La selección de Alemania hace tiempo que dejó de comportarse como ese elefante que avanza plácidamente por la sabana venciendo los obstáculos que aparecen en su camino por mero aplastamiento.

Durante muchas décadas, cada triunfo de la ‘Mannschaft’ parecía obedecer, más que a un deseo, a la ley de la naturaleza; de la misma manera que las hojas de los árboles caían con la llegada de las estaciones de menos sol o que las aves iniciaban su migración en busca de mejores temperaturas, el serio y pesado equipo teutón se imponía a sus rivales como si esa, la victoria, solo fuera una consecuencia más de su ser.

Una rectitud, una sobriedad, una convicción tan brutal en sus principios, que al ver a uno de esos tipos duros y cuadrados pelear por un balón era imposible no pensar en aquella confesión del pianista Oscar Levant: “No bebo alcohol. No me gusta. Me hace sentir bien”.

Pero llegó un momento que eso acabó.

El fútbol es una caja de sorpresas, no lleva un manual en la guantera, y aunque nadie hubiera podido imaginarlo, Alemania decidió empezar de cero y renunciar a su identidad.

Del centro del agujero que quedó tras el desplome, nació una raíz mucho más delicada, y en la siguiente ocasión en la que los alemanes alcanzaron la cima, el Mundial de 2014, ya todo había cambiado. Ahora ganaban como si realmente lo anhelasen. Un equipo radiante, puro apasionamiento, que se deshacía del adversario en un continuo ejercicio de estilo, mezclando gestos sutiles y combinaciones feroces. Un equipo cuyo juego, como adivinó Juan Tallón, “emitía ese ruido seco y perfecto de las máquinas de escribir que trabajan en mitad de la noche”.

Cuando en la última Copa del Mundo, en Rusia, esa nueva apuesta amagó con estancarse, quedando el proyecto gravemente herido después de no lograr ni la clasificación para octavos, todos advertimos el futuro: en un intento por reconstruirse, los germanos optarían por la regresión, por volver a sus hoscos orígenes.

Pero no. Aquí viene lo maravilloso. En otra jugarreta del destino, Alemania renació siendo todavía menos Alemania, y la prueba está en que en el espectacular duelo que este fin de semana le ganó a Holanda, el mejor de sus jugadores fue un extremo que por no tener no tiene ni el cuerpo de sus predecesores.

Ya no hay elefantes a la vista.

Serge Gnabry. 23 años. 175 centímetros.

La enésima redención de los alemanes llevará el sello de un muchacho que se mueve con la levedad de un suspiro.