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Esta es la segunda entrega de una serie de dos reportajes sobre racismo en el fútbol brasileño. Pudes leer la primera, Cronología de una injusticia, aquí.


 

“Querría, si pudiese, no ganar nada más y vencer el título contra los prejuicios. Cambiaría todos mis éxitos por conseguir la igualdad entre razas”
Tinga, exfutbolista brasileño

 

Aquel jueves había Copa de Brasil: la ida de los octavos de final entre el Grêmio y el Santos. Si agosto de 2014 estaba siendo especialmente frío en Porto Alegre, esa noche del 28 se calentó más de la cuenta. El portero de los ‘paulistas’, Aranha, fuera de sí, señalaba uno de los fondos del estadio. Sus expresivas manos bajaban y subían hacia sus axilas imitando el lacerante gesto de los aficionados locales. De fondo se oían todo tipo de improperios y vejaciones. El colegiado, como otros tantos hicieron antes, prefirió lavarse las manos y no intervenir. Ese duelo acabó con un 0-2 favorable al equipo visitante, pero el partido de vuelta ya no se jugaría. El árbitro acabó sancionado -el acta no había recogido nada de lo acontecido- y el Grêmio excluido de la competición. 

Me llamaron ‘negro pestoso’, ‘vuelve a casa, negro’, y después comenzaron a hacer ruidos de mono. Es difícil, nunca imaginé que pasaría esto. Aunque sé que no representan a toda la afición del Grêmio, es importante registrar lo que ha sucedido aquí. Son los mismos de siempre”, explicó el guardameta Aranha justo al término del choque. 

El Grêmio de Porto Alegre se convirtió en el primer club descalificado por un comportamiento racista de su afición. “Es un fallo histórico”, dijo el presidente de la comisión disciplinaria, Fabricio Dazzi. “No creo que vuelvan a ocurrir abusos racistas como este en el futuro. Los aficionados se lo pensarán dos veces al saber que sus clubes pueden ser castigados por sus actos”.

Pero el tiempo le ha quitado la razón a Dazzi: el racismo en el fútbol brasileño, lejos de desaparecer, ha ganado espacio. O los castigos impuestos han sido insuficientes, o muy poco ejemplarizantes. Durante todo 2014, y a pesar del pronóstico optimista, el Observatório da Discriminação no Futebol registró 20 denuncias de incidentes racistas. Un año después la cifra se disparó a 35, bajó a 25 en 2016 y volvió a subir exponencialmente en 2017 (43 casos), 2018 (44) y 2019 (63).

Es más, desde que Jair Bolsonaro se instaló en el Palacio de la Alvorada todo esto se ha magnificado. El discurso segregacionista y aporafóbico del presidente ha alentado a un sector de la población que, desinhibido por lo que oye y ve, le ha cogido el gusto a presumir de prejuicios raciales en los estadios. Cabe recordar que Bolsonaro, que profesa un conservadurismo bastante radical, aseguró siendo diputado que “los negros no valen para nada, ni siquiera para tener descendencia”, y que un hijo suyo jamás se enamoraría de una mujer negra, ya que “habían sido muy bien educados”.

Con el objetivo de despertar cierta conciencia antirracista en el país, la versión tropical del ‘Black Lives Matter’ (‘Vidas Negras Importam’), como se explicó en el primer artículo de esta serie, ha movilizado a decenas de miles de brasileños y a prácticamente todos los equipos de fútbol. Para Marcelho Carvalho, director ejecutivo del Observatório da Discriminação Racial no Futebol, “uno de los principales desafíos del balompié brasileño es involucrar al mayor número de clubes en la campaña contra el genocidio de la población negra”. Así lo expresa en la web de la organización.

Carvalho sabe que en Brasil el futebol ha sido siempre un valioso aglutinante social. A pesar del marcado carácter elitista de sus inicios, durante la primera mitad del siglo XX se convirtió en uno de los pocos espacios abiertos donde personas de diferentes clases y razas podían confluir. Y si hubo una figura paradigmática en la apertura de nuevos horizontes para el afrobrasileño esa fue la de Pelé. Que Edson Arantes do Nascimento se convirtiera en rey del fútbol mundial sirvió para que la sociedad brasileña se mirara de otra forma. Pelé no era sólo un brasileño: era un brasileño negro.

Un estilo muy característico

La presencia del futbolista preto cambió la manera de concebir y practicar este deporte. En el momento en que negros, mulatos y pobres entraron en la ecuación nació un estilo diferente, repleto de soluciones creativas y vistosas. Es el reconocible estilo que hoy se asocia al balompié brasilero, el del ‘jogo bonito’; el de los infinitos goles y regates; el de la imaginación desbordante y el espíritu lúdico. Una manera de entender y de jugar al futebol que bebe de la propia identidad cultural del país.

Pretos, pardos y mestizos habían aprendido a jugar solos en Brasil, lejos de las elitistas academias. En estos primeros años del foot-ball, y según la metáfora de Mario Filho, los chicos de la aristocracia eran unos “universitarios del fútbol” en comparación con los afrobrasileños. Estos, que apenas buscaban el sentido recreativo del nuevo deporte, se apañaban en la calle con cualquier objeto semiesférico.

 

Que Edson Arantes do Nascimento se convirtiera en rey del fútbol mundial sirvió para que la sociedad brasileña se mirara de otra forma. Pelé no era sólo un brasileño: era un brasileño negro

 

Como los jóvenes de las clases populares no tenían ni idea de táctica o de estrategia, tiraban de ingenio e intuición para sacar ventajas en el campo. Ese estilo, que acabaría siendo motivo de orgullo nacional, es reconocido hoy como ‘Ginga’, que en el argot de la capoeira significa mecerse o balancearse. Según el sociólogo Gilberto Freyre, en Brasil habían convertido “un juego británicamente apolíneo en una danza dionisiaca”

Aquel balanceo tribal, heredado de un arte marcial de autodefensa, servía a futbolistas pretos y pardos para huir de las agresivas entradas de sus oponentes. Como relata Mario Filho en ‘O negro no futebol brasilero’, muchos blancos encontraban placer en coser a patadas a sus rivales de piel más oscura. Los afrobrasileños, que se valían de sus recursos técnicos para zafarse de las embestidas, fueron perfeccionando un estilo bastante peculiar, tomado en broma al principio. 

En todo caso, el ‘jogo bonito’ era algo más que una solución futbolística, era una filosofía de vida muy ligada al acervo popular: “Friedenreich llevó al solemne estadio de los blancos la irreverencia de los chavales color café que se divertían disputando una bola de trapos en los suburbios. Así nació un estilo, abierto a la fantasía, que prefiere el placer al resultado”, exponía Eduardo Galeano en El fútbol a sol y sombra.

A pesar de la admiración futbolística que provocaba su juego, fue complicado desligar a Brasil de prejuicios raciales que históricamente le acompañaban. Al menos hasta que se levantaron las primeras Copas. Valga como ejemplo este extracto de una crónica de la ‘Batalla de Berna’, firmada por un corresponsal del ABC: “Al equipo brasileño le favorece y le perjudica su color. Cinco casi negros y un mulato para un equipo es mucho color. Esta aportación proporciona a la escuadra portentosa agilidad y fuerza, pero no es tan seguro que la cabeza la hagan funcionar para otra cosa que darle rudamente al balón. Y hoy el fútbol hay que jugarlo con mucha inteligencia, además de instinto”.

Sólo tras los primeros éxitos de la ‘Verdeamarelha’, firmados con una selección mestiza y con el negro Pelé como líder, la sociedad comenzó a asumir con normalidad la presencia de pretos y pardos en los equipos de fútbol. Aquellos futbolistas habían conseguido, por vez primera, que ricos y pobres abrazasen la misma felicidad, el mismo orgullo de ser brasileños. Afrodescendientes de todo el país, desde entonces, se fueron ganado un hueco en el olimpo del balompié nacional. 

Eso al menos sobre el césped, no así en los despachos o en los puestos de dirección. En este sentido el fútbol reproduce el ‘ideal de blanqueamiento’ que impera en la sociedad. Los afrodescendientes de Brasil apenas tienen acceso a una educación de calidad ni a puestos profesionales de prestigio: “¿Cuántos presidentes de clubes negros tenemos? ¿Entrenadores? ¿Gestores? , se preguntaba el exfutbolista Tinga en una entrevista para Córner. “Es bonito colgar una placa de ‘no al racismo’, pero ¿cuándo llegan las oportunidades? ¿Estamos preparados para ser guiados por un hombre negro? ¿O buscamos sólo el gesto?”

Quizá al futebol brasilero actual, tan preocupado de ocultar sus propias vergüenzas y de perpetuar la falacia de la ‘democracia racial’, le falten figuras negras que sirvan de referentes a las nuevas generaciones. Personajes de gran relevancia e influencia a los que admirar por sus acciones o declaraciones públicas. Modelos para la sociedad, como los siete afrobrasileños enumerados a continuación, que ayuden a fortalecer el sentimiento de orgullo y pertenencia de los brasileños de raza negra. 

Arthur Friedenreich (1892-1969)

El primer gran jugador brasilero de la historia era como una vara de avellano: largo y delgado, pero especialmente duro. Arthur Friedenreich fue el primer afrodescendiente que adquirió estatus de estrella, especialmente tras las dos Copas Sudamericanas que ganó en 1919 y 1922, las del estreno internacional de la ‘Seleção’. En la primera de ellas, celebrada en tierras brasileñas, se convirtió en el héroe de la final tras anotar el tanto de la victoria ante Uruguay. 

Sus finas piernas, acostumbradas a recibir patadas, desarrollaron una técnica exquisita, cargada de fintas y regates. Según cuenta la leyenda, el ‘Tigre’ -llamado así por su apetito de gol- lanzó más de 500 penaltis sin fallo. No hay registros que atestigüen fehacientemente el número goles que anotó, pero todo parece indicar que fue mayor al de Pelé. Si ‘O Rei’ dejó la marca en 1.283 tantos, a ‘Fried’ se le apuntan 1.329, según lo registrado por varios investigadores y asumido como cierto por el Libro Guiness de los Récords. 

Lo que hizo Friedenreich en el campo le elevó a un estatus social inaccesible para el resto de afrobrasileños. Era tratado con admiración y cariño por pobres y ricos, pero casi siempre intentaba disimular la raza al confraternizar con sus compañeros blancos. Le aterraba perder el respeto que le profesaban, por lo que intentaba imitar sus elitistas hábitos y maneras, vestía las ropas más finas, bebía coñac y fumaba cigarrillos. Cada vez que aparecía en público, eso sí, tenía que prepararse con antelación suficiente.

Como el actor que se caracteriza antes de salir a escena, Arthur necesitaba un buen tiempo para disfrazar su aspecto real. Convino consigo mismo que para huir de los prejuicios racistas de la sociedad se haría pasar por alguien que no era. Lo que peor llevaba era lo del pelo, claro indicativo étnico, pues para disimular sus ensortijados rizos -herencia de su madre- estaba obligado a llegar el primero al estadio. Allí, como si estuviera en un salón de belleza, se enrollaba una toalla hirviendo alrededor de la cabeza. En el proceso de espera se maquillaba con polvo de arroz para aclarar su color de piel. Una vez alisado el cabello, algo que solía llevarle un par de horas, se aplicaba una cantidad ingente de brillantina para fijarlo. Era todo un ritual. Casi siempre salía el último a jugar; muchas veces había que esperarlo. Cuando saltaba al campo, en una especie de ‘Lluvia de Estrellas’ eugenésico, el mulato Arthur salía convertido en Friedenreich, el superdotado del foot-ball. La elitista torcida, maravillada con las habilidades técnicas del ‘Tigre’, parecía olvidar que era un negro más, pero disfrazado de blanco.

A pesar de sus éxitos, el máximo goleador de la historia apenas ganó dinero con el fútbol, trabajó como inspector de ventas desde que se retiró a los 43 años y murió, pobre, en un piso que le había donado la ciudad de São Paulo. Aunque falleció solo y relativamente olvidado, su legado ya había cambiado la manera de concebir este deporte en Brasil. “De Friedenreich en adelante, el fútbol brasileño que es brasileño de verdad no tiene ángulos rectos, al igual que las montañas de Río y los edificios de Oscar Niemeyer”, describió Galeano.

Domingos da Guia (1912-2000)

Domingos da Guía fue, con mucha diferencia, el mejor defensor de la primera mitad del siglo XX. Quizá el más grande que haya vestido nunca la camiseta de Brasil. Era un zaguero adelantado a su tiempo: especialmente hábil con la pelota en los pies y muy inteligente sobre el terreno de juego. Aunque poseía un físico envidiable, esta era una bala que casi siempre guardaba en la recámara. Se valía de su colocación, intuición y visión de juego para desarmar a cualquier delantero. 

El defensa había crecido futbolísticamente en el equipo de su ciudad natal, el Bangú Atlético, pero con sólo 20 años ya destacaba en el Nacional de Montevideo. Los fanáticos del equipo uruguayo cuestionaron su fichaje por la presencia en el equipo de Nassazi, un legendario zaguero con el que más tarde formaría una dupla de ensueño. Cuando volvió a Brasil, los periodistas locales escribieron que no aprendieron el verdadero significado de la palabra “defensor” hasta que Domingos jugó allí, según narra Kleber Mazziero. Por sus habilidades técnicas, los ‘charrúas’ decidieron apodarle ‘El Divino Maestro’. Del Nacional pasó al Vasco de Gama, y de ahí al Boca Juniors, consiguiendo algo inaudito: ganar tres ligas consecutivas en tres países distintos.

El ‘Negro’ Domingos, como fue conocido en Argentina, había aprendido a jugar en un fútbol especialmente racista, el brasileño. A pesar de vestir la camiseta del Bangú Atlético, club pionero en la aceptación de afrodescendientes, Domingos sufrió en sus piernas la agresividad de los futbolistas blancos. Para sortear las patadas de sus rivales se adscribió a la religión del ‘jogo bonito’, aquella que fundó Friedenrich, que empezaron a propagar los afrobrasileños del Mundial del 38 -incluído él- y que convirtió a fieles del planeta entero en Suecia‘58. Allí donde Didí, Garrincha y Pelé hicieron de Padre, Hijo y Espíritu Santo para obrar el milagro: levantar el primer trofeo mundialista de la historia de Brasil.

Leônidas da Silva (1913- 2004)

Conocido como ‘Diamante negro’ u ‘Hombre de goma’, Leônidas fue el primer crack mediático del fútbol brasileño. Ídolo en el Flamengo, alcanzaría fama internacional después de su excepcional actuación en el Mundial de Francia de 1938. Allí la selección de Brasil acabó tercera (su mejor clasificación hasta entonces) y Leônidas fue designado mejor jugador y máximo goleador de la competición. En la primera ronda había marcado tres de los seis goles con los que vencieron 6-5 a Polonia. Uno de ellos descalzo, seguramente el único de la historia de los Mundiales.

Al ‘Diamante Negro’, de físico privilegiado y gran habilidad para el salto, le gustaba sacar ventaja de las jugadas con artimañas acrobáticas. Una de esas inverosímiles maniobras era la ‘bicicleta’ (chilena en los países de habla hispana), una jugada que popularizó pero que no inventó. “Ese hombre de goma, en el suelo o en el aire, posee el don diabólico de controlar el balón en cualquier lugar, y lanza remates violentos cuando menos se lo espera. Cuando Leônidas marca un gol, uno piensa que sueña, se frota los ojos. Leônidas es la magia negra”, escribió Raymond Thourmagem para la revista Paris Match.

En 1936, y con el veto de entrada a afrodescendientes ya levantado en el Flamengo, el futbolista se convirtió en un semidiós para la afición rubro-negra. Las marcas comerciales se peleaban por él como hombre-anuncio. Copaba portadas de periódicos, protagonizaba radionovelas… Era un fenómeno de masas. Una marca de chocolates se popularizó al instante usando su apelativo, ‘Diamante Negro’, y todavía hoy sigue comercializándose. 

A pesar de la fama y de su reconocido prestigio como futbolista, Leônidas también tuvo que batallar con el racismo. En una ocasión lo acusaron de haber robado el collar de perlas de una joven aristócrata; en otra de haberse vendido a Mussolini para no jugar el partido de semifinales del Mundial 38 que acabó ganando Italia. Sea como fuese, y a pesar de estos vanos intentos de socavar la figura de un futbolista excelso, Leônidas deslumbró al mundo con sus goles, cabriolas y filigranas. Cuando murió en una residencia geriátrica en 2004 padecía Alzheimer; seguramente no recordase todo lo que le aportó al fútbol brasileño, pero este ya jamás le olvidará. Para Mario Filho, Leónidas da Silva fue “el símbolo mayor de la ascensión social del negro en los terrenos de juego”.

Zizinho (1921-2002)

Thomaz Soares da Silva, conocido mundialmente como Zizinho o ‘Maestro Ziza’, fue uno de los futbolistas brasileños más grandes de la historia. Sería parte integrante de la selección que perdió la final de 1950, pero esquivó las críticas al ser designado mejor jugador del torneo. A pesar del histórico desengaño, que le llevó a tener recurrentes pesadillas durante un tiempo, su pasión por el fútbol apenas se resintió. Este esteta del balón, amante de la conducción en zig-zag, declaró en una ocasión que “la bola tiene vida propia” y que “a ella le gusta que la traten bien”. Por eso siempre intentaba complacerla.

Ziza fue todo un referente futbolístico en la primera mitad del siglo XX, también para Pelé, que confesó haber idolatrado al genial mediapunta. “Zizinho era el jugador que más admiraba. Daba miedo: sus pases, sus disparos, su colocación. Todo muy vistoso. Y era un futbolista muy completo. Jugaba tanto en el medio del campo como en el ataque, defendía bien, era un excelente cabeceador, regateaba como pocos, sabía montar las jugadas. Además, no le asustaba mancharse. Jugaba duro cuando hacía falta”, explicaba ‘O Rei’ en una entrevista. 

Flavio Costa, seleccionador brasileño en el ‘Maracanazo’, afirmó que “Zizinho quizás no fuese mejor que Pelé, pero peor tampoco”. Aquel mulato de rasgos indígenas se convirtió, por méritos propios, en el mejor jugador de la década de los 40. Tremendamente competitivo, demostró al mundo que la capacidad técnica no está reñida con el sacrificio. El periodista Armando Nogueira dijo en una ocasión que era, al mismo tiempo, “el pianista y quien cargaba el piano”. Se convirtió en ídolo y ejemplo a seguir para una generación entera de afrobrasileños que empezó a ver el hueco en aquel mundillo elitista de blancos en pantalones cortos. 

Aunque sus primeras biografías solían omitir su raza, Zizinho se sentía orgulloso de ser mulato. Y eso que, como cualquier otro pardo del país, llevaba las cicactrices del racismo a flor de piel. Padeció los prejuicios asociados al color de su piel desde sus inicios, como cuando fue rechazado por el América a pesar de sus notables condiciones futbolísticas, hasta su etapa final, cuando la CBF (Confederación Brasileña de Fútbol) le acusó de alentar un movimiento de “indisciplina” y de “faltar el respeto del jefe de delegación”. El ‘problema’ fue que, tras ganar el Sudamericano en Lima, los jugadores de la Seleção habían recibidio un millón de cruzeiros de prima cuando supuestamente habían pactado dos, y el ‘Mestre’ protestó. Aquel informe sugería que Zizinho “jamás volviese a vestir la camiseta brasileña”, y eso fue lo que acabó ocurriendo.

Moacir Barbosa (1921-2000)

El 16 de julio de 1950, poco antes de las 17:00 horas de la tarde, Alcides Ghiggia dictaba sentencia a Moacir, el mártir del Maracanazo. El silencio que heló la espina dorsal del arquero fue similar al que experimentan los condenados tras escuchar el golpe de maza del juez. “Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro del arco, un frío paralizante recorrió todo mi cuerpo. Sentí de inmediato la mirada de todo el estadio sobre mí”, explicó. Su pena fue haber dejado algo mal cubierto su palo; la condena, una vida entera cargando con insultos y reproches. “En Brasil, la pena mayor que establece la ley por matar a alguien es de 30 años de cárcel. Hace casi 50 que yo pago por un crimen que no cometí”, afirmaba resignado poco tiempo antes de morir.

Hasta aquel infausto partido Barbosa era considerado el mejor guardameta de Brasil, un icono en el Vasco de Gama. Ganó seis campeonatos cariocas con el ‘Club de Regatas’ y una Libertadores en 1948 con el Expresso da Vitória, tras haber parado un penalti en la final. Nada de eso sirvió de atenuante. En su Monte Calvario particular le acompañaron, uno a cada lado, Bigode y Juvenal, los otros dos futbolistas considerados negligentes en el segundo tanto de Uruguay. No hubo mucho juicio para ellos, ni más partidos en el combinado nacional. Los tres compartían un evidente ‘agravante’: eran negros y de procedencia humilde. 

El escritor mexicano Juan Villoro había descrito al arquero de la Seleção como “el hombre que murió dos veces”. Tras aquella enorme decepción, el pueblo brasileño jamás supo perdonarle. Cuando entraba en cualquier establecimiento los clientes huían despavoridos. “Mira hijo, ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”, escuchó Barbosa allá por los años 70 en un supermercado. En 1993, y en un partido preparatorio de la selección, Mário Zagallo -ayudante técnico de Parreira- le negó la entrada en el vestuario por “llevar la mala suerte con él”. Su primer entierro tuvo más de 200.000 testigos, el segundo poco más de 30. Quizá en este último Moacir sí pudiera encontrar el descanso que tanto anhelaba: “Sólo seré absuelto por la justicia divina, porque para la de los hombres seré un eterno condenado”, había declarado.

Garrincha (1933-1983)

El de Garrincha es un claro ejemplo de cómo los estigmas corporales o sociales pueden capitalizarse profesionalmente (en este caso, y contra todo pronóstico, futbolísticamente). Mulato, bizco, algo feo y con una pierna más larga que otra, Mané dos Santos estiró los límites de la lógica para convertirse en el mejor regateador de la historia, uno de los más finos extremos que se han visto sobre un terreno de juego. A Garrincha el mote se lo puso su hermana, que le sacó parecido con un pajarito, “un pájaro que canta bonito y no soporta el cautiverio”, según el periodista Ruy Castro; “un veloz pájaro cualquiera”, apuntaba Mané. Como explicaba su primer técnico, Seu Toti, “le gustaba la cerveza y el aguardiente, pero odiaba ser elogiado”.

La cima de la carrera del ‘Chaplin del fútbol’ llegó en el Mundial de 1962, con Pelé lesionado. El de Mage se convirtió en el primer jugador en ganar el Balón de Oro del torneo, la Bota de Oro y el trofeo de campeón en una misma edición. De hecho, Chile’62 se recuerda en Brasil como ‘el Mundial de Garrincha’. Sus quiebros, dribles y centros enloquecían a la grada, que esperaba a que llegase el domingo para ver el nuevo repertorio del zambo. One-club-man en el Botafogo, fue el futbolista más querido y admirado de la historia del equipo. 

A Garrincha, sin embargo, le perjudicó siempre su mala imagen pública; quizá por eso nunca obtuvo el mismo respeto que ‘O Rei’. Su hedonista forma de tomarse la vida parecía molestar a la élite blanca, que no le veía la gracia al carácter burlón y despreocupado del extremo. No era profesional, pero tampoco le hizo falta para volverse eterno. Fumaba, bebía, y, a veces, se adornaba más de la cuenta en según qué jugadas. Era bastante común verle esperar a un defensor, ya sobrepasado, para tirarle un segundo regate.

Era un disfrutón de manual, y tan sólo le interesaba el fútbol como divertimento. Cuentan que el día del ‘Maracanazo’ ni siquiera vio el partido, que estaba pescando. Representaba la figura de aquel obrero-jugador que compatibilizaba sus tareas profesionales -las que le procuraban el pan- con la práctica regular de una actividad deportiva. Garrincha vivía el foot-ball como un agente liberador de su pesada rutina diaria. Y eso que, de niño, le habían dicho que jamás podría jugar a ese deporte.

A Manuel Francisco dos Santos le diagnosticaron con seis años poliomelitis, una enfermedad que dejó sus piernas desiguales y torcidas. La derecha medía seis centímetros más que la zurda y ambas estaban giradas hacia la izquierda, siendo él diestro. Esto, que a priori era una desventaja, acabó convirtiéndose en una suerte de regalo divino. Aquella anómala morfología corporal desconcertaba a sus rivales, que la mayoría de las veces no veían venir el regate y sólo podían pararlo en falta.

Aunque su legado futbolístico fue exuberante e inolvidable, el ‘Ángel de las piernas torcidas’ nació pobre y murió pobre. No era difícil verle abrazado a una botella de cachaza y a un paquete de cigarrillos. Con diez años, cuando compaginaba su trabajo en una fábrica con el fútbol, ya fumaba. Con 47, y en el Carnaval de Mangueira, su terrible imagen convulsionó el país. Fue una de las últimas apariciones públicas del ‘7’ del Botafogo. Desecho por el alcohol, el jugador paseaba sentado, con la mirada ida, sobre una de las carrozas del desfile. Apenas podía moverse, con un aspecto taciturno y enfermizo que nada tenía que ver con el jolgorio a sus pies. Aunque ya estaba bastante mal de salud y aquello lo habían preparado para animarle, aquello acabó siendo más un cortejo fúnebre que una cabalgata. 

El alcoholismo que heredó de su padre se lo acabó llevando de una cirrosis hepática tres años más tarde. “¿Fue Garrincha un ganador?”, se preguntaba Galeano. “No, fue un perdedor con buena suerte. Y la buena suerte no dura. Bien dicen en Brasil que si la mierda tuviera valor, los pobres nacerían sin culo. Garrincha murió de su muerte: pobre, borracho y solo”

Pelé (1940)

‘O Rei’. El más grande de la historia del fútbol brasileño, emblema del Santos, monarca d el ‘jogo bonito’, orgullo de un pueblo entero. El de los

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1.283 goles, las dos Copas Libertadores y los tres Mundiales. El de la historia de superación que emocionó al planeta. De procedencia humilde, su padre había sido futbolista, pero tuvo que retirarse por una lesión. Curado de espantos, le advirtió que el futebol no le daría de comer, de ahí que el chico empezara a trabajar en una fábrica de calzado de Baurú, compatibilizando su actividad laboral con el fútbol. Así, pasó de limpiar zapatos a convertirse en una de las figuras más icónicas del siglo XX.

A Pelé se le intuyó la grandeza desde que era adolescente. Debutó con el Santos con 16 años, y con apenas 17 ya había firmado una página inolvidable de la historia del fútbol. ‘O Rei’ fue uno de los jugadores más destacados en el primer Mundial de la ‘Canarinha’, el de Suecia ’58. A pesar de lesionarse en su segunda cita mundialista (la de 1962), gracias al buen papel de Garrincha levantaron su segundo trofeo dorado. Ya en 1970, y cuando muchos pensaban que su carrera estaba cerca de apagarse, Pelé se convirtió en eterno. Edson Arantes fue la estrella referencia del mítico Brasil de los cinco dieces, probablemente el mejor combinado nacional que haya existido nunca. Aquella exitosa exaltación del ‘jogo bonito’ le brindó a ‘O Rei’ su tercer trofeo Jules Rimet, algo que ningún otro futbolista ha logrado.

A pesar de las consecuciones deportivas y sociales del ‘10’ eterno, algunos critican la tibieza con la que siempre se expresó en temas relacionados con el racismo. Aunque fue una baza fundamental en la normalización de la figura del negro exitoso, muchos aseguran que el pensamiento de Pelé se quedó anclado en los años 50, cuando el preto apenas se conformaba con no llamar demasiado la atención. “Ignorar el racismo es la mejor arma para combatirlo”, declaró en una charla que tuvo con UOL Esporte en 2015. Sin apenas notarse evolución en su discurso, él solía sortear la polémica como driblaba defensores rivales en el campo: “Si yo me fuera a pelear cada vez que me llamaron negro en Estados Unidos, en Europa, en América Latina y Brasil, todavía estaría abriendo juicios”

Pelé huyó de cualquier tipo de activismo que pudiera perjudicar su figura futbolística, consintiendo doblarse al sistema para que el sistema acabase doblándose a él. En los terrenos de juego, y aún teniendo una prodigiosa técnica, casi nunca le sobraba un regate ni sentía la necesidad de exhibir sus cualidades como Garrincha. Pelé entendió que la mejor manera de perpetuar su éxito pasaba por ser práctico dentro y fuera del césped. De esta manera, todo lo que era certeza en el campo se volvía ambigüedad y contradicción ante los micrófonos. No fue hasta finales de los 90 cuando el ’10’ se arrepintió públicamente de haber sido un elemento propagandístico de la dictadura militar de su país.

En cualquier caso, la relación de Pelé con el racismo tiene dos lecturas. La primera lamenta que ‘O Rei’ no aprovechara su elevada posición mediática para posicionarse enérgicamente en contra del racismo. Es la misma queja que sigue persiguiendo a Michael Jordan, pero con un atenuante: el contexto histórico y cultural del brasileño, que era bastante más jodido. La segunda lectura cree que sólo lo conseguido por Pelé en los terrenos de juego ya tiene un valor enorme para el pueblo afrobrasileño. ‘O Rei‘, que jamás renegó de sus raíces, enseñó al país  y al mundo la imagen de un preto trabajador, talentoso y exitoso que podía ser el mejor en lo suyo.

El cronista Mario Filho describía que sobre el terreno de juego Pelé era un preto muy orgulloso de serlo: “Realmente los negros del fútbol procuraban, a medida que ascendían, ser menos negros. Mandando alisar los cabellos, haciéndose operaciones plásticas, huyendo del color. De ahí la importancia de Pelé, el rey del fútbol, que insiste en ser negro. No para ofender a nadie, sino para exaltar a su madre, padre, abuela, tío… La pobre familia de negros que lo preparó para la gloria. Ningún negro en el mundo ha contribuido más a romper barreras raciales que Pelé. Quien le aplaude, está aplaudiendo un negro”.


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