16 de mayo y 30 de junio de 2001 son fechas grabadas a fuego lento en el corazón de dos aficiones que, después de 16 largos años de espera alejados de los éxitos, podrían quedar bien diluidas con una victoria en el Estadio de Mendizorroza. Alavés y Celta no sólo se jugarán un billete para la final de la Copa del Rey, combatirán por dejar en el olvido las dos últimas finales que disputaron y por llevarse el primer título de la historia de sus respectivas entidades a las vitrinas. Estos tres lustros han dejado no pocas tristezas para vitorianos y vigueses. Descensos, vaivenes de entrenadores, lágrimas e, incluso, un concurso de acreedores tras la pésima gestión del ucraniano Dmitry Piterman han sobrevolado Balaídos y Mendizorroza durante el inicio del nuevo siglo. Después de arrancar el milenio con las páginas más gloriosas de su historia, sus éxitos se apagaron fugazmente para caer pronto en el olvido.

Eran tiempos opuestos a los que hoy vivimos en el fútbol español. El duopolio de Real Madrid y Barcelona aún no estaba, ni por asomo se le esperaba. Coincidiendo con la irrupción de un desconocido Florentino Pérez y sus ‘galácticos’, los azulgrana iniciaban una odisea de años sin títulos y una grave crisis deportiva antes de que la sonrisa de Ronaldinho se instalase en el Camp Nou. Las ligas de noventa y tantos puntos eran pura utopía y los Valencia o Deportivo de la época no tenían nada que envidiar a los dos gigantes de nuestro fútbol, hasta el punto de competirles ligas (y ganárselas). Mientras, el Celta de Vigo asomaba su cabeza sigilosamente por las competiciones internacionales, tras la sombra de aquel ‘Súper Dépor’ que acaparaba todos los focos en tierras gallegas. Con Javier Irureta, primero, y bajo los mandos de Víctor Fernández, más tarde, el equipo celeste llevaba ya tres años consecutivos clasificándose para la extinta Copa de la UEFA. Balaídos disfrutaba de Mostovoi, de Mazinho y de Karpin a la vez que Vitoria volvía situarse en el mapa balompédico con el retorno del Alavés liderado por José Manuel Esnal ‘Mané’ a la máxima categoría después de 40 años de ausencia. Y, sin conformarse con el ascenso, tras una temporada luchando por la permanencia, pronto acompañaría al Celta cabalgando a sus anchas por algunos de los más míticos estadios del Viejo Continente.

 

El Celta y el Alavés quieren que llegue el momento de recordar que la última final que disputaron sus respectivos clubes fue en 2017

 

La temporada 2000/01 supondría un antes y después para la historia de los vascos y, en cierta medida, también marcó el camino del Celta para los años venideros. Clasificados ambos para la Copa de la UEFA —los gallegos entraron a través de la Intertoto—, demostraron ser especialistas en competiciones de eliminación directa. Sin importarles rival, estadio ni circunstancia, dominaron ese juego psicológico de local-visitante a la perfección. La Copa del Rey de ese curso tuvo como gran protagonista al Celta y en la UEFA, pese a que los celestes también rindieron, fue un Alavés intratable el que acrecentaba su leyenda a medida que avanzaba por la competición con una soltura y superioridad dignas de equipo grande.

Víctor Fernández supo agrupar el choque de estilos y nacionalidades que se reunían en el vestuario de Balaídos, para formar un equipo de estilo alegre y siempre ofensivo que aupó al club hasta los primeros puestos de la Liga durante sus cuatro años en el banquillo. La competitividad argentina de Berizzo, Cavallero, Fernando Cáceres y Gustavo López compaginaba a la perfección con el ‘jogo bonito’ de los Catanha, Edú y Giovanella. A ellos, se les juntaba la creatividad y la magia venida del Este representada por Karpin y Mostovoi. Un cóctel de carácteres que congenió a las mil maravillas en la Copa del Rey. En diciembre, Mensajero y Compostela fueron las víctimas en las primeras rondas, y el Leganés pronto les seguiría después de caer por 1-2 en Butarque y rozar la remontada en Balaídos. En cuartos, el Mallorca de Luis Aragonés perdió 3-1 en la ida y un 2-1 en Son Moix no fue suficiente para igualar la eliminatoria. Entrado el mes de febrero, la Copa se permitía un parón hasta junio con el retorno de las competiciones europeas al calendario y el Celta tenía pendiente la semifinal copera frente al Barcelona.

En las primeras rondas de la Copa de la UEFA, disputadas durante el primer tramo del curso, el Alavés de Mané ya había apeado del torneo a Gaziantepspor, Lillestrom y Rosenborg, mostrando su mejor versión lejos de Mendizorroza con tres victorias, dando por buenos los empates obtenidos en casa y el Celta tampoco se quedó atrás y eliminó a Rijeka, Estrella Roja y Shakhtar Donetsk. La seguridad de Martín Herrera y la solvencia de una defensa compuesta por Karmona, Egger y Téllez permitían que Cosmin Contra emulara al mismísimo Cafú durante esa temporada, apareciendo constantemente como un puñal por la banda diestra; y las labores de Desio, Astudillo y Tomic en la medular conectaban con facilidad con el hiperactivo e incansable Javi Moreno e Iván Alonso para destrozar las porterías rivales. Los octavos de final podían parecer el final de la travesía albiazul por Europa al cruzarse por su camino el Inter de Milán de Javier Zanetti, Álvaro Recoba y Christian Vieri, pero sin las rodillas de Ronaldo. Los de Marco Tardelli llegaban a Vitoria como claros favoritos, la historia y la plantilla les avalaba, pero en las vascongadas se encontraron con un equipo inesperadamente competitivo. El 1-0 que puso Javi Moreno pronto fue igualado y superado por los ‘nerazzurri’, que mediada la segunda parte ya habían solucionado el asunto dejando el marcador con un 1-3, pero ese Alavés, por encima de todo y de todos, lo último que se permitía era bajar los brazos y sacó un valioso empate tras los tantos de Téllez e Iván Alonso. En El Giuseppe Meazza se consumó la histórica hazaña con dos postreros goles de Jordi Cruyff y Tomic. Los cuartos de final de aquella UEFA tuvieron color español con dos enfrentamientos nacionales, un Rayo Vallecano-Alavés y un Celta-Barcelona, que aún debían medirse en Copa del Rey. Alavés y Barcelona avanzaban hacia semifinales, los vitorianos con victorias en Mendizorroza y Vallecas y los catalanes gracias al valor de los goles como visitante, ante un Celta que avisaba de lo que era capaz.

El Kaiserslautern era el próximo rival para un Alavés que estaba a punto de entrar en la historia del club. Y lo hicieron por todo lo alto, con una superioridad aplastante durante los 180 minutos de eliminatoria. Primero con un 5-1 que dejaba la final encarrilada, pero que quisieron completar con un 1-4 en Alemania. La primera final europea para el Alavés ya era una realidad y el Liverpool sería partícipe de ella tras eliminar al Barcelona con un solitario gol de penalti de McAllister en Anfield.

El Westfallenstadion de Dortmund sería el escenario de la una final que pintaba de los más desigualada a priori y el Liverpool se encargó de darle la razón a los prejuicios con los goles de Markus Babbel y Steven Gerrard cumplido el cuarto de hora de juego. Ante tal situación, Mané, que había salido con defensa de cinco, recompuso el equipo dando entrada a Iván Alonso mediado el primer tiempo. La jugada le salió redonda y el mismo uruguayo fue quien acortó distancias a los cinco minutos de ingresar en el césped, justificando que eso de los prejuicios que pronto decantó la balanza a favor de los ‘reds’ no era más que papel mojado. El Liverpool no se vino abajo y siguió en busca del gol, que llegó de nuevo antes del descanso gracias al tanto de penalti de McAllister. En el segundo tiempo el protagonismo recayó sobre Javi Moreno, primero por su goles que igualaban el marcador y, más tarde, por ser sustituido por Pablo Gómez, en un cambio que aún a día de hoy se pregunta el porqué la afición albiceleste. El partido se retorció con otro gol del Liverpool, esta vez de Robbie Fowler, pero un heroico Jordi Cruyff firmó el empate cuando los ingleses acariciaban la copa con la yema de sus dedos. En la prórroga, en los tiempos del malvado ‘gol de oro’, el caos se instaló en un Alavés fatigado por el desgaste y por la expulsión de Magno Mocelin. La tragedia se consumó tras una falta del capitán Karmona que le costó la tarjeta roja y acabó con el balón dentro de la portería después del fallido intento de despeje de Delfí Geli. El sueño de la UEFA decía adiós de la manera más dolorosa.

Después de ese fatídico 16 de mayo, el Celta volvía a acaparar los focos en su camino por la Copa del Rey. En semifinales, el último obstáculo para llegar a la final era el Barcelona post-van Gaal. Ni Rivaldo, ni Patrick Kluivert ni Guardiola pudieron superar a ese Celta, que se impuso por 3-1 en casa y firmó un provechoso empate en la Ciudad Condal. En la final tocaba medirse al Zaragoza, el mismo equipo que les había ganado en 1994 la misma Copa del Rey, casualmente con Víctor Fernández en el banquillo malo. Esta vez, el Celta partía como favorito ante los Esnaider, Vellisca, ‘Toro’ Acuña y compañía. Y Alexander Mostovoi puso un rápido 1-0 en el electrónico de La Cartuja de Sevilla cuando no se había llegado ni a los cinco minutos de encuentro. El Zaragoza reaccionó con el gol de Xavi Aguado y remontó con un penalti ejecutado por Paulo Jamelli. Yordi puso el 1-3 en el descuento de la última final que ha disputado el Celta de Vigo desde aquel lejano 30 de junio de 2001.

Con la final de la Copa del Rey en juego y un 0-0 que deja todo por decidir en Mendizorroza, el Celta del Berizzo entrenador y el Alavés de Mauricio Pellegrino quieren que llegue el momento de recordar que la última final que disputaron sus respectivos clubes fue en 2017 y no en ese fatídico 2001.