“Llegué a tocarla y creí que la había desviado al saque de esquina, pero escuché el silencio del estadio y me tuve que armar de valor para mirar hacia atrás. Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro del arco, un frío paralizante recorrió todo mi cuerpo y sentí de inmediato la mirada de todo el estadio sobre mí.”

(Moacir Barbosa, sobre el gol de Alcides Ghiggia que decidió el Mundial de 1950)

El de Brasil ‘50, fue el primer y único Mundial en el que no se disputó una final. A diferencia de las últimas dos ediciones -Italia ’34 y Francia ’38-, que se jugaron a eliminación directa, la FIFA permitió a los anfitriones que el formato del torneo fuera con una fase de cuatro grupos, en la que solo clasificaba el primero de cada uno de ellos. El campeón se decidía a través de una fase final entre los cuatro finalistas. Todos jugaban contra todos y los puntos decretarían quien se llevaba la Copa del Mundo.

Brasil, España, Uruguay y la inesperada Suecia disputaron una fase final en la que los anfitriones partían como claros favoritos. Y sus partidos ante los rivales europeos demostraron que esa etiqueta no se les quedaba grande, sino todo lo contrario, era obvia y merecida. Primero, un 7-1 a Suecia y en el siguiente encuentro, otra goleada de escándalo, 6-1 a España. Uruguay, que había sufrido para ganar a los suecos 3-2 y solo pudo sacar un empate a dos goles en el partido ante los españoles, parecía la última víctima de los ‘cariocas’. A los charrúas solo les valía la victoria, que se presentaba casi utópica ante el juego que habían desplegado los brasileños a lo largo de la cita mundialista. Brasil hasta se podía permitir un empate, ni necesitaba ganar ese último encuentro, que pasó a ser como una final.

Era 16 de julio de 1950. El Maracaná presentaba un lleno hasta la bandera. 173.850 personas estaban dispuestas a ver el duelo decisivo, el aforo más grande que haya presenciado nunca un estadio en un evento deportivo. Todos ellos con un mismo pensamiento: Brasil ganaría su primer Mundial. No había discusión. Las autoridades, los periodistas, los aficionados, los futbolistas e, incluso, los mismos uruguayos eran conscientes de que ese día estaba reservado para los brasileños. La celebración ya estaba preparada para que, al término de los 90 minutos, el país entero saliera a las calles para disfrutar del primer éxito de su selección. Cuando el silbato del colegiado inglés George Reacher sonara para dar por acabado el partido, ya se había planeado un pasillo triunfal para honrar a los campeones y una banda musical tocaría el himno nacional antes de que Jules Rimet le entregara el trofeo al capitán Augusto da Costa, para que éste lo alzase ante la mirada expectante de todo el país. Tan convencidos estaban de la victoria, que ni tenían las partituras del himno uruguayo en el caso de que se consumara la debacle. Ni tampoco tenían en cuenta que antes de celebrar, debían jugar.

Antes del partido, los vestuarios eran dos polos opuestos. Los locales, con la moral por las nubes y con casi doscientas mil personas de su lado. En cambio, los celestes se veían solos ante el peligro, cual gladiador antes de entrar en la arena del Coliseo romano, con el pánico de que el buen juego de Brasil pasara por encima de ellos sin compasión. Todos temían ese partido excepto el líder del grupo, Obdulio Varela, que se encargó de que sus compañeros olvidasen sus miedos y que se dejasen hasta el último aliento para que la copa se fuera a su país. Y sus camaradas respondieron de la mejor manera. Aguantaron sin cesar cada uno de los ataques, la presión asfixiante y el dominio del juego de los brasileños, que por aquel entonces aún no vestían la verdeamarelha, sino que era el blanco el color que les representaba. Con 0-0 se llegó al descanso, gracias a la férrea defensa charrúa y a un inspiradísimo Roque Máspoli, que puso el cerrojo entre sus tres palos y desbarató cada intento de los locales por ponerse por delante.

 

El villano, que vestía de portero, cargaría con esa tragedia durante el resto de sus días, despreciado por una gente que pasó de aplaudir sus paradas a ningunear todo lo que hizo por su selección

 

El esfuerzo de Uruguay en el primer tiempo lo derrumbaron los brasileños al reanudarse el encuentro. Solo dos minutos tuvieron que pasar para que Albino Friaça pusiera el 1-0 con un disparo ajustado tras internarse por el flanco diestro del ataque ‘carioca’. Todo se ponía de cara para Brasil, que ya acariciaba el título con la yema de los dedos, sabedores los jugadores y los hinchas de que incluso el empate les hacía campeones. Pero los uruguayos no habían dicho sus últimas palabras y supieron manejarse en territorio enemigo, en parte, gracias a Alcides Ghiggia, que se echó al equipo a las espaldas. Mediado el segundo tiempo, una internada suya por la banda servía el gol del empate a Juan Alberto Schiaffino. Y a falta de diez minutos, en otra de sus jugadas cerca de la cal, volvió a zafarse de Bigode como en la acción del 1-1. Un nuevo centro se veía venir, los defensas se prepararon para rechazar el balón y el portero brasileño, Moacir Barbosa, adelantó su posición levemente. Ghiggia sorprendió a todos con un chut ajustado al poste y Maracaná enmudeció. Las lágrimas de aficionados y futbolistas inundaron el escenario ante la catástrofe, Uruguay se hacía con su segunda Copa del Mundo y truncaba las ilusiones de un país entero.

Esa derrota mató a Brasil, que señaló injustamente a Moacir Barbosa como único culpable de aquel partido. Uno de los mejores porteros que ha dado el fútbol brasileño veía como toda la nación se volcaba en su contra. De nada sirvieron sus paradas para llegar a la final; tampoco valía su actuación en la Copa América de 1949, que fue providencial para que Brasil sumara su tercer título continental; olvidados quedaban sus mejores años en el Vasco de Gama, aquel mítico equipo que se llevó el Campeonato Carioca en cuatro ocasiones entre 1945 y 1950 y una Copa Sudamericana de clubes en 1948. Todas esas imágenes quedaron borradas de la retina de los aficionados por esa maldita jugada.

Esa noche de julio dejó un héroe y un villano para la historia del fútbol. El héroe, Alcides Ghiggia, recordaría años más tarde lo que supuso ese tanto para sus vecinos brasileños: “Sólo tres personas han conseguido silenciar Maracaná: El Papa, Frank Sinatra y yo”. El villano, que vestía de portero, cargaría con esa tragedia durante el resto de sus días, despreciado por una gente que pasó de aplaudir sus paradas, a ningunear todo lo que hizo por su selección nacional. A partir de esa tragedia, ya nada volvería a ser lo mismo para Moacir, que se despidió de las porterías en 1962, después de blocar los últimos disparos en Capo Grande, un club de menor categoría. Ya lejos del césped, el arquero trabajó como funcionario de la Superintendencia de Deportes de Río de Janeiro. Pero el gol de Ghiggia seguía atormentándole allá por donde iba.

“Mira hijo, ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”, le dijo una madre a su hijo en los ’70 al ver a Moacir Barbosa en un supermercado. Una frase que se le clavó como una estaca al exguardameta de la selección ‘carioca’. Aunque uno de los momentos más difíciles lo vivió en 1993. La verdeamarelha se disponía a jugar un partido preparatorio para el Mundial de Estados Unidos y creyó que era una buena oportunidad para mostrar su apoyo a los futbolistas que vestían la misma camiseta que él lució cuarenta años atrás. La ocasión bien lo merecía. Pero al llegar a la concentración, Mário Zagallo, ayudante del seleccionador Carlos Alberto Parreira, le negó la entrada a los vestuarios al considerar que podía gafar a los jugadores antes del vital encuentro. Se le cerró la puerta como si se tratase de un absoluto desconocido.

64 años y 16 Mundiales después, el destino decidió que Brasil volviera a vivir una situación pareja. Del Maracaná al Mineirao. De unos uruguayos que arrebataron los sueños de millones de brasileños, a unos alemanes que queriendo, o sin querer, repitieron la misma hazaña. De un inesperado 1-2, a un humillante y bochornoso 1-7. La diferencia es que en 2014 no hubo un solo culpable de la derrota, esa vez lo fueron todos. “En Brasil, la pena máxima por un crimen es de treinta años de cárcel. Hace casi cincuenta años que yo pago por un crimen que no cometí”, se repetía día a día Moacir Barbosa hasta el 7 de abril del 2000, cuando dejó este mundo alejado de los focos, únicamente recordado por aquel gol de Alcides Ghiggia que privó a Brasil de llevarse su primer Mundial.