La Copa del Mundo es por excelencia el torneo futbolístico más preciado por el mundo del balompié. Tiene el poder de mover países enteros a través de su pequeña y majestuosa copa. Por eso cada Mundial es especial. Quizás porque se hace cada cuatro años, y por eso nos aferramos a él con más ganas aún. Desde su inicio en 1930 hasta hoy en día se han vivido todo tipo de circunstancias en el torneo. El Maracanazo. La Naranja Mecánica de Cruyff. La mano de Dios. A cada Mundial que pasa se le puede atribuir la frase que solía repetir Tom Hanks en Forrest Gump: “la vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar”.

El de Chile, celebrado en 1962, no iba a ser distinto. En aquella edición se quedaron sin representación en la fase final las selecciones provenientes de Asia y África. También se anotó el único gol olímpico hasta la fecha en el campeonato, obra del colombiano Marco Coll. El mundo enloquecía con los regates de Garrincha, estrella del combinado brasileño en ausencia del lesionado ‘O Rei’ Pelé. Pasaron muchas cosas en esa Copa del Mundo, pero si sigue siendo recordada tras más de 50 años, sobre todo es por la violencia que en aquella cita se desató sobre el verde. ‘La batalla de Santiago’ (Chile vs Italia) y, sobretodo, ‘La guerra de Arica’ (URSS vs Yugoslavia) marcaron un antes y un después en el uso de la tarjeta roja tras las duras entradas realizadas en los dos encuentros.

 

ORÍGENES DE LA RIVALIDAD

El enfrentamiento entre los dos últimos países nombrados nació en el seno de la política. La falta de entendimiento, los continuos choques de fe y sus respectivas creencias religiosas entre los respectivos líderes de los países, Stalin y Tito, engendraron un fuego cruzado de declaraciones entre ambas naciones. Años más tarde, en 1948 concretamente, tras no llegar a ningún acuerdo, los estados del este de Europa rompieron todo tipo de relación existente.

A nivel deportivo, la competencia entre ambos países había alcanzado su máxima tensión tras la final de la Eurocopa de 1960, dos años atrás. Yugoslavia se adelantó en el marcador, pero la URSS consiguió la igualada en la segunda mitad y la posterior remontada en la prórroga, para proclamarse campeona por 2-1. Tras aquellos conflictos políticos y deportivos, ambos equipos saltaron al terreno de juego del Carlos Dittborn, en la fase de grupos del Mundial de Chile, con sed de venganza. 

 

EL ENFRENTAMIENTO

A los pocos minutos del inicio del encuentro, al delantero yugoslavo Mujic le hicieron una entrada de esas que no se olvidan. ¿El resultado? Un profundo corte en el tobillo. Pero la cosa no quedó ahí. A modo de venganza, el delantero, en una jugada sin aparente peligro, fue con toda la mala intención del mundo a por la pierna del defensa soviético Eduard Dubinski. La acción, la cual calificaremos de manera suave como terrorífica, fracturó por completo la tibia y el peroné del defensa. El propio futbolista, de tan magullado que estaba, tuvo que ser sacado del terreno de juego en camilla sin apenas poder moverse.

El colegiado del encuentro, Albert Dusch, ni tuvo la decencia de ponerse el silbato entre los labios y señalar la infracción cometida por el atacante yugoslavo. Menos mal que por aquel entonces quedaba aún ética y decencia dentro del combinado yugoslavo. Entre el staff técnico y los propios jugadores, decidieron expulsar del encuentro a Mujic, para hacerle ver que se había pasado de la raya. Además, en los años venideros, la propia federación yugoslava de fútbol prohibiría al atleta volver a vestir los colores de su selección.

 

LAS CONSECUENCIAS

El encuentro prosiguió como uno de esos ciclones que suele acechar algunos estados de Norteamérica todos los años, es decir, con una brutal violencia y sin ninguna atención al reglamento. La URSS terminó llevándose los tres puntos tras superar a Yugoslavia por 2-0. El parte médico del partido fue, cuanto menos, sorprendente: en el equipo soviético, a Dubinski le fracturaron la tibia y peroné, a Metreveli le pusieron doce puntos en la ceja y Ponedeljnik salió con un fuerte golpe en el tobillo. Yugoslavia no se quedó corta, Mujic tuvo el corte profundo en el tobillo, y, a su compañero Matus, le fracturaron el tabique nasal.

La peor parte se la llevó Dubinski, que acabaría maldiciendo aquel partido el resto de sus días. Volvió a jugar tras estar meses en el dique seco, pero jamás pudo alcanzar el nivel obtenido antes que se lesionara sobre el verde. Después de varios años deambulando por distintos equipos y tratando de recuperar su mejor versión, en 1968 hubo un nuevo frenazo en su carrera. Con 33 años, le diagnosticaron un sarcoma en la pierna, a causa de aquella infección y la mala curación de la herida. Tras varias operaciones para poder encontrar una solución y al mismo tiempo una cura, acabó perdiendo la pierna, la cual tuvo que ser amputada. Dubinski acabaría falleciendo el 11 de mayo de 1969, con apenas 34 años de edad. 

Eso fue un trágico suceso que nadie esperaba. Quién le iba a decir a Mujic que, por un arrebato de ira, sería cómplice de la muerte de un compañero. Un desgraciado infortunio que quedó marcado en los libros de la historia del balompié. Historias que ocurren en las citas mundialistas. Jamás dejan de sorprendernos a todos y cada uno de nosotros. Veremos qué nos depara Catar, dentro de un par de años.