Últimos días de agosto de 2016, queda poco para el cierre del mercado de fichajes. Se confirman los traspasos de última hora, se cierran las plantillas y los pocos futbolistas que quedaban por saber qué camiseta vestirían ya conocen sus nuevos destinos. Pero uno de ellos no entra en los planes de nadie. Ha salido de la primera plana futbolística y su carrera, tan prometedora como se auguraba en sus inicios, ya no da síntomas de retomar el vuelo. Apartado de la pretemporada del Liverpool por Jurgen Klopp, el siempre problemático Mario Balotelli se ve solo ante el peligro.

Sus constantes desencuentros con compañeros y entrenadores, su bajo rendimiento sobre el césped y el pasotismo que desprende ha cansado a todos. En Anfield ya no cuentan con él y el interés de otros clubes brilla por su ausencia. Las grandes potencias europeas, los únicos que pueden costear su fichaje, ni se plantean la opción de que llegue a sus filas; y para los clubes pequeños su contratación se presenta utópica. Entonces, cuando la situación parece irrevocable, una sorpresiva llamada desde la Costa Azul entrega a ‘Super Mario’ una última oportunidad, el último cartucho para ser el futbolista que siempre se esperó, pero que casi nunca fue. A falta de unas horas para que el calendario marque el 1 de septiembre, el OGC Nice confirma la llegada de Mario Balotelli.

 

Pasan las jornadas y Les Aiglons siguen ahí, sin estrellas como Edinson Cavani, Radamel Falcao o Ángel Di María. Sin petrodólares árabes ni rublos rusos que tiñen sus colores

 

Después de pasar por Inter, Manchester City, Milan y Liverpool, esta era la primera toma de contacto de Balotelli con un club con menos aspiraciones y menor presión para sus futbolistas. De vivir en ciudades históricamente futboleras a una nueva etapa en Niza que, pese al glamour y los famosos que atrae cada verano, nunca ha sido un lugar mediático para el deporte rey. En el club francés sabían que traían a un tipo especial, pero confiaban que lejos de los focos podría verse la mejor versión del italiano. «Todos sus exequipos han tratado de ponerle reglas. Nosotros, sin embargo, no lo hacemos. Tenemos nuestras reglas en el campo y dentro de la plantilla para todos. Él es un jugador sencillo como muchos de sus compañeros. El Niza es como una familia”, explicaba el director general del club, Julien Fournier, a un medio transalpino después de ver el buen arranque del nuevo fichaje ‘estrella’.

Los traspasos del pasado verano no parecían buenas noticias para Les Aiglons (‘los aguiluchos’), que veían como los jugadores que habían llevado al club hasta la cuarta posición de la Ligue 1 abandonaban el club unos meses después. Hatem Ben Arfa firmaba por el París Saint-Germain tras resurgir a orillas del Mediterráneo, el Leicester se llevaba al incombustible Nampalys Mendy para sustituir a N’Golo Kanté y Valère Germain, máximo goleador del equipo, volvía al Mónaco al finalizar su cesión. Estas bajas se sumaban a la marcha del entrenador que les había llevado a los primeros puestos del campeonato doméstico. Claude Puel ponía rumbo a Southampton y llegaba el suizo Lucien Favre. El extécnico del Borussia Monchengladbach se presentaba en la Costa Azul con la difícil papeleta de reconstruir a un equipo sin sus mejores hombres.

Ya entrado el campeonato, el bloque defensivo se ha rearmado plantando una defensa de cinco hombres con un cóctel que agrupa la veteranía del recién fichado Dante, que ya coincidió en Alemania con Favre, y Paul Baysse con la inexperiencia de Dalbert y el jovencísimo Malang Sarr. La construcción del juego la ha puesto en manos de futbolistas dinámicos y técnicos como Jean Michaël Seri y Vincent Koziello. Y en ataque, los goles corren a cargo de Mario Balotelli y Alassane Pléa, con Younès Belhanda en la mediapunta para servir asistencias a sus compañeros.

La Ligue 1 arrancaba a mediados de agosto y, aún sin los fichajes de Balotelli y Belhanda, el Niza iniciaba con fuerza la competición, aunque sin una notoriedad suficiente como para causar pánico a París Saint-Germain y Mónaco, los grandes aspirantes al título un año más. Dos victorias por 1-0 ante Rennes y Angers y un empate a un gol ante el Lille situaban al equipo en las primeras plazas de la tabla antes del primer parón del año por compromisos internacionales. Al retomarse la liga esperaba la primera prueba de fuego. Un Olympique de Marsella en horas bajas visitaba el Allianz Riviera y los de Lucien Favre dieron un golpe sobre la mesa. El 3-2 que reflejaba el marcador al final del encuentro era una declaración de intenciones por parte del Niza y, sobre todo, por parte de Mario Balotelli, que debutaba con una sensacional actuación y un doblete decisivo para darle la victoria a Les Aiglons.

Instalados en una dinámica ascendente, después de empatar en Montpellier, el Allianz Riviera se sometía de nuevo a un complicado examen frente a un Mónaco que encabezaba la clasificación. El primer puesto estaba en juego en el derbi de la Costa Azul y el Niza demostró a los monegascos que pueden competir ante cualquier rival. Y, de nuevo, Mario Balotelli respondió a la confianza que le otorgó su nuevo club. Los de Leonardo Jardim fueron duramente castigados ante sus vecinos con un 4-0, que no demostraba lo visto sobre el terreno de juego, aunque los rojiblancos estuvieron especialmente mal en la parcela defensiva y el Niza supo aprovechar sus armas de manera eficaz. Dos goles más para Balotelli y liderato en mano. Un liderato que aún sigue en propiedad del Niza, que ve como los dos grandes del país en estos días -París Saint-Germain y Mónaco- se pelean entre sí por alcanzar la cabeza de la tabla.

Pasan las jornadas y Les Aiglons siguen ahí, sin estrellas como Edinson Cavani, Radamel Falcao o Ángel Di María. Sin petrodólares árabes ni rublos rusos que tiñen sus colores. Es pronto para presagiar donde estará el Niza cuando acabe el curso. Pero puede ser que en la Costa Azul algunos ya empiecen a soñar con una historia con el mismo guión que la del Leicester en la Premier League o la de su compatriotas de Montpellier en 2012. De momento, Balotelli vuelve a sonreír, aunque esta vez no es por sus travesuras. Y en Niza cruzan los dedos y se encomiendan a esa sonrisa.