A partir de aquel 1992, la vida de Serafín Zubiri cambiaría para siempre. De desconocido a ser admirado por sus historias de superación y su habilidad para hacer fácil lo imposible. Se convirtió en el primer artista invidente que participaba en el Festival de Eurovisión, representando a España, y grabó la banda sonora en castellano de La bella y la bestia, un clásico entre las producciones audiovisuales de Disney. Al mismo tiempo, amplió su discografía lanzando el lp Te veo con el corazón. Zubiri se consagraba en unos meses como un producto mediático novedoso (que más tarde explotarían todas las cadenas del país), de carácter agradable y letras pegadizas. Un fenómeno conmovedor.

Pero la música no lo era todo para ese navarro. También se aferró al deporte como modo de vida. Lo demostró marcando una nueva gesta en 2009, peregrinando de Navarra a Santiago de Compostela en bicicleta utilizando un krapten (GPS para ciegos). Este otro tipo de aficiones le venían de familia. Serafín es el pequeño de una lista de seis hermanos, cuatro de los cuales tienen problemas de visión. Uno de los que no se vieron afectados por la patología, Ángel, incluso pudo hacer carrera en el fútbol en clubes como Osasuna. Y Gabriel, el mayor, y al que la invidencia le impidió alcanzar la profesionalidad de su hermano, no renunció del todo a su pasión y estuvo un tiempo dedicándose a la representación de jugadores. Pero su aportación al fútbol no quedó ahí. Gabriel es el progenitor del joven Raúl, que hoy lucha para hacerse un puesto en la portería del UD Las Palmas.

Fotografías cortesía de Raúl Lizoaín y Tintaamarilla.es

Fotografías cortesía de Raúl Lizoaín y Tintaamarilla.es

“Con los antecedentes que tengo de mi entorno más próximo, cómo no iba a acabar en esto”, confiesa a Panenka.org Lizoaín, que nos atiende después de acabar la sesión de entrenamiento de su equipo. No ha sido fácil encontrar un hueco para poder charlar con él. La temporada agudiza, y mientras algunos ya hacen las maletas para disfrutar de las vacaciones, otros como los pupilos del UD Las Palmas encaran la recta decisiva de la temporada, a falta de una jornada, en búsqueda de poder jugar la promoción de ascenso a Primera. Pero esperar un poco más las jornadas de sol, playa y compañía no es un problema para ellos, ni mucho menos para un canterano. “Volver a ver al equipo de nuestra infancia en el lugar que le corresponde nos llena de ilusión”, afirma Raúl, que le toca afrontar la contienda en una posición bastante incómoda para algunos, la de segundo portero. Mariano Barbosa ha sido, hasta el momento, la pieza inamovible que vigila los palos del Estadio de Gran Canaria. Pero el joven se lo toma con filosofía, esperando su oportunidad. “Prima el colectivo”. Palabras textuales.

UN APRENDIZAJE ESPECIAL

Al escuchar su tímido hilo de voz y la modestia de su dicurso, nos percatamos enseguida. Hay algo distinto en Raúl. Una esencia que no se encuentra ni en el color de sus guantes ni en su habilidad para el mano a mano, el mismo que puso en marcha para detener una jugada individual de Jesé en un partido que enfrentó a los canarios con el Castilla (gesto que incluso tentó al club blanco sobre la posibilidad de incorporarlo a sus filiales). Tiene 22 años y espera su momento. Sin la prisa habitual de cualquier chico de su edad. Su diferencia está en la mentalidad, en la capacidad de aguardar su oportunidad. Y el origen de ésta, una vez más, se encuentra en la curiosa historia que une a su familia y el afán de superación. “Si ves que ellos han podido hacer lo que querían, cómo no voy a conseguirlo yo”, declara. Sigue trabajando para consolidarse. Después de dos años siendo un fijo en las convocatorias del primer equipo, ya ha jugado nueve encuentros, en los que ha encajado otros nueve tantos.

[quote]“Mi padre cogía el balón, se lo ponía delante de la pierna y lo chutaba donde saliera. Era imposible saber hacia dónde saldría disparado. Yo sólo trataba de reaccionar rápido y pararlo”[/quote]Acabó en la portería de rebote. Recuerda que cuando era pequeño y jugaba en el patio junto a su hermano y su primo, siempre era él el que acababa atajando a ras de suelo. “Ellos nunca querían ponerse; así que alguien debía hacerlo”, rememora con nostalgia. Así, paso a paso y atribuyéndose el papel del juego menos deseado, fue labrándose su destino. Alguna cosa también tuvieron que ver las curiosas sesiones de lanzamiento que hacía junto a su padre. “Él cogía el balón, se lo ponía delante de la pierna y lo chutaba donde saliera. Era imposible saber hacia dónde saldría disparado. Yo sólo trataba de reaccionar rápido y pararlo”. En esas especiales tandas de penaltis no había espacio para la intuición ni para el típico juego de miradas. ¿Quién dijo que los reflejos de un guardameta son una intangible que no puede entrenarse? Gabriel sigue muy de cerca los pasos de su hijo, con un transitor de radio en la mano, cada fin de semana que acude al estadio. Juegue o no Raúl ese día, los suyos, una vez más, están ahí.

Una lesión en la rodilla izquierda a principios de este curso a punto estuvo de frenar su progresión. Fueron los momentos más duros. Pero Lizoaín volvió a aferrarse a una máxima familiar que resume su espíritu para afrontar la vida. “De todas las cosas malas, siempre hay que sacar algo bueno”. Lo mismo debió pensar su padre. O su tío Serafín. Al final, el fútbol no se ve. Se siente.

Fotografías cortesía de Raúl Lizoaín y Tintaamarilla.es