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Estimado Claudio,

Cómo olvidar aquel divino gol de Vardy al Liverpool desde tres cuartos de cancha. O el latigazo de Mahrez en Mánchester. La gente enloquecía cada fin de semana como si estuviera presenciando una exhibición de David Copperfield. Todos boquiabiertos aplaudiendo la proeza. La emoción del recuerdo persiste, el corazón todavía vibra, quiere salir del pecho, y es entonces cuando el fútbol cobra sentido. Usted, italiano como Jep Gambardella, encontró la gran belleza y puso los cimientos de una era de fantasía. Porque, a pesar de la falta de títulos desde entonces, su querido Leicester se ha consolidado y amenaza con romper el statu quo, acabar con el dominio del Big Six y convertirlo en Big Seven. O bien expulsar a un miembro de la aristocracia para ocupar su puesto.

La revolución se afianza. Brendan Rodgers pone rumbo hacia el codiciado tesoro, hacia el triunfo imposible de un club que desconoce lo imposible. Leicester es el lugar donde ocurren los milagros, pues mientras otros caen, los ‘Zorros’ vuelan. Ya quedan pocos héroes del 2016. Solo tres de sus camaradas leen su nombre con asiduidad en el once titular: Kasper Schmeichel, Marc Albrighton y Jamie Vardy. Uno es capaz de extraer la conclusión de que la fuente de la juventud está en Leicester o en sus cercanías, pues Kasper envejece bajo palos como el buen vino, portando el brazalete de capitán con más autoridad que un portero de discoteca. Y Jamie… Qué decir de Jamie. 

Los narradores todavía vociferan el nombre del monarca, estimado Claudio. Vardy con 34 años sigue corriendo como si tuviera 20, conserva el fuego en la mirada, las ganas de soñar de un adolescente. Un gol de Vardy tiene más épica que la banda sonora de Interstellar. La melodía suena mientras un tipo sobrado de carisma celebra como un perturbado. Un perturbado capaz de reventar el banderín de córner de una patada. No ha perdido la potencia, ni la pegada, ni el oportunismo que tanto aterrorizan a los rivales. Anima a sus compañeros cuando fallan y lucha por el bien del equipo. Tiene todo lo bueno de un sub-23 y lo mejor de un veterano. Leicester sí es país para viejos. Leicester prefiere perder con Vardy que ganar con cualquier otro.

Kanté, Mahrez, Maguire, Chilwell… Aunque han vendido algunas joyas, han comprado otras más baratas pero, paradójicamente, de un valor similar. El proyecto de sus ‘Foxes’ es robusto, tiene raíces gruesas y vigorosas que permiten regenerar la superficie con solvencia. Si bien todavía es discutible que haya irrumpido en la flor y nata de la Premier, nadie puede negar que la defensa es de las mejores de la liga. Rodgers tendrá problemas para escoger los centrales que ocuparán las dos posiciones de la zaga tras el regreso del lesionado Söyüncü, un jugador con el aspecto de un villano de Shrek y la sutileza de un violinista. El experimentado Jonny Evans y el joven Fofana han sido los titulares indiscutibles hasta a día de hoy. El francés de 20 años posee una gran técnica y no se arruga ni ante el villano más poderoso de Marvel.

 

Tielemans y Maddison están preparados para dinamitar el encuentro en cualquier momento, bailando un vals sobre el terreno de juego, poniendo color a las melodías de Hans Zimmer

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Estimado Claudio, también está Wilfred Ndidi, un metrónomo en ataque y un pulpo en labores defensivas que dota de consistencia el medio campo y le da el ritmo adecuado al juego. Acelera, acelera, acelera, acelera, acelera. Frena. Toca. Pone pausa. Acelera, abre banda, ofrece ayuda, organiza, rompe líneas con su pase. Gol. Vuelve a frenar. Él decide. Él está al mando, acompañado de Tielemans y Maddison, ambos preparados para dinamitar el encuentro en cualquier momento, bailando un vals sobre el terreno de juego, poniendo color a las melodías de Hans Zimmer. El runrún del tanto se oye cuando el balón pasa por sus botas. Son capaces de dominar en estático y de castigar al contragolpe, gracias también a la verticalidad que ofrecen los laterales y los extremos.

Con Chilwell en Londres y el enérgico Ricardo Pereira en la enfermería, Justin y Castagne han brillado desde una posición muy trascendente hoy en día. Si el técnico norirlandés ya tiene problemas para encajar a los tres centrales, también deberá descubrir la fórmula para incorporar de nuevo a Pereira, recuperado recientemente. Benditos problemas tiene Rodgers. Incluso podría ubicar al portugués en la posición de interior derecho y eliminar de la ecuación a Albrighton, un futbolista útil, con mucho oficio, pero con un impacto inferior al que tenía con usted. Por el lado opuesto, abierto a banda izquierda, aparece el ciclón.

Harvey Barnes le encantaría, Claudio. Tiene cara de no haber roto un plato en toda su vida, de no rechistar jamás a su madre ni al entrenador. Es un tipo al que siempre querría en su equipo por el compromiso y la lealtad. No es Zidane ni Maradona ni Di Stéfano, diría Mou, pero es más rápido e incontenible que Marc Márquez pilotando su Honda, más veloz que el niño rubio de Los Increíbles en una carrera de atletismo. Tras un rostro de adolescente ejemplar, Barnes esconde un carácter travieso que desespera a los oponentes, que sueñan con detener a un jugador inalcanzable hasta para su propia sombra. Cada día más refinado a nivel técnico y más astuto en sus movimientos, el joven canterano sigue progresando mientras el césped del King Power Stadium arde tras su paso. 

El peor capítulo de la historia del club fue la trágica muerte de su propietario, Vichai Srivaddhanaprabha, fundador y presidente de la empresa duty-free que da nombre del estadio. Probablemente la única desgracia en estos años de alborozo. Cada partido es una fiesta desde que usted, sin hacer mucho ruido, llegó a la ciudad para realizar una de las epopeyas más insólitas de la historia del fútbol. La gesta de su Leicester es inverosímil hasta para Netflix. Han pasado casi cinco años, pero la magia siempre aparece cuando once irreverentes vestidos de azul echan el balón a rodar. Repetir la hazaña es improbable, pero ya se sabe, Leicester es tierra de milagros. Quizá Vardy vuelva a besar el trofeo, quizá el planeta vuelva cantar el himno. The whole world smiles with you, estimado Claudio.

 


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Fotografía de Getty Images.