Spoiler: verás el Mundial de Qatar.

Aunque cada noticia te escandalice más. Claro que odias que el dinero se imponga, que mueran trabajadores, que no se respeten los derechos del colectivo LGTBI. El Mundial de Qatar no te gusta y cada semana te lo recuerdan con una nueva información. Te repugna y protestas. O sea, tuiteas.

Pero verás el Mundial.

Porque te gusta el fútbol gracias al Mundial. Y porque el fútbol no entiende de moral, de ética, de buenismo. Si te hicieras muchas preguntas, te pasarías a deportes más limpios. La esgrima. La hípica. El billar. Yo qué sé. Cualquier deporte que sus participantes no cobren cifras desorbitadas. Cualquier deporte que no idolatre a deudores de Hacienda. Cualquier deporte que no venere a delincuentes. Cualquier deporte que no siga siendo machista y homófobo y racista. Pero sigues fiel al fútbol.

Por eso verás el Mundial.

Porque eres experto en soportar contradicciones. Tienes la espalda anchísima. Te reservan una cita semanal con el confesionario: Ave María Purísima, veré el Mundial. A eso se refieren cuando te dicen que no te pega que te guste el fútbol. Porque el fútbol no dona sangre y lo sube a redes. No deja el asiento libre en el metro. No le da la mano a su abuelo y lo sube a stories. No duerme con la conciencia tranquila. No es políticamente correcto. La primera equipación del fútbol es de color gris y tiene costuras por todas partes. Es un renegado que te dice “a mí no me sigas que yo también estoy perdido”. Podrías ser perfecto: vegano, reciclar, hacer ejercicio todos los días, no beber, no fumar. Pero has elegido el fútbol. Podrías ser el Sankt Pauli, pero te gusta más el Nápoles.

Y verás el Mundial, claro.

Porque los cínicos sí sirven para este oficio. Lo criticas y por supuesto que no lo justificas. Pero pasas página. Te pones una venda en los ojos y palante. Además ya nada escandaliza más de 24 horas: ni una pandemia ni una guerra ni muertos en la valla. Pero eso es otro tema. El fútbol es tu padre: primero perfecto, después humano. Spiderman sin careta, Superman sin capa, Messi y las náuseas, Cristiano y los llantos. Es Tony Soprano, Tommy Shelby, Walter White. Imperfecto, sí. Un hijo de puta, sí. Pero ajá: nuestro hijo de puta.

Javier Cercas escribió hace poco que el fútbol, más que un deporte, ya es una mascarada fastidiosa. Tiene razón, sí. Pero. Y en ese pero seguimos amarrados al fútbol. Ojalá el fútbol fuera el paraíso. Un prado enorme de hierba, siempre soleado, en el que suena la canción de Heidi. Pureza por todas partes. Pero si, como dijo Julian Barnes, ni el corazón tiene forma de corazón, cómo va a tenerla el fútbol.

 


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Fotografía de Getty Images.