“Qué suerte, tienes talento para dibujar”, escucha la joven artista de 18 años a diario por todo aquel familiar o amigo al que enseña sus dibujos. Un halago tan honesto y cargado de buena fe, como inconsciente. Un mimo mediante el uso de la palabra que obvia el tiempo de aprendizaje y esfuerzo previo que le han llevado a poder mostrar su talento. Como si aquel o aquella joven no llevase años garabateando libretas sin recibir nada a cambio más que un simple “qué bonito”. Porque hemos escuchado cientos de veces el topicazo de que “el trabajo duro vence al talento natural cuando el talento no se esfuerza”. Y que rabia da. Porque casi nunca es así y, en la mayoría de ocasiones, aquel que tiene el talento y se esfuerza no tiene tan siquiera la oportunidad de demostrarlo. Lucha de clases. 

Nadie nace aprendido, en absolutamente nada. Para que el talento aflore, uno debe ser consciente del esfuerzo que conlleva demostrarlo e ir más allá de lo que unos ojos necios son capaces de ver. Porque para evolucionar hay que crecer, y para crecer hay que madurar. Es decir, adquirir la capacidad de leer contextos y adaptarte a ellos, facilitando la vida a todos aquellos que te rodean mediante tus virtudes. No todo aquel que es inteligente es necesariamente sabio, pero siempre lo es aquel que sabe adaptarse. Y en esto, el mejor de los ejemplos es Miguel Ángel Sánchez Muñoz, mucho más conocido en el mundo del fútbol como ‘Michel’.

A día de hoy todos reconocemos la faceta de Michel como entrenador. Los tres ascensos conseguidos en los últimos cinco años le legitiman a un nivel de Primera División (2017-18 con el Rayo, 2019-20 con el Huesca y, el más reciente, en la 2021-22 con el Girona). No obstante, previo a ganarse esta consideración, el madrileño fue también un gran futbolista, que logró consagrarse como la gran leyenda del Rayo. Partiendo desde el interior zurdo, acariciaba el balón en cada una de las acciones con su exquisita pierna izquierda. Michel era un jugador muy talentoso que desde pequeño mostró maneras del gran futbolista que podía llegar a ser. Sin embargo, no empezó siendo el protagonista. Tuvo que ganárselo.

 

Michel era un jugador muy talentoso que desde pequeño mostró maneras del gran futbolista que podía llegar a ser. Sin embargo, no empezó siendo el protagonista. Tuvo que ganárselo

 

Su fútbol se crio en las calles de Madrid. De ahí que fuera un jugador mucho más técnico que físico. Pillería, inteligencia y liderazgo. Con tan solo 18 años debutó con el primer equipo del Rayo Vallecano en un partido contra el FC Barcelona en el Camp Nou. El día que cumplió su sueño perdió y ese mismo año, le tocó vivir lo peor de ser futbolista. Aquel Rayo, que contaba con Hugo Sánchez como máxima estrella, acabó la temporada 17º y tuvo que jugarse el playoff de descenso ante el Compostela. En el partido de desempate, tras no poder determinar un ganador en los 180 minutos de la ida y la vuelta, el Compostela se impuso por 1-3 y sentenció al Rayo a la Segunda División.

La temporada siguiente Michel empezó a alternar el filial con el primer equipo y el Rayo volvió a subir a Primera. Cuando su club estaba de nuevo en la élite consiguió la ansiada ficha del primer equipo. Sin embargo, dado su escaso protagonismo, en la temporada 1996-97 salió cedido al Almería para demostrar su valía. Y así lo hizo, alcanzando la regularidad y anotando su primer gol como profesional. Acabó la temporada y volvió a su casa, Vallecas, y se la encontró de nuevo destruida y con rumbo hacia segunda división. Ese fue el momento en el Michel hizo click. Por fin, le llegó la oportunidad de pasar del “qué bonito esto que dibujas” al “empiezas mañana, nos vemos en la oficina”.

Los seis siguientes años de Michel en el equipo franjirrojo fueron magníficos. Se consolidó como uno de los jugadores estrella de un equipo que no solo logró volver a subir a la máxima categoría, sino también clasificarse para la Copa de la UEFA. Michel fue titular en el primer partido europeo de la historia del Rayo y anotó dos goles; fue ante el Constel·lació de Andorra, un equipo de aficionados que recibió un 10-0 en Vallecas y acabó encajando un 16-0 global. La mayor goleada de la historia de la competición.

Entre 2003 y 2006 Michel salió de nuevo del Rayo para pasar tres temporadas sin mucho éxito entre el Real Murcia y el Málaga. Pero, de nuevo, acabó volviendo a su hogar. Recogió de nuevo a un Rayo hundido, que militaba en Segunda División B, y lo devolvió a Primera división. Tras siete temporadas en el club de su vida (un total de 15 si sumamos las anteriores), se retiró del fútbol como jugador. Dejó atrás 368 partidos y 67 goles que lo colocan como el máximo anotador de la historia de la entidad. En Vallecas es recordado como jugador histórico y así lo marcan las encuestas de la Liga, en las que supera a otras leyendas de la altura de Piti o Bolo.

La trayectoria profesional de Michel nos deja claro que es un hombre ligado al fútbol. “No me imagino sin hablar de fútbol”, confesaba a Panenka en una entrevista de 2017, cuando todavía era entrenador del Rayo. Saber estar y saber de dónde vienes. Ganarse el pan y el reconocimiento de todos allá por donde pisas. ¿Michel tenía talento? Muchísimo. ¿Cultura del esfuerzo? Todavía más. ¿Y suerte? Se la ganó, con paciencia y adaptándose a todos los inconvenientes que le llegaban. Hagámosle caso, que, como sabio, sabe por experiencia de lo que habla: “Siempre digo que hay algo llamado talento natural que hay que respetar al máximo. […] Pero eso no hace de menos a nadie si sabe encontrar su lugar en el campo o en la vida. No hay que pensar en lo que son los demás. Hay que pensar en lo que puedes ser tú”

 


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Fotografía de Getty Images.