Fue un auténtico flechazo: sus padres pasaron unas vacaciones en Tenerife, se enamoraron
de la isla y decidieron quedarse. Así arranca la historia de Pier Luigi Cherubino Loggi, tinerfeño nacido en Roma y delantero con alma de mosquetero, como si su puntería se hubiese a lado en las clases de esgrima clásica que su padre, Enzo, daba en Italia y después, en el Puerto de la Cruz. Mientras sus hermanos Gianluca y Giampaolo hacían carrera con la espada, Pier se enamoró del balón. “Mi padre me dijo que el fútbol se me daba mejor que la esgrima, me regaló unas botas con tacos de aluminio y me iba con ellas al colegio; los profesores alucinaban”, recuerda. Aquellas botas se jubilaron pronto, pero le siguieron otras, adornadas con símbolos de la cultura guanche, cuando Pier ya era una de las estrellas de aquel inolvidable Tenerife noventero.

“Apenas había jugadores de la tierra y me dio por jugar con esos detalles para que la gente se identi case aún más con el equipo”. Fue entonces cuando marcó su gol más re- cordado, a puerta vacía ante un Buyo desbordado por las circunstancias, la puntilla de un Madrid que dejó escapar la Liga de 1992 en la última jornada. Aquel día, Pier acabó expulsado. “Tenía una amarilla de la primera parte, pero después del gol, la gente se puso a hacer la ola y yo también la hice desde el césped. Y García de Loza me enseñó la segunda amarilla”.

 

“Mi padre me dijo que el fútbol se me daba mejor que la esgrima, me regaló unas botas con tacos de aluminio y me iba con ellas al colegio; los profesores alucinaban”

 

Jugador de sangre caliente, Pier probó lo mejor y lo peor del fútbol: fue internacional y jugó en Europa con el club de toda su vida (en Auxerre, llegó a ejercer de portero porque Valdano había agotado los cambios), pero también se vio inmerso en un cruce de denuncias entre el Sporting y el Betis a cuenta de su traspaso al club de Lopera. Todo acabó por solucionarse, pero Pier pasó muchas noches en vela. Cuando jugaba en el Zaragoza, estuvo media Liga sin ver puerta y en el descanso de un partido estuvo a punto de dimitir: “míster, cámbieme a mí, que no hay manera, que dejo el fútbol”, le confesó a Luis Costa.

Su carrera le llevó luego a hacer pareja con Kiko en el Extremadura y a retirarse en Segunda B, en Alcalá de Henares. Dejó las botas y se puso una corbata para comentar los partidos en la televisión canaria antes de sumergirse en el mundo de los despachos y las sociedades anónimas. Quiere ser -y acabará siendo- presidente del Tenerife: de momento, el apoyo popular no ha sido suficiente (en el fútbol moderno mandan las acciones), pero el mosquetero no baja los brazos, como si siguiera celebrando goles bajo el sol de Tenerife.