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Donde el viento aja los rostros y el agua cala en la tierra. Donde las cañas se mezclan con el barro y el sol ennegrece la piel. Donde la ropa huele a sal, las manos tienen callos y no usar alpargatas te convierte en forastero. De ahí llegó Antonio ‘Tonico’ Puchades Casanova, noble de espíritu, triunfador silencioso, a la vez clave de bóveda del Valencia CF y humilde labrador.

Centenario y exitoso como es, por el club del murciélago han pasado muchos y excelentes jugadores. Desde ágiles porteros hasta delanteros que fabrican goles de la nada; rocosos defensas y mágicos mediapuntas. De todos los colores. Pero solo unos pocos han calado en el corazón de la grada de Mestalla, apenas unos elegidos han alcanzado tal nivel de idolatría que minusvalorarlos resulta igual de ofensivo que insultar a una madre. Entre esos escogidos aparece nuestro ‘Tonico’. Porque no importa la edad que se tenga, si su primer ídolo fue Cubells en los años 20 o Villa en los 2000, todo aficionado del Valencia pronuncia el nombre de Puchades con respeto y admiración. Porque todo aquel valencianista que no tuvo la suerte de verle de blanco impoluto -que es como vestía antes el conjunto che- ha conocido de boca de algún parroquiano con arrugas la brega, el compromiso y la nobleza de este esforzado centrocampista. Y uno se fía de lo que le explica su octogenario vecino de asiento en el estadio, porque como diría el cómico Quequé, eso es lo que nos diferencia de los hijos de puta. Esas cualidades que encandilaron a Mestalla Puchades las extrajo del lugar donde nació, creció y vivió: los arrozales de Sueca.

Fuerte y resistente

Quisiera Antonio o no (estas cosas no se eligen), desde que llegó al mundo en una típica casa labriega de la zona, con su cuadra en la parte trasera para los caballos y una cámara en el piso superior para guardar el arroz, estaba escrito que su relación con el agro le iba a marcar toda la vida. Como le ocurría a la mayoría de las familias suecanas en los primeros compases del siglo XX, la vinculación de los Puchades con el campo era muy profunda. Sueca es una localidad de unos 30.000 habitantes situada a menos de 50 kilómetros al sur de Valencia y se encontraba completamente asediada por campos de arroz. El padre de ‘Tonico’, Bernardo, descendía de familia de campesinos, al igual que su mujer, Elodia, por lo que siguieron la estela de sus antepasados y se dedicaron al cultivo marismeño del arroz, donde contaron con la ayuda de Antonio y sus hermanos. Fue manchándose las manos y doblando la espalda cuando Puchades asentó una personalidad en la que ya se adivinaban su rectitud y sentido de la responsabilidad. Esos años de juventud en el campo -al que se dedicaba cuando no estaba en la escuela- también hicieron de él un portento físico, aunque no en el sentido obvio de la palabra. Nuestro protagonista era más bien fibroso, no un tipo musculoso, pero en su interior escondía tres o cuatro pulmones, una resistencia física que asombró en todos los estadios de España, clave para convertirle en el gran jugador que fue.

Sin embargo, la pelota (de trapo), ese primer flechazo que nunca se desvanecería, no la descubrió entre el barro de los arrozales, sino en el colegio. El fútbol ya estaba extendido y asentado en todo el país cuando nació Puchades, en 1925, por lo que no es extraño que el centro educativo en el que empezó a destacar con el balón en los pies dispusiera de varios campos para que los muchachos se desarrollaran practicando este deporte. Tan buenas condiciones le adivinó el personal del colegio que en 1940, contando ya 15 años, ingresó en las categorías inferiores de la SD Sueca. Ahí había madera de buen jugador, la cosa se ponía seria.

El murciélago en su pecho

Como hemos comentado más arriba, ‘Tonico’ era una persona muy responsable y con un gran sentido del deber, disciplinado. Curiosamente, ese rasgo que le hizo sobresalir en el centro del campo che estuvo a punto de poner fin a su incipiente carrera. Y es que durante la campaña 1941-42, jugando en las categorías inferiores de la SD Sueca, sus padres se plantaron y quisieron que dejara el fútbol. Su rendimiento escolar y en el campo habían caído por las numerosas horas que le robaba el balón, y sus brazos eran más necesarios que nunca en los arrozales en un momento en el que los dos hermanos mayores de Antonio estaban en la ‘mili’. Tampoco ayudaba que en esos años de apreturas y de posguerra el joven ‘Tonico’ se presentara muchas veces en casa con las alpargatas rotas y los pantalones desgarrados. Aunque a regañadientes, porque el fútbol ya no era para él un pasatiempo sino una pasión, Puchades habría obedecido a sus padres y acatado su deseo de que dejara el fútbol de no ser por la intercesión de sus dos ángeles de la guarda: el maestro José Mahíques, su presidente y entrenador en el Sueca, y José Mulet, primo de su madre, quienes lograron convencer a los progenitores de que el joven no debía abandonar el fútbol. Estos dos hombres siempre se preocuparon por Antonio y estuvieron encima de él en su juventud. La ascendencia de ambos en el jugador era tal que de hecho fue Mahíques quien insistió en que Puchades jugara como centrocampista, una posición donde no destacaba en esos primeros años. Feliz por el fin de las reticencias familiares, ‘Tonico’ siguió progresando y entró en el primer equipo del Sueca en 1943 con 18 años, a quien condujo a Tercera División en la campaña 45-46. Su evolución no acabó ahí porque esa misma temporada Puchades y sus compañeros disputaron una final a nivel nacional, la de la Copa Federación, donde se inclinaron 2-3 ante el Alavés, quien por entonces se paseaba también por Tercera, en el antiguo Metropolitano de Madrid.

Aquel año 1946 marcó un antes y un después en su vida. Carlos Iturraspe, el dueño de la medular del Valencia en los años 30 y la primera mitad de los 40, tenía una novia suecana y en una de sus visitas al pueblo se fijó en aquel espigado centrocampista. El vasco siempre tuvo muy buen ojo y pidió a los directivos que ficharan a aquel joven de cabellos dorados, viendo en él un posible sucesor, ya que colgó las botas aquel año. El Valencia confió en Iturraspe y Puchades, que tenía 21 años en ese momento, firmó por una temporada con opción a más a cambio de 5.000 pesetas para el club arrocero. En septiembre disputó sus primeros amistosos de pretemporada -uno de ellos contra ‘su’ Sueca- con la que ya era la casaca más prestigiosa de la terreta, pero, aunque lo hizo bien, la directiva le vio falto de experiencia, resolviendo que empezara su andadura en el CD Mestalla, el filial.

El barro, su aliado

Hemos mencionado varias veces que el éxito futbolístico de Puchades proviene en gran parte de su relación con el campo. Esto, que puede sonar a generalidad, no lo es, y hay muchos episodios concretos en que este vínculo fue vital. El más famoso, por supuesto, es el que tuvo lugar en Vigo el 29 de septiembre de 1946. Luego de disputar los primeros partidos de temporada con el Mestalla, ‘Tonico’ fue convocado por el primer equipo para su duelo de la segunda jornada contra el Celta tras la lesión del centrocampista Monzó. Pese a que en ese momento era el único componente de la plantilla que podía desenvolverse como pivote defensivo, su participación no era segura, e iba a depender de la habitual lluvia viguesa.. En caso de chubascos, Puchades entraría en el once titular porque Luis García Pasarín, técnico del primer equipo, le había visto desenvolverse bien en los terrenos de juego embarrados en algún partido de entrenamiento entre el Valencia y el Mestalla. “Como iba al campo, y siempre estaba hundido hasta las rodillas en barro, si jugaba en un césped embarrado me desenvolvía mejor. Entonces yo quería que lloviera para jugar. Llovió y jugué. Si no hubiera llovido quizá no hubiera jugado, quizá no habría seguido jugando y quizá no habría llegado donde he llegado”, contó un día a la extinta televisión valenciana Canal Nou en 1996. El Valencia ganó 1-2 y Puchades firmó una actuación tan buena que nadie echó de menos al habitual titular Monzó.

‘Tonico’ jugó un total de cuatro partidos aquella campaña con el primer equipo y el resto del curso lo disputó a las órdenes del CD Mestalla. Los che se proclamaron campeones de Liga en la última jornada y solo gracias a que sus dos rivales por el título, Athletic y Atlético, no sumaron los tres puntos en esa fecha final. Aquel fue el último título liguero que conquistaría el Valencia de los vascos y la ‘delantera eléctrica’, uno de los mejores Valencias de la historia, del que hablaremos más adelante.

Ignacio Eizaguirre, portero titular de aquel equipo de leyenda, formaba parte de esos vascos que poblaban las alineaciones del Valencia en los 40. Hizo muy buenas migas con Puchades y le vendió el famoso Fiat Topolino con el que el suecano se trasladaba de su pueblo a Valencia para entrenarse. Aunque Puchades no viajaba solo. La excelente labor de Mahíques en el SD Sueca había continuado luego del traspaso de ‘Tonico’ al Valencia y otros jugadores suecanos lograron llamar la atención de la entidad che. A mediados de los años 50, en ese coche tan pintón que antes había conducido el mito Eizaguirre, también se sentaban Daniel Mañó, Paco Sendra, Pepe Solves y Juan Ibáñez, con quienes Puchades compartía el apego por su municipio y el amor por la tierra. De hecho, al igual que su amigo Antonio, Mañó, Sendra y Solves se dedicaron al campo una vez se retiraron. No hay duda de que el fútbol ha cambiado por completo en pocas décadas.

Titular en el Mundial del 50

Luego de su contacto inicial con la Primera División en la temporada 46-47, Puchades comenzó a abrirse paso en el once titular en las siguientes campañas. No destacaba por su técnica pero, por supuesto, esa no era su función. Su rol era detener a todo aquel rival que quisiera adentrarse en terreno valencianista y Puchades lo cumplía de manera brillante. El coll gelat -cuello frío-, como así le llamaban por su calma y frialdad sobre el verde, pronto llamó la atención del FC Barcelona, que llegó a ofrecerle mucho dinero para convencerle de que vistiera de azulgrana, pero el rubio no quiso ni oír hablar del tema: “El honor de un chico suecano es jugar en el Valencia, no en el Barcelona o el Real Madrid. Yo podría haber ido al Barça, porque me quería, pero yo rehusé, no quise ir. ¡Y eso que me pagaban el triple! Pero dije que no, que prefería quedarme en el Valencia y en mi Sueca”, rememoraba en 2009 de nuevo ante las cámaras de Radiotelevisión Valenciana.

Además de los culés, otro que se fijó en él fue Guillermo Eizaguirre, el seleccionador nacional a finales de los 40 y principios de los 50. Puchades venía sobresaliendo y en marzo de 1949, menos de tres años después de tomar parte en su primer encuentro liguero, debutaría con la selección española en Lisboa frente a Portugal. Con la camiseta roja hizo lo mismo que en el Sueca y el Valencia: compromiso y aprovechar la oportunidad cuando se presentase. Eizaguirre le dio la alternativa ante los lusos y Puchades pasó en 90 minutos de inexperto en partidos internacionales a futuro titular en los siguientes años con España. Sin ir más lejos, uno de los mayores hitos en la vida futbolística del suecano fue disputar como titular todos los partidos que la selección española afrontó en el Mundial 1950 de Brasil, cita donde la ‘Roja’ finalizó cuarta, su mejor clasificación hasta el oro sudafricano de 2010. Sí, Puchades estuvo en el Mundial del ‘Maracanazo’ de Uruguay a Brasil, y sí, vio desde el césped de Maracaná el legendario gol de Zarra a los ingleses que clasificaba a los nuestros al cuadrangular final de la cuarta edición de la Copa del Mundo.

La doble P

‘Tonico’ Puchades había aterrizado en un Valencia todavía fuerte pero que iniciaba un lento declive que, pese a todo, tardó años en materializarse. Durante la década de los 40 el equipo de la capital del Turia levantó las tres primeras ligas de su palmarés, dos Copas del Generalísimo (la actual Copa del Rey) e ingresó, para nunca marcharse, en el club de los grandes de España. En la primera mitad de la década -todavía sin Puchades- había levantado dos Ligas y una Copa gracias a la dinamita arriba de Mundo, Gorostiza, Epi, Amadeo y Asensi, los integrantes de la ‘delantera eléctrica’, cuando aún no se había popularizado la WM. Aquel Valencia causaba terror en toda España y, de haber existido, podría haber logrado grandes cosas en competición europea. Pero poco a poco fue perdiendo fuelle. Ya hemos visto que el primer puesto en la Liga del 46-47, la del debut de nuestro protagonista, fue milagroso y fruto de una doble carambola final. Ese fue el primer aviso. Otras señales de alarma vinieron por la incapacidad de sustituir con éxito a aquellos delanteros eléctricos que, francamente, eran insustituibles. Puchades no coincidió con Gorostiza, quien se marchó en 1946, pero lamentó el adiós de los otros cuatro atacantes. Epi brindó a la afición la Copa del 49 antes de firmar por la Real Sociedad y Mundo, Amadeo y Asensi enfilaron la salida en los siguientes años.

Triste por esas marchas, pero no traumatizado, Puchades siguió exhibiendo su carácter ganador. Desde la temporada 48-49 le acompañaba en la medular che Bernardino ‘Pasieguito’, con el que formó una pareja para el recuerdo. Vasco -otro más- de Hernani, Pasieguito recaló en el club del murciélago en 1943 con apenas 17 años, aunque tras varias cesiones no fue hasta 1948 cuando se convertiría en titular. Los aficionados veteranos apuntan que la dupla Puchades-Pasieguito fue la predecesora de la conformada por Albelda y Baraja en los primeros 2000. Puchades y Albelda segaban el césped. Pasieguito y Baraja ponían la magia.

Existe acuerdo en que aquellos años gloriosos en Valencia iniciados en 1940 se prolongaron, aunque cada vez con mayores síntomas de declive, hasta la conquista de la Copa de 1954, el cierre a uno de los mejores ciclos del club hasta los años de las dos finales de Champions y el Valencia de Rafa Benítez.

Campo, fútbol y otra vez campo

Como si fueran almas entrelazadas, donde lo que afecta a uno también daña al otro, ese bajón pronunciado del Valencia tras la Copa del 54 en Chamartín coincidió con el ocaso de Puchades. No fue una decadencia en sus capacidades puramente futbolísticas, porque el suecano se encontraba ante sus mejores años, sino un deterioro físico. En el verano de 1955 “me fui a una isla hawaiana con [Faas] Wilkes y su mujer, y allí, en aquellos trópicos, donde hacía un calor impresionante, una noche que refrescó cogí un frío en la espalda que no me lo podía quitar de ninguna manera”, contó en una entrevista en el periódico Las Provincias en 2000. De vuelta en España los dolores en la espalda no remitían y los médicos concluyeron que la solución pasaba por una operación. Puchades, que contaba con 30 años, se negó: la operación entrañaba algún riesgo y él solo sufría los dolores cuando hacía algo relacionado con el fútbol, por lo demás podía hacer una vida normal. En sus tres últimas temporadas con el Valencia (55-56, 56-57 y 57-58) Toni dejó de entrenar a diario y saltaba al césped los domingos solo cuando se encontraba en buenas condiciones. Por eso, de 30 partidos ligueros por campaña pasó a disputar unos 15 de media.

Su último enfrentamiento oficial fue el 23 de marzo de 1958 contra el Celta, el equipo ante el que debutó en Primera, el cierre del círculo. Siempre discreto, humilde, ‘Tonico’ entendió que ya no estaba para más trotes e informó de su decisión a sus compañeros, presidente y entrenador unos días después. Luego de 12 años como jugador del Valencia, Puchades ponía fin a su etapa de futbolista profesional, donde solo defendió la casaca che. Cerraba su palmarés con una Liga, dos Copas, 300 partidos, un cuarto puesto en el Mundial del 50 y 23 internacionalidades con España. Cuenta además con el honor de haber estrenado la estirpe del dorsal ‘6’ del Valencia; un número que, como dijo una vez el periodista Conrado Valle, viene a ser tan simbólico como el ’10’ en la selección argentina y que portaron posteriormente mitos como Pep Claramunt, Gaizka Mendieta o David Albelda. También es considerado por muchos como el mejor valenciano que ha vestido la zamarra blanca, aunque en este tema para gustos los colores.

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Como no podía ser de otra manera, el suecano más ilustre regresó a los arrozales cuando colgó las botas. Fue como si el fútbol hubiera sido un paréntesis en una vida consagrada a la tierra. Porque esa, en realidad, era su verdadera pasión. “Era el clásico labrador valenciano. Era un hombre apegado a la tierra. Mejor dicho: al barro”, radiografió en 2018 Jaime Hernández Perpiñá, veterano periodista, ya fallecido, en el canal valenciano À Punt. Puchades pasó años cuidando junto a sus padres y hermanos de sus tierras suecanas y también sevillanas. En los años 60 tuvo que compaginar las labores campesinas durante un tiempo con su cargo de directivo del Valencia y durante seis años con su puesto de concejal de Sueca. No le gustaba la política pero quería devolver a su localidad el cariño que siempre le había dado. Aparte de su labor cotidiana, Puchades ejerció como el mejor embajador de su municipio y las puertas de los ministerios y secretarías se le abrían al alcalde de Sueca gracias a la fama de quien ya era un mito del Valencia, ayudando con ello al desarrollo del pueblo.

En sus últimos años de vida todavía se le veía por la calle jugando a la pelota con algún niño, porque las verdaderas pasiones nunca mueren. Homenajeado en vida con varios partidos, estadios y calles a su nombre, mitificado por la afición, reconocido por el mundo del fútbol y querido por sus vecinos, Antonio Puchades falleció en mayo de 2013 en su Sueca natal a los 87 años. El labrador se fundía finalmente con la tierra, aunque su recuerdo estará siempre en lo más alto.

 


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