El siglo XX del Madrid fue el de Zamora, Ciriaco y Quincoces; el de Bernabéu y Di Stéfano; el de los sietes y las quintas nacionales; el de los 32 años de abandono; el de las remontadas y el de la séptima con el tanto de Mijatovic. Para el Liverpool fue el siglo de oro, el de Shankly, Pasley, Bennett, Saunders, Fagan y Moran; el siglo en que se apostó todo al rojo; el de Dalglish y Keegan llenos de barro; el de celebrar la vida y la muerte.

Ese es el pasado, el XXI es otro movimiento. Uno más sofisticado y más moderno, donde se puso fin a las piernas sin depilar y a las camisetas diáfanas, sin anuncios ni eslóganes. Ahora ese fútbol solo vive en el espacio donde se guardan los recuerdos amarillentos que huelen a Brummel. No hay nada tan efímero como el éxito: ya nadie celebra los goles que cruzaron el milenio, Raúl González, Robbie Fowler. Esos jugadores ahora son añejos y anticuados, sus hazañas historia a pesar de lo cerca que queda el olvido.

El tacón de Alfredo, el Loco del Bernabéu, Juanito escalando las vallas del hooliganismo ibérico -un fondo sur de trampas y navajas-, una portería derrumbada, una calle trinchera del radicalismo, dos torres que rascaban el cielo. Setenta y un años sintiendo a oído.

Primero se pensó que el progreso tecnológico prostituía las historias de los viejos. Porque en las conversaciones de las nuevas plazas no hay silencios, eso que tanto teme la modernidad. El ruido es ahora una constante, un salto a la pasividad. Una sociedad que grita en multitud y calla en soledad ante el abrumado micro periodístico usado como garrote. El marketing y las noticias servidas en caliente, jugadores y entrenadores que se tapan la boca con la mano, escondidos ante la multitud.

 

“Hay días que me duele quererte”, debieron pensar aquellos que volvieron derrotados de París en mayo del 81. La revancha contra la derrota y la muerte también se jugará en el cielo

 

“Que digan lo quieran”, deben pensar las personas que se visten de corto ante los televisores en HD o 4K, “a mí lo que me gusta es el juego”. El fútbol ha cambiado. Aunque hay quien pasa el mono antes del jeringazo de noventa minutos con crónicas de aquellos que vieron la luz, como Soriano o Villoro. “La realidad mejora por escrito”, decía el mexicano, qué más dará cómo sea el siglo que se pise.

Hay quien cree que el verdadero sentimiento no cede a impulsos sociales que no se padecen. El fútbol es una elección, nada más. Cada cuál escoge cómo implicarse, a qué temperatura pone el cuerpo ante los estímulos atávicos.

John Houlding construyendo la casa por el tejado, the Boot Room, The Kop derrumbándose cada fin de semana -avalanchas, alcohol, carteristas-, You’ll Never Walk Alone, el look casual vestido de Stone Island, el Informe Taylor. Un cuadro que es un mapa de sensaciones, This is Anfield.

“Hay días que me duele quererte”, debieron pensar aquellos que volvieron derrotados de París en mayo del 81. La revancha contra la derrota y la muerte también se jugará en el cielo. Por aquellos 96 de Hillsborough que se fueron una tarde de abril del año 89 y por los que se quedaron llorando.

El Liverpool y el Real Madrid no solo son dos equipos de fútbol, son un recuerdo vivo. Una final no puede alterar la historia, el llanto y la risa del pasado están ahora más vivos que nunca por aquellos que se niegan a olvidar. Y es que, a pesar de que el fútbol siempre da revancha, habría que añadir que en el camino deja heridas que no se pueden o no se quieren curar. Eso, más o menos, es el resumen de nuestra vida cuando la tratamos de encerrar en noventa minutos.