Josep Guardiola i Sala supo que había ganado la Premier League parado en un atasco en la autopista. Volvía de jugar al golf y de tomarse una cerveza con el golfista profesional Tommy Fleetwoord cuando su hijo, que iba con él en el coche, le informó con el móvil en la mano que Jay Rodríguez había metido gol en Old Trafford. Ese tanto del delantero del West Bromwich en la 34ª jornada del campeonato, que no conseguirían remontar los futbolistas del Manchester United, acabaría confirmando al City como campeón de una liga que ya estaba sentenciada desde hacía varias semanas. Y el técnico recibió la noticia atrapado entre cientos de automóviles. Por si fuera poco, estaba diluviando.

“La vida, la vida…”, que diría Pol Ballús, en una de esas frases suyas que algún día encontraremos en Google grabada sobre un fondo negro. El periodista de Roda de Ter ha coescrito junto al reportero Lu Martín Cuaderno de Mánchester. De cómo y con quién Pep Guardiola conquistó Inglaterra. A estas alturas, después de más de dos años trabajando para el City, nadie discute que el entrenador y su círculo han renovado el paisaje de la Premier. Pero el encanto que posee este libro de bordes azules publicado por Malpaso es que ayuda a entender de qué manera lo han logrado.

Los tiempos están cambiando en las Islas. No solo en el terreno político. También en el césped. Mikel Arteta, segundo de Guardiola esta temporada, les cuenta a Lu y a Pol una anécdota que se remonta al primer entrenamiento de Pep en su nuevo club y que sirve para establecer el punto de partida de esa transformación. “El primer día puso a los 22 en el campo y les dijo: ‘El Manchester City hará esto cuando tenga la pelota y esto cuando no la tenga’”. La charla no se alargó demasiado, duró un cuarto de hora. Pero fue lo suficientemente precisa para que los futbolistas comprendieran lo que se les venía encima. Luego insistió, puso vídeos, habló mucho…”, recuerda Arteta, “pero no había vuelta atrás: sabíamos cómo iba a ser el Manchester City de Pep Guardiola. Y apenas llevaba 15 minutos con ellos”.

 

El City, que en los últimos años carecía de referentes románticos, exhibe hoy a Pep y a los suyos como parte de su patrimonio sentimental

 

Pep es un entrenador que cree en su método. Lo saben bien los que le rodean desde hace años, un pequeño grupo compuesto por preparadores, analistas, familiares y amigos que, según dicen, tienen gran parte de culpa de que al de Santpedor le haya ido tan bien en los banquillos. Nadie le conoce mejor que ellos. Disfrutan de sus éxitos. Se dejan contagiar por su pasión. Procuran no molestarle cuando se pasea descalzo por sus despacho escuchando a Oasis, Manel o Carla Bruni. Padecen sus obsesiones cuando hay un detalle que no encaja (hay una frase preciosa de Lorenzo Buenaventura, uno de sus ayudantes: “es como el músico que compone una ópera: lo aplauden media hora en el Albert Hall y él sigue pensando que al final del segundo acto la ha cagado”). Lo arropan en los momentos duros. Y, sobre todo, confían en él. Como se cuenta en el libro, Ferran Soriano y Txiki Begiristain vieron claro que había que entregarle las llaves del Etihad Stadium meses antes de que se produjera el anuncio de su llegada. Mientras preparaban su desembarco, secretamente, solo se referían a él como ‘el Alemán’.

No les salió mal la jugada. En su segunda temporada, el equipo levantó la liga batiendo varios récords, entre ellos el de máxima puntuación. Aunque su éxito todavía fue un poco más allá. En Inglaterra Guardiola ha logrado avivar la discusión futbolística. Es un proceso ya conocido por germanos y españoles: se eleva el tono, se encaran los bandos, aparecen las trincheras, las filias y las fobias. Pero siempre con el juego en el centro del debate. A Pep lo aman o lo odian; su triunfo radica en que todos empiezan a hacerlo por lo que representa en el campo, no fuera de él.

Esa obsesión por el juego se refleja en los propios futbolistas. Pol y Lu le arrancan a Domènec Torrent, mano derecha del entrenador hasta el curso pasado, otra confesión. En este caso con Vicent Kompany como protagonista. Al capitán del Manchester City, como a muchos de sus compañeros, la llegada del nuevo técnico le ha multiplicado la inquietud por la táctica. “Le interesa mucho todo lo que pasa en el fútbol. Conmigo habla mucho. Nos encontramos en la sauna y estamos tanto rato charlando que acabo ahogándome”, explica ‘Dome’.

Una conversión que también se traslada a la grada. Lo que al principio eran dudas entre los aficionados, el tiempo y los encuentros lo convirtieron en orgullosas reivindicaciones de estilo. Un giro que empezó a gestarse en la figura del guardameta, a la que Pep exige desde sus inicios que combine con los pies. “Cuando Bravo llegó, el murmullo era porque no se deshacía de la pelota”, escriben los periodistas. Y rematan: “Ahora aplauden a Ederson si sale a jugar como lateral”.

El City, una entidad que en los últimos años carecía de referentes románticos, exhibe hoy a Pep y a los suyos como parte de su patrimonio sentimental. El 20 de agosto de 2016, en la visita del equipo al campo del Stoke City, se originó un cántico que acabaría convirtiéndose en un lema. A falta de diez minutos para que acabara el choque, los seguidores ‘citizens’ desplazados al estadio, con el resultado ya encarrilado a su favor, se pusieron a entonar una estrofa de la canción Glad All Over, de los Dave Clark Five. Sonaba así:

 

Say that you need me
All of the time
Say that you love me
You’ll always be mine
Because we’ve got Guardiola
We’ve got Guardiola

 

Y de esta forma, We’ve got Guardiola, podría haberse titulado también ‘Cuaderno de Mánchester’, que es la historia de la construcción de una nueva identidad.