembros de las elites culturales, económicas y militares polacas. Pudo ser identificado tres años después porque junto a sus restos apareció su carnet de socio del Warta Poznan, el equipo con el que se había proclamado campeón de la liga polaca una década atrás.

Ataque del equipo polaco

Euforia en las gradas

Toda esa debacle estaba aún por llegar el 27 de agosto de 1939. Como la tormenta que carga las nubes antes de precipitar, aquella tarde en Varsovia el hedor de la guerra flotaba en el ambiente hasta hacerlo irrespirable. En el banquete que esa misma noche compartieron ambas selecciones, el presidente de la federación polaca, el coronel Kazimierz Glabisz, acabó su discurso con una frase inquietante: “quién sabe si el de hoy no es el último partido antes de una nueva guerra”.

Cinco días después Hitler ordenaba la invasión de Polonia. La espiral por el que se despeñaba la humanidad ya no se detendría: blitzkrieg, Holocausto, Stalingrado, el día D, Hiroshima y Nagasaki.


Arranca con este texto una serie de miradas futboleras a la Segunda Guerra Mundial, agrupadas quién sabe si en forma de blog, bajo el epígrafe de ‘El último partido’. Durante seis años, entre 1939 y 1945, cada partido pudo ser el último, y para muchos lo fue. En memoria de las víctimas, trataremos de abordar diferentes historias vinculadas con aquella contienda de cuyo estallido se cumplen ahora 80 años.