El fútbol inglés hace tiempo que carga con un gordo problema en su espinazo. Y quien dice tiempo dice décadas. Su liga sigue siendo noticia, lo que muchos otros ya querrían, pero la disyuntiva emerge porque el que la protagoniza ha dejado de ser un hijo de su tierra. Sí, la Premier tiene licencia para presumir de cuerpazo, como cuando éramos unos mocosos tampoco le negábamos el derecho a exposición a la chica del insti que mejor iba en eso del desarrollo mamario. El Show me the money!” que gritaba Tom Cruise en Jerry Maguire es, traspasándolo al ámbito carnal, la primera referencia cultural que adquirimos muchos de los mamarrachos que nos sentábamos en esas clases de la secundaria.

Aunque conviene admitir, no sin algo de pudor, que algunos bordeamos el barranco cuando el típico listillo de nuestra promoción nos sopló que los senos de la que se sentaba en primera fila, con diferencia los más golosos a simple vista, debían su volumen a una tal silicona. Todavía recuerdo muy nítidamente como aquel off the record separó a mi cuadrilla de imbéciles en dos: hubo quien, como yo, no pudo superar la revelación y dejó caer de inmediato sus dos primeros mitos de la adolescencia al suelo; el resto, en cambio, optó por ponerse una especie de velo ante los ojos y seguir fantaseando con el frontal de esa pobre chica como si nada se hubiera dicho.

Suelen asaltarme todo este tipo de recuerdos cada vez que trato de ponerme en la piel de un aficionado local de la Premier. “¿Se sentirá realmente orgulloso de su torneo?”, me pregunto. Si revisamos los datos de asistencia a sus estadios, así como los balances de audiencia televisiva a escala global, me imagino que la respuesta será afirmativa en muchos casos. No es casualidad que la liga inglesa siga siendo considerada hoy como la mejor competición nacional de todo el planeta. La más atractiva, la más seguida y, en consecuencia, la más mediatizada. Sin embargo, doy por sentado que aquellos mismos que la consumen y que la justifican son plenamente conscientes que la mayor parte de sus highlights llevan la firma de un belga, de un holandés, de un español, de un argentino o incluso de un costamarfileño. Por no hablar de los titulares que regalan sus banquillos, y que suelen salir de la boca de un portugués, de un uruguayo o, a partir de ahora, de un alemán. Plantearse interrogantes sobre estos asuntos te acaba encauzando hacia una paradoja bastante compleja y que ya han tocado varios expertos mucho más curtidos en la materia: el football, uno de los elementos que más enfatizan el patriotismo anglosajón actual, tiene la particularidad de estar gobernado básicamente por personalidades extranjeras.   

Aunque uno no pretende con todo esto propinar una pedrada moral a la hinchada británica, ni mucho menos entrar a rebatirle la más bella de sus pasiones. No estamos en España para ir dando lecciones a nadie, donde por cierto los máximos exponentes de nuestra Liga tampoco es que se apelliden García ni que escuchen Manolo Escobar en el coche. Pero resulta llamativo observar cómo defender el statu quo de la Premier League y reclamarle al mismo tiempo mayores hazañas a la selección de Inglaterra se ha convertido en una especie de contradicción punzante. Más teniendo en cuenta que los mejores futbolistas ingleses ya no emigran como hacían antaño para medrar sus proyecciones (recupérense los casos de Kevin Keegan, Gary Lineker o Glenn Hoddle, a los que cartografíamos en un reportaje del Panenka#41 llamado La invasión británica), puesto que saben de antemano que en su hábitat, aunque cueste más hacerse un hueco entre tanta estrella foránea, es donde se reparten los mejores salarios del continente.

Suelen asaltarme todo este tipo de recuerdos cada vez que trato de ponerme en la piel de un aficionado local de la Premier. “¿Se sentirá realmente orgulloso de su torneo?”, me pregunto.

No haría falta ponerse a pescar estos peces que se muerden la cola si no fuera por toda la polvareda que ha levantado el pobre rédito cosechado por la selección de Inglaterra en estos últimos 20 años. La inglesa es, con diferencia, la candidata entre las ‘grandes’ que más se ha alejado de la cúspide en estos últimos tiempos. Y los números demuestran que su caída no es un fenómeno vacío de explicaciones. El combinado nacional no alcanza las semifinales de un gran torneo (ni europeo, ni mundial) desde la Eurocopa de 1996, que organizó él mismo y en el que tropezó ante Alemania, futura campeona. Desde entonces, lo habitual para ellos ha sido caerse de morros antes de que llegasen las rondas calientes. Especialmente decepcionantes fueron las comparecencias en la Eurocopa del 2000 y en el Mundial de 2014, en las que no pasaron de la fase de grupos, y mejor no hacer sangre con la Eurocopa de 2008, en la que los ‘pross’ ni tan siquiera consiguieron sacar billete para disputar la fase final en Austria y Suiza. Toda esta cadena de tropiezos, curiosamente, se inició al poco tiempo de que se aprobara la Ley Bosman y de que las puertas de la Premier se abrieran de par en par a la invasión extranjera.

Aunque ahora todas estas teorías han colisionado con otro hecho igualmente innegable y refutado en dígitos. La selección inglesa, esa misma que hace nada la opinión pública colocó en el ojo del huracán y que está entrenada desde 2012 por el muchas veces discutido Roy Hodgson, ha cerrado su presencia en Francia de cara el verano que viene con un pleno incontestable de victorias en su casillero. Diez de diez. 30 puntos de 30 posibles. Un hito que hasta la fecha solo habían conseguido otros cuatro países en la historia.

Y todo gracias a una generación de jugadores que ha sufrido en sus propias carnes el masivo aterrizaje de talento importado, pero que de algún modo se ha sublevado contra la tiranía del sistema. Harry Kane, hombre gol del conjunto, representa muy bien los avatares de esta nueva cosecha: un canterano que opta por no marcharse de casa (Premier League), que reivindica con esfuerzo su espacio en un club comprador (Tottenham) y que acaba extendiendo su buen estado de forma al panorama internacional.

¿Será suficiente esta camada de futbolistas insurrectos para que los ‘pross’ recuperen el prestigio perdido? Muy probablemente todo dependerá del grado de protección que les procure el establishment competitivo de su propio país, que está ante una gran oportunidad para cambiar algunos de sus matices más contraproducentes. ‘Salvar el soldado Kane’. De eso va la cosa.