El gran copón del fútbol europeo fue durante sus primeros once años una jarrita plateada del tamaño de un florero. El Real Madrid de los ‘ye-ye’ confirmó en 1966 la hegemonía blanca en la competición y de paso conquistó el trofeo original. Entonces apareció el orfebre alemán Horst Heeren y la Copa de Europa pegó un estirón. Y, sí, le crecieron las orejas.


Me llamo Horst Heeren y tengo 74 años. Hace casi medio siglo, en 1967, trabajaba en la fundición de plata Koch Bergfeld de Bremen. Un día sonó el teléfono: al otro lado de la línea, un joyero suizo nos quería realizar un encargo muy especial. Tras apenas once ediciones, el Real Madrid ya se había adjudicado en propiedad el pequeño trofeo original de la Copa de Europa. Y la UEFA, que quería renovar el diseño, habló con ese joyero para que recopilara diversas propuestas.

Yo no tenía ni idea de fútbol y mucho menos de la importancia de esta competición. Me puse a trabajar con el único encargo de esbozar un trofeo “grande para un torneo europeo”. Fue la única petición que nos llegó de la UEFA. En nuestra fundición teníamos un catálogo bastante extenso, así que comencé a buscar modelos. Rápidamente me decidí por una pieza inspirada en las ánforas griegas, con un corte muy clásico. La tomé como referencia para diseñar el trofeo de la Liga de Campeones que hoy conocemos: un trofeo con mucha personalidad, que no molesta a nadie pero que todos recuerdan.

Además de realizar ese primer diseño probé con otras cuatro propuestas. Entre ellas, una ensaladera al estilo de la Bundesliga: un plato gigante con una gran bola en el centro, en representación del fútbol, y otras más pequeñas alrededor, que simbolizaban a los distintos países. Otra idea que no cuajó fue una pieza más alargada, al estilo de un florero estilizado que se abría ligeramente en su parte superior. Al final, preparé las cinco propuestas y se las envié al joyero suizo. Asumía que si alguna de ellas gustaba en la sede de la UEFA, después me tocaría implementar algunas modificaciones al gusto de sus responsables. Pero sorprendentemente no fue así. A los pocos días recibimos luz verde desde Suiza: un comité de sabios había optado por aquella vasija de asas desproporcionadas. La producción podía comenzar.

 

“Aunque no tenía ni idea de fútbol, me pidieron que diseñara un trofeo ‘grande para un torneo europeo’. Esa fue toda la información que nos dio la UEFA”

 

Mis colegas del taller se pusieron manos a la obra. Forjaron y ensamblaron una copa de 75 centímetros de alto, ocho kilos de peso y unos 15 litros de capacidad. Fue la que aquel mismo año se le entregó al Celtic de Glasgow en el Estádio Nacional de Lisboa. Creo que mi empresa ingresó por este encargo unos 25.000 marcos alemanes de la época: apenas unos 12.700 euros.

No puedo decir que esté extremadamente orgulloso de este trofeo. En mi carrera profesional he diseñado muchas piezas, bastantes de ellas más creativas y laboriosas que la Copa de Europa. Pero también admito que se trata de un objeto con muchísimo reconocimiento, lo cual supone una gran virtud para un trofeo futbolístico. Aún me impresiona contemplar como los aficionados de todo el continente ansían tocarlo, o algunos incluso lo replican con materiales caseros. Por no hablar de los futbolistas, que lo besan como si se tratara de su propio hijo y no como lo que es: un enorme jarrón de plata sterling de 925 milésimas de pureza.

Hace unos pocos años me enteré de una noticia: la UEFA le había comprado los derechos del diseño a aquel joyero suizo que en 1967 actuó como intermediario. El tipo se vino arriba y comenzó a declarar en los medios que él había sido el autor de la pieza, lo cual es rigurosamente falso. Y quien quiera conocer la historia no tiene más que acercarse a nuestro taller en Bremen. ¡Seréis bienvenidos!