Nunca he sabido encontrar una respuesta nítida a la pregunta de por qué somos aficionados de un club. ¿Por qué se conjuran una serie de sentimientos -muchas veces contrapuestos- cuando nuestro equipo juega? ¿Por qué sentimos esas mariposas en el estómago? ¿Por qué nuestro pulso se acelera y expresamos nuestras emociones en forma de gritos, lágrimas y brincos? ¿Es una reacción innata? Hay gente que afirma que uno no elige el club de sus amores. Que es el equipo en sí el que crece en las entrañas de las personas y se hace con un rincón de su alma. De hecho, incluso se compara el sentimiento de ser hincha, con el amor. Natalia Pastor abría un artículo publicado en La Vanguardia así: “Unos científicos portugueses probaron que la pasión que sienten los aficionados por el fútbol es similar al de una persona enamorada. En concreto, demostraron que los circuitos cerebrales que se activan en los hinchas son los mismos que en los casos de amor”. ¿Ese club es, entonces, aquel amor idílico con el que decidiremos compartir el resto de nuestra vida?

Hace unas semanas, el planeta fútbol enmudeció ante la noticia de que Cruzeiro Esporte Clube descendía a la Serie B brasileña por primera vez en su historia. El conjunto de Belo Horizonte era uno de los cuatro privilegiados que siempre se había mantenido en la élite del balompié ‘verde amarelo’, junto a Flamengo, Santos y Sao Paulo. Considerado como el mejor equipo de Brasil en el siglo XX por la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS), Cruzeiro tiene en su haber un despliegue de récords inquebrantables hasta la fecha, como ser el único equipo brasileño en ganar la ‘Triple Corona’ (los tres campeonatos domésticos) o como conquistar por lo menos un título por año durante 15 temporadas consecutivas (1990-2004).

El inicio de la última campaña del tetracampeón del Brasileirao fue brillante. Empezaba el año adjudicándose el Campeonato Mineiro, venciendo al máximo rival, Atlético Mineiro, e incluso pasando como primero de grupo en la Libertadores, copa que ha alzado hasta en dos ocasiones. Pocos se atrevían a vaticinar la hecatombe ‘celeste’. Pero varias denuncias y posteriores investigaciones por blanqueo de capitales y falsedad documental e ideológica a diferentes dirigentes del club -entre ellos el ya expresidente, Wagner Pires de Sá- abrieron una crisis que trascendía de lo meramente deportivo. Se estima que las deudas del club alcanzaban los 500 millones de reales (unos 120 millones de euros). La entidad belorizontina se fracturó, y los jugadores sufrieron varios impagos y salarios atrasados. Con un vestuario indomable y varios despidos inmediatos de entrenadores, Cruzeiro tenía que ganar en el último partido de liga, en casa contra Palmeiras, y esperar que Caerá no puntuara ante Botafogo. Pitido final, 0-2 para el conjunto ‘verdao’, y desesperación desatada en la grada.

LÁGRIMAS Y LUTO

Pero la noticia más trágica que se vivió en los aledaños del Estadio Minerao, y en los días posteriores, fue descubrir el fallecimiento de una de sus hinchas más carismáticas.

María Salomé da Silva, una mujer de 86 años, consiguió un contrato como empleada del club gracias a su infinita fidelidad ‘celeste’. No había un día en que ‘Doña Salomé’, como era conocida, se perdiera un solo compromiso de su club en las diferentes modalidades deportivas. Siempre acudía con su habitual uniforme, su característico gorro y la inequívoca bandera de Cruzeiro. Salomé sufría de problemas cardiorrespiratorios, pero decidió imponer su destreza para hacer el esfuerzo de ir al campo. A su campo, para ver el último partido del conjunto que amaba. Tras la cruel derrota local y sabedora de que su equipo descendía, Salomé sufrió un ataque cardíaco durante el partido. Rápidamente, la trasladaron al hospital, donde falleció dos días después. En el velatorio, una gran bandera de Cruzeiro cubría el ataúd. Cuando la noticia se supo, la entidad y un grupo de hinchas la homenajearon pintando su imagen en la pared de la sede del club. Una vida entera dedicada al conjunto ‘celeste’, rubricada eternamente.

¿Cómo hacemos entender a la gente, entonces, lo que se siente por unos colores? No hay una explicación posible y concreta. Simplemente, es así. Como ese amor idílico entre dos personas. Buscado o no, es algo tan tremendamente fácil de sentir, que obviamos una respuesta empírica. Y así seguirá siendo para la posteridad; una oda a la fidelidad, tan frágil en los tiempos modernos; una oda a unos colores eternos.