El terrible árbitro rumano Igna pita el final y corre por la banda para agarrar la pelota. El entrenador holandés Rinus Michels salta de su banquillo, eleva ambos brazos y abraza a un asistente… y ese es el fin de las celebraciones de Michels. Diez segundos después, su rostro vuelve a ser impasible de nuevo. A medida que camina por las gradas se muerde el labio, sólo para asegurarse de que no muestra ninguna emoción humana. Ofrece una pequeña media ola para los exultantes seguidores holandeses, con sus irónicos sombreros de las rastas de Gullit y sus menos irónicos mostachos ochenteros.

Es 21 de junio de 1988, y Holanda acaba de derrotar a Alemania Occidental en las semifinales de la Eurocopa en Hamburgo. 25 años más tarde, éste sigue siendo el pico emocional de la historia del fútbol Oranje, el partido en el que los holandeses piensan cuando quieren animarse, incluso aún mejor que la victoria sobre la Unión Soviética en la final cuatro días más tarde. Mirando la retransmisión de la televisión holandesa de aquel partido, sus recuerdos de esa noche -y de los sentimientos anti-alemanes de la época- vuelven rápidamente.

En el mismo momento en que Igna sopla su silbato, los habitantes de los Países Bajos salen de sus casas. El fútbol provoca la mayor concentración pública en Holanda desde la liberación de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. También hay celebraciones en el hogar de los Kuper, al norte de Londres. En 1986, nos habíamos mudado a Londres desde la pequeña localidad holandesa de Leiden. En 1988, yo tenía 18 años. El partido fue un martes, en la última semana de exámenes de mi escuela secundaria. Carecía de demasiado tiempo para ver el partido, porque me estaba jugando mi futuro, pero todos nos juntamos en el sofá. Cuando mi madre dijo que Erwin Koeman era un chico muy guapo, yo resplandecí de orgullo, como si sus nueve años de alienación como expatriada en los Países Bajos hubieran valido de repente la pena. En nuestra familia británico-sudafricana, yo era el único holandés espiritural.

En la televisión holandesa, Ruud Gullit está levantando a Michels sobre sus hombros. Normalmente, se supone que ese gesto ha de ser colectivo, pero aunque Gullit no ha mostrado su mejor nivel durante este mes, a sus 25 años está todavía tan fuerte como todo el equipo.

Olaf Thon se sienta en el suelo y simbólicamente se quita las botas: no quiere saber nada más del fútbol. Por lo menos es lo suficientemente deportivo como para intercambiar su camiseta con un victorioso Ronald Koeman. Mientras tanto, Lothar Matthäus ha entrado en un debate con Igna. El capitán de Alemania Occidental gesticula, y el comentarista de televisión holandés Evert ten Napel lo pone en su lugar: “¡vete a jugar al parque!”

La televisión holandesa muestra el gol de la victoria conseguido por Van Basten por última vez. 25 años más tarde te das cuenta de lo afortunado que fue. Suavemente, la bola rueda bajo el brazo extendido del alemán Eike Immel: desde luego, no fue la mejor acción en la historia de los porteros. Pero Van Basten no está prepocupado por eso. Tampoco de la sangre en su cara (al parecer, un recuerdo de su marcador, Jürgen Kohler). El delantero holandés trota junto a sus compañeros hacia el córner para festejar con los seguidores. En ese momento, ante la fragilidad de sus piernas de supermodelo, entiendes por qué su carrera terminaría sólo cuatro temporadas más tarde, con apenas 27 años.

De hecho, la mayoría de los jugadores holandeses, con las camisetas quitadas durante la celebración, parecen adolescentes flacuchos en comparación con las estrellas de la actualidad. Incluso el lateral derecho holandés Berry van Aerle, famoso entonces por su poderío, casi no está fibrado. Probablemente, ganaría masa muscular en su segunda carrera… como cartero. Los alemanes, también sin camisetas, parecen un poco más pesados.

“Holanda se va a Múnich de nuevo, y jugará una final otra vez”, proclama entusiasmado Ten Napel en televisión. No es necesario que él recuerde a los espectadores a ué otra final se refiere. “¡Qué bien ha jugado el equipo holandés esta noche”, se regodea. “Madre mía, qué fiesta del fútbol”. Y concluye: “la selección holandesa completó un partido fantástico aquí en Hamburgo, y se toma la revancha de la derrota”. Ten Napel se está refiriendo a la derrota del Mundial de 1974, aunque muchos espectadores holandeses esa noche pensarán primero en la ocupación de 1940.

Viendo las imágenes hoy, sabemos que aquella escena supuso un espejismo. En pocas ocasiones se ve ahora a unos futbolistas holandeses celebrando algo. Entre 1970 y 1995, los Países Bajos acumularon seis Copas de Europa, así como aquella Eurocopa, pero los aficionados holandeses menores de 23 no han experimentado ningún triunfo mayor que la victoria del Feyenoord en la Copa de la UEFA de 2002.

En la televisión, los jugadores holandeses en el Volkspark de Hamburgo festejan con el pecho descubierto (con laexcepción de Ronald Koeman, que por alguna razón luce la camiseta alemana de Olaf Thon) y sin embargo, sus celebraciones son considerablemente menos sexuales que las que estamos acostumbrados a ver hoy en día. Los jugadores de 1988 no se amontonan en una piña como en una película porno gay, y no parecen besarse, sólo se abrazan. Los alemanes también se comportan masculinamente, como un auténtico equipo del norte de la Europa pre-metrosexual chapada a la antigua. Apenas hay lágrimas a la vista; sólo miran un poco aturdidos en la distancia. La mitad de ellos se proclamarían campeones del mundo dos años más tarde, de todos modos. Thon y Pierre Littbarski abandonan la cancha juntos, entregados a un análisis del partido. Después de una observación de Thon, Littbarski le mira directamente a los ojos.

De 1954 a 1996, Alemania supuso el “Darth Vader del fútbol europeo”, según el escritor David Winner”

En mi memoria los jugadores alemanes eran más feos que los holandeses, pero cuando ves el rocoso aspecto de los Borowka o Matthäus, y los bigotes cepillo-de-dientes que lucían varios holandeses, comienzas a dudar. Gullit en particular ha ganado atractivo con el transcurso de los años.

Las cámaras de TV no lo registran todo. Se pierden a Ronald Koeman, quien se está divirtiendo al lado de una de las porterías. Se ha quitado la camiseta de Thon, y la mueve hacia adelante y hacia atrás entre sus piernas: el famoso gesto del que se jactaría durante años.Tipos terribles, aquellos alemanes, verdaderos nazis. No es extraño que un grupo de seguidores holandeses trepen por la valla de seguridad y hagan gestos provocativos con la mano a los hinchas germanos. Auténticos soldados de Orange, aquellos chavales, justo como cuando luchamos en la Segunda Guerra Mundial. O, parafraseando el viejo chiste sobre Holanda: después de la liberación de 1945, el país entero se unió a la Resistencia.

Esto es 1988, y los germanos todavía hacen sus apariciones públicas en alemán más que en inglés. El vídeomarcador agradece a los espectadores su visita y les desea un viaje feliz a casa. Los seguidores holandeses seguro que le harán caso. Probablemente va a ser una noche larga, caliente, aquí en la ciudad portuaría del Elba”, prevé Ten Napel por televisión, emocionado. Menciona a “ocho o diez mil” seguidores holandeses, pero por la tele parecen muchos más. Como este no era un partido especial para los alemanes -no podrían mantener una rivalidad con cada país que invadieron- muchos seguidores holandeses compraron entradas en la reventa. Además, en 1988, la liberal Hamburgo no es exactamente un semillero de nacionalismo alemán. En las palabras del delantero alemán Frank Mill: “Hubiera sido mejor haber jugado el partido en Alemania”.

La TV holandesa está a punto de cambiar de programa. Recibimos una toma lejana del triste Volkspark con su pista de atletismo. Luego, en el estudio de nuevo en los Países Bajos, un presentador absurdamente joven (que hoy en día sería un presentador de mediana edad) aparece en la pantalla. Antes de decir nada, resopla y luego se echa a reír.

Pero en Hamburgo la noche aún es joven. Van Basten, quien en su momento de gloria se atreve a fumar un cigarrillo en público, bromea con los periodistas holandeses: “Kohler, ¿que fue eso?” Todo el mundo lanza una carcajada. Qué ingeniosos son los jugadores holandeses -pensamos entonces-, no como los alemanes, sin sentido del humor.

Uno de los temas de la improvisada fiesta holandesa esa noche fue que todos los ciudadanos, desde el primer ministro a los jugadores o los espectadores en casa, fueron iguales. No hicimos jerarquías como los alemanes. Los jugadores holandeses bailaron la conga y cantaron como si fuesen hinchas. Más tarde, en el Hotel Intercontinental de Hamburgo, el joven príncipe Johan-Friso se unió a los jugadores para vocear la irónica “¿puedes oír a los alemanes cantar?” (hoy Johan-Friso yace en un hospital de Londres después de un acccidente de esquí, en un coma del que probablemente nunca se despertará).

Otro detalle no fue mostrado por la tele holandesa: en el autobús de Holanda, fuera del estadio, el centrocampista Aron Winter se está comportando como un seguidor adolescente y borracho. El suplente -no jugó ni un minuto durante todo el torneo- se apoya en la puerta abierta del vehículo, y mientras Matthäus da una entrevista a unos pocos metros, Winter le grita en un alemán escolar:“¡Lothar! ¡Has perdido, Lothar! ¡Una pena, Lothar!”. Otros jugadores holandeses lo encuentran hilarante. Pero entonces, de repente, aparece el técnico germano, Franz Beckenbauer. Sube a bordo del autobús holandés, choca la mano de todos los jugadores y les felicita personalmente. Semejante demostración de civilización hace callar incluso a Winter.

UNA CELEBRACIÓN EN LONDRES Y UNA FINAL EN MÚNICH

Cuando Michels aparece en la sala de prensa, la prensa europea en pleno le ovaciona de pie. Resulta que Holanda no sólo había enterrado su propio trauma alemán; al parecer el continente entero tenía el mismo trauma. Todo el mundo quería, por encima de todas las cosas, batir a Alemania. El período entre 1954 y 1996 representó la era alemana en la Europa futbolística y económica. El escritor británico David Winner dice que, en esos años, Alemania suponía el “Darth Vader de fútbol europeo”, el villano a quien todo el mundo quería derrotar. Hamburgo’88 fue uno de los pocos partidos importantes que Alemanía perdió contra un rival europeo en esas décadas. Por una vez, Dios había derrotado al Demonio. Aquella noche resonaría mucho más allá de las fronteras de los Países Bajos.

Pero en Muswell Hill, en Londres, apenas un seguidor corrió por las calles para celebrar esa noche. Yo necesitaba la victoria. Al llegar a Londres, dos años antes, había descubierto que a nadie le importaba el país en el que había pasado la mayor parte de mi niñez. Un pedazo grande de mi vida parecía saltar por la borda: tenía amigos en los Países Bajos, pero no en Londres. ¡Y justo entonces me llegó la prueba oficial de que Holanda era el mejor país sobre la tierra!

Allí estaba yo, solo en una calle vacía de un suburbio de Londres, agarrado a mi botella de Heineken. En los Países Bajos, millones de personas estaban como yo. Pero en Muswell Hill, los chipriotas e indios locales estaban sentados en el sofá de casa, mirando cualquier cosa por televisión. ¿Dónde podría llevar mis emociones y mi Heineken? Por supuesto: a casa de mis vecinos alemanes.

Vivíamos en el número 16 y Stig y Alice, en el 18. Stig era historiador. Le gustaba el fútbol, aunque curiosamente no apoyaba a Alemania. ¿Habría mirado el partido? Durante varios segundos presioné el timbre del número 18. Stig me felicitó por la victoria holandesa, lo que me pareció un poco irritante. Y entonces me invitó a tomar una cerveza. Encima…

Arriba, Alice también estaba feliz por mí. “Holanda ha sido mejor”, afirmó Stig. “Su penalti no era penalti, pero el nuestro tampoco lo era”, apuntó.“Y los jugadores alemanes eran mucho más feos”, resumió Alice. Le preguntamos, como experta, cuál había sido el jugador más guapo. “Rijkaard”, respondió Alice. “Era el que parecía más humano”.

Me quedé bebiendo durante otra hora. En parte, porque yo tenía un interés desbordado por lo germano. Después del verano, iría a la universidad para estudiar alemán e historia. Había escogido ese idioma porque apenas hablaba una palabra de francés (hoy vivo en París), y porque en 1988 cualquier idiota podía intuir que Alemania Occidental se convertiría en una superpotencia global. En mi generación, el conocimiento del alemán sería mucho más útil que el del inglés. La caída del Muro de Berlín, sólo un año más tarde, ratificó esa idea.

En aquel tiempo, yo traducía noticias de fútbol de la prensa holandesa para World Soccer. Nunca me había encontrado con el editor, y él no sabía que yo era un adolescente que escribía los artículos en el dormitorio. Pero esa noche, ya tarde, lo localizé en su habitación de hotel en Alemania. ¿Me podría conseguir una entrada para la final del sábado?

Al día siguiente me llamó. Tenía la entrada. Mis exámenes finales eran el viernes, y mis padres accedieron a pagarme el billete de avión hasta Múnich como regalo de fin de curso. Poco después del aterrizaje, me multaron con 40 marcos en el autobús, y acabé durmiendo dos noches sin dinero en la estación de tren… pero esa es otra historia. El hecho es que participé en la invasión simbólica holandesa de Alemania Federal. Horas antes del pitido inicial, yo estaba sentado en las gradas del Olympiastadion, cuando un espectador alemán de cabellos plateados me dio un toque en el hombro. ¿”Eres holandés?”, me preguntó. Esa era una buena pregunta. “Ja”. Contesté. “Entonces te quiero felicitar por vuestro brillante equipo”, me espetó. ¿Pero es que esta gente, los alemanes, no me iban a dejar simplemente odiarles?

En septiembre de 1990 me trasladé a Berlín para estudiar en la Universidad Técnica. Unos días más tarde, durante la tarde del 3 de octubre, vagué solo por la Unter den Linden para ser testigo del nacimiento de una nueva Alemania. Ya eran campeones mundiales y, como Beckenbauer había dicho, cuando los del Este se unieran serían invencibles. La Unter den Linden estaba llena esa noche, pero aparte de unos pocos ciudadanos orientales abriendo champagne, la mayoría de la gente vagaba alrededor, también silenciosamente. Como yo, parecían solamente mirar. Andando por el bulevar más pomposo de un Imperio durante la noche de su mayor gloria, casi no te das cuenta que ese es el momento en el que el imperio empieza a derruirse.

UNA CHARLA EN DORTMUND Y UNA DESPEDIDA EN ÁMSTERDAM

Me hice un verdadero periodista de fútbol, de esa clase que a veces va a entrevistar a gente. En 1998 viajé a Dortmund a entrevistar Jürgen Kohler sobre sus duelos con Van Basten. Fue en una fría mañana de martes, y el equipo se entrenaba delante de 17 espectadores: dos jugadores de pie en una pequeña portería, uno de ellos lanzaba una pelota al aire y un tercero trataba de cabezar sobre el marco. A Kohler le gustaba. “¡Ja!”, aclamó tras marcar.

Ámsterdam aplaudió a Matthäus en su despedida y ese fue el peor insulto: Alemania ya no atemorizaba

Thomas Hässler -otro villano del 88– estaba allí también. Cuando otros jugadores entraron para ducharse, Hässler y Kohler se quedaron para hacer juegos malabares juntos. Cuando Kohler lograba mantener la pelota sobre su talón, comenzaba a silbar triunfalmente, aunque no creo que esto impresionara a Hässler. Más tarde Kohler y yo nos sentamos. Él raramente concedía entrevistas, porque no le gustaba el alboroto, pero cuando el jefe de prensa del Borussia de Dortmund le dijo que un periodista de Holanda quería preguntarle sobre Van Basten, Kohler no lo dudó. “Jürgen Kohler respeta a Marco Basten por encima de todo”, comenzaba el fax que me llegó del jefe de prensa.

Y Kohler me explicó: “Hay una bonita historia más, que no olvidaré en toda mi vida, y pienso que demuestra que durante aquellos años él me respetó como jugador. Era un Milan-Juventus, Marco se acercó a mí y preguntó si nos podríamos intercambiar las camisetas”. Esperé el remate de la historia, pero no había mucho más que contar. “Que él hiciera eso fue el mayor reconocimiento para mí”, concluyó Kohler. Él todavía tenía la elástica Oranje de Marco en casa. Me di cuenta de que Kohler en 1988 aún no se había considerado como un miembro de las fuerzas de Mal luchando contra las fuerzas del Bien. De hecho, él no parecía un tipo tan malo.

El año 2000 fui uno de los siete periodistas invitados a una entrevista de despedida con Lothar Matthäus. Por entonces, Matthäus tenía casi 40 años, y parecía envejecido, como la propia Alemania. Los holandeses hacía tiempo que habían dejado de preocuparse por los germanos.Y en parte se debía a las nuevas tesis historiográficas: aunque los nazis habían sido muy malos durante la guerra, los holandeses tampoco habían sido santos. “Gris y cobarde”, apuntaba el nuevo consenso sobre la actitud local durante la ocupación.

Matthäus estaba en Ámsterdam para disputar su último Holanda-Alemania, un amistoso. Un periodista local le inquirió por qué los Países Bajos le odiaban. “Deberías preguntarles a los holandeses”, replicó Matthäus, “porque para mí es un misterio”. Entonces apunté: “Es porque para los holandeses, tú eres Alemania. Tú eres el equipo. Tú eres la nación”. Con ello quería decir un montón: camiseta blanca con el águila prusiana, piscinazos para provocar faltas, trabajo duro, victorias sin estética. Para los holandeses, Matthäus reunía todo lo que odiaban de los alemanes. Aquella tarde comprendí que él no se contemplaba como líder de las fuerzas del Mal. Ni siquiera como líder de Alemania. “Es un honor representar a un país en el que tanta gente juega al fútbol. Pero no siento más que eso”, me soltó. Supongo que los alemanes de 1961 no practican el nacionalismo.

Durante horas, Matthäus respondió cada una de nuestras dudas. Al final proclamó: “¿Sabéis? Vamos con otra ronda de preguntas”. Habíamos penetrado en el alma de Matthaus. (Conclusión: en su fuero interno, es un lector del Bild). Llegó el momento de despedirse: a mí me desarmó con un abrazo e insistió en que le visitara en Nueva York, donde iba a jugar con los Metrostars.

La noche siguiente, Holanda se enfrentó a Alemania. Era el partido 144 de Matthäus, un récord mundial (a no ser que incluyas a ciertos países africanos que la FIFA no contabiliza). Antes del pitido inicial, a Lothar le colocaron delante de un ramo de flores gigante, del que salió el capitán holandés Edgar Davids. Matthäus se sorprendió, quizás al descubrir que el socialmente disfuncional Davids había llegado a la capitanía. O quizás porque cuando saludó a las gradas, descubrió que los aficionados holandeses le aplaudían. Ese fue el mayor insulto: los holandeses habían aceptado a los viejos germanos porque ya no les inspiraban temor. Alemania había dejado de ganar torneos, y ya no era la Darth Vader del fútbol europeo. Nunca viviremos un Holanda-Alemania tan cargado emocionalmente como aquel de 1988. De hecho, a no ser que Holanda sea ocupada por otro país pronto, dudo que volvamos a vivir nunca un partido de fútbol tan eléctrico como aquel.