Predrag Pasic guarda en su casa la medalla de campeón de la liga yugoslava de 1985. El FK Sarajevo consiguió romper una racha de 12 años en la que los dos grandes de Belgrado (Estrella Roja y Partizan) y los dos gigantes croatas (Dinamo y Hajduk) se repartieron los títulos. Y lo hizo con un bloque unido, trabajador, formado por buenos jugadores bosnios como Husref Musemic, Faruk Hadzibegic, Davor Jozic o el mismo Pasic. “Yo jugaba de centrocampista. No teníamos mal equipo, pero para muchos igualmente fue una sorpresa ganar la liga pues no era fácil competir con esos equipos tan grandes. Esa liga me permitió fichar por el Stuttgart, donde jugué con Klinsmann y Buchwald”, recuerda. Pasic no olvida un detalle que entonces no llamó demasiado la atención. El Sarajevo contrató a inicios de los años 80 los servicios de un psicólogo especializado en gestión de grupos. “Era un tipo positivo que enseñaba trucos para jugar como un equipo, para ser solidarios sobre el césped”. El doctor duró sólo unos meses con ellos y durante la temporada en la que el Sarajevo ganó la liga acabó en el calabozo, acusado de fraude por una operación inmobiliaria. El doctor se llamaba Radovan Karadzic. La ficha policial de noviembre de 1984 lo muestra desafiante, con su melena leonina y sus ojos perturbadores.

EL GIRO DE KARADZIC

Diez años después de trabajar con el FK Sarajevo, Karadzic inició una carrera política que lo llevaría a ser el primer presidente de la República Serbia de Bosnia y uno de los actores principales de la Guerra de los Balcanes. Fue detenido en 2008 y acusado de crímenes contra la humanidad. “Cuando lo conocimos era un hombre muy diferente. Nadie podría haber imaginado que acabaría ordenando asesinatos. Pero en los 80 casi nadie en Sarajevo podía imaginar que acabaríamos así”, comenta Pasic tomando un café en Bilbao, donde se encuentra invitado por la Fundación del Athletic Club. Sonrisa amable, inglés correcto y muy pausado.

“Nuestro terreno de juego estaba al lado de las instalaciones de las tropas de las Naciones Unidas. Allí no tiraban bombas”

El destino quiso que el capitán del FK Sarajevo saliera un día a la calle mirando el cielo y afinando el oído, por miedo a las bombas que caían sobre su ciudad. Bombas que llevaban la firma de Karadzic, el líder político del asedio serbio sobre Sarajevo. Pasic salió ese día de 1993 de su casa en el centro de la ciudad y, acompañado por dos amigos, y siguiendo rutas seguras a cubierto de los francotiradores llegó a las oficinas de Radio Sarajevo, donde una voz hablaba durante las 24 horas para mantener la moral alta de una población que vivía encerrada en pisos por miedo a morir en la calle. Pasic tenía un proyecto y la radio debía transmitir su mensaje: quería crear una escuela de fútbol para niños en medio de una guerra. Con la condición de que en ella pudieran jugar todos los niños que quisieran. Musulmanes, católicos o ortodoxos. Todos, sin importar bandos. La voz de Pasic llegó a todas las casas de Sarajevo y en mayo de 1993 nació la escuela Bubamara.

Pasic es hijo de Sarajevo, donde aún vive. Mundialista con Yugoslavia en España’82, jugó más de 200 partidos con el FK Sarajevo y cuando colgó las botas abrió la galería de arte Leonardo en el centro de Sarajevo, en la calle Titova. “Me sentía orgulloso de mi ciudad, era una ciudad multicultural. Gente del este y del oeste. Musulmanes, católicos y ortodoxos viviendo en armonía. La gente se casaba con gente de otras religiones, era precioso escuchar las campanas de una iglesia católica antes que las ortodoxas, y luego escuchar el cántico que llama a unaoración en la mezquita al pasar por
la puerta de una sinagoga. Era una ciudad de muchos colores y sonidos. Mi primera esposa era musulmana. La segunda, católica. Y yo soy protestante. De pequeño celebraba el Ramadán, la Navidad católica, la ortodoxa… Pero la guerra lo cambió todo”.

Las primeras bombas cayeron sobre Sarajevo en 1992, aunque la violencia había empezado de forma puntual en zonas de Croacia a finales de los 80. Pero Sarajevo se convirtió en uno de los símbolos de la guerra. “En los tiempos de Yugoslavia todos amaban a los bosnios. Tenemos fama de alegres, de charlatanes y bromistas. Durante la guerra gente serbia ayudó a croatas, croatas a musulmanes… los que se quedaron sufrieron juntos”, recuerda. “En los primeros días de la guerra mucha gente escapó, asustada. No puedo juzgarlos. Yo pude hacerlo pero no quise. Hubiera tenido mala conciencia si hubiera dejado atrás a mi gente. Por eso decidí crear la escuela Bubamara. Pensé que debía hacer alguna cosa positiva. Y lo hice con la ayuda de amigos y ex jugadores retirados”.

Sarajevo perdió la sonrisa. Los abuelos dejaron de jugar al ajedrez en los bancos. Los niños dejaron de perseguir balones. Durante los años de la guerra, una media de 30 personas perdía la vida cada día en Sarajevo. La metralla marcó a fuego todos los edificios, agujereando el optimismo deuna población atrincherada. “La gente pasaba días enteros encerrada en sótanos. Si salías a buscar comida sabías que un francotirador podía acabar con tu vida, como pasó con ese horrible bombardeo del mercado. ¿Cómo demonios puede ser que un niño, que no está 15 minutos quieto, tenga que pasar meses encerrado bajo tierra? Pensé que el fútbol podía ser una solución. Y la única manera de que la gente supiera que crearíamos una escuela era la radio. Me acerqué, me entrevistaron y dije dónde nos podrían encontrar una semana más tarde. Dejé claro que sería una escuela abierta para todos, sin restricciones. El primer día pensamos que si venían 20 niños sería un éxito. Y llegaron 200”. Era el 15 de mayo de 1993. Bubamara empezaba a volar bautizada con un nombre significativo. Bubamara significa ‘mariquita’. “De pequeños muchos jugamos con balones de plástico con los colores de una mariquita. Además, tenemos una famosa canción popular que habla de una mariquita”, detalla.

MÁS QUE UNA ESCUELA

Soñar en medio de una guerra no fue fácil. “Nuestro terreno de juego estaba en el centro deportivo Skenderija. Lo habíamos elegido al lado de las instalaciones de las tropas de las Naciones Unidas, pues allí casi no tiraban bombas. El problema era cómo llegar allí. Los niños venían de diferentes barrios y tenían que cruzar un puente muy peligroso pues los francotiradores tenían opciones de disparar sobre quien lo cruzase. Cada día teníamos que correr por allí. Por suerte no pasó nada. Creo que Dios nos ayudó”. Durante muchos meses, esos niños, armados con sus botas, cruzaron las avenidas Zmaja y Bosne, famosas por la cantidad de gente que perdió su vida en ellas, ocultándose detrás de coches quemados, pasando a pocos metros del tristemente famoso puente Vrbanja, donde fallecieron Admira Ismic y Bosko Brkic, dos enamorados, él serbio y ella musulmana, que han pasado a la historia como los ‘Romeo y Julieta’ de Sarajevo. “Más o menos, trabajamos con unos 300 niños durante esos días. Después de la guerra la cosa siguió, hasta llegar a los 5.000. Aquí aprenden amistad, disciplina, a superar sus expectativas. Los niños pueden aprender todo lo bueno de la vida en un equipo de fútbol. En cambio, los políticos bosnios usan el deporte para que se siga odiando, para fomentar el nacionalismo radical. Pero estamos muy satisfechos de nuestro trabajo, aunque no es fácil. Casi nadie nos echa un mano en Bosnia. Nos ayuda el Inter de Milán, así como otros clubes y organizaciones de fuera… No es sencillo mantener la escuela abierta. Gracias al Inter hacemos torneos en el extranjero. E intentamos jugarlos en Croacia o Serbia para dejar claro que nos podemos llevar bien”, se lamenta.

“Los niños aprenden todo lo bueno de la vida en un equipo de fútbol. Los políticos usan el deporte para que se siga odiando”

Durante la guerra, muchos padres de familia o conocidos le decían a Pasic que su proyecto era una locura. Y él les respondía con una anécdota. “Cuando ya teníamos unos tres meses de vida, un equipo de televisión vino para hacer un reportaje. Le preguntaron a un niño qué cosa recordaría con más intensidad de la guerra con el paso del tiempo. Y respondió que los dos goles que había metido ese fin de semana. El periodista sonrió y le preguntó otra vez, recordándole que no tenía escuela, agua corriente ni luz. Y el niño añadió que tampoco olvidaría que habían ganado un partido en el minuto 90”. Pasic había conseguido mantener vivos los sueños de centenares de niños. Y muchos de ellos llegaron a ser profesionales con el tiempo. La gran estrella de la selección, Edin Dzeko, jugó cuatro meses con la escuela Bubamara y aún envía material. Ervin Zukanovic, internacional bosnio, jugó durante seis años. Bubamara ahora tiene categorías entre los cinco y los 18 años y no deja de trabajar duro. “En las inferiores de la selección tenemos otros chicos, como Dino Bevab, Mirzad Mehanovic y Danijel Graovac en la sub 17. Sería precioso verlos en un Mundial”, admite Pasic. Otro internacional, Asmir Begovic, envía material a la escuela aunque no pasó por sus filas. Y Jürgen Klinsmann, seleccionador de Estados Unidos, también ha respondido a la llamada de su viejo compañero de equipo.

La escuela Bubamara ha cumplido 20 años. En estas últimas temporadas todos los jugadores ya han nacido después del fin de la guerra. Pese a todo, Pasic piensa que aún queda mucho trabajo por delante. “Los estadios en Bosnia están medio vacios, con demasiado odio. Aún no nos miramos a los ojos. Aún no sonreímos como antes. Creo que sólo he encontrado esa sonrisa de nuevo en los campos de fútbol llenos de niños”.