En un mundo colmado de incertezas, siempre es aconsejable tener a mano algunas convicciones firmes. Por más estúpidas que parezcan. Te ayudan a mantenerte a flote.

En mi caso, a día de hoy, poseo tres. Son pocas, sí, pero las suficientes para suavizar la sensación de vértigo y concederme ese breve placer de pensar que todavía creo en algo. La primera es que Bartleby y compañía es uno de los dos mejores libros que leeré a lo largo de mi vida. La segunda, que jamás sabré llevar con clase una bufanda. Y la tercera, que el Barcelona de Valverde, después de lo sucedido en Roma y Anfield, ya no volverá a ser el mismo equipo en la Champions.

Hay traumas que duran hasta nunca.

No es que no puedas aprender a convivir con ellos. Claro que puedes. Por poder, puedes hasta salir adelante. Prosperar, ser feliz de nuevo. Pero lo que no estará a tu alcance será recuperar la persona exacta que eras justo antes de que apareciera el huracán y te embistiera.

Toda depresión requiere de un proceso, puesto que no es sencillo desprenderse de lo que uno ha sido, por muy mal que este acabara. Y lo que el Barça nos confirmó en Dortmund es que ahora mismo está en un tramo delicadísimo de ese camino, obligado a decidir si se atreve a reinventarse o prefiere abandonarse a lo que fue y ya no le van a dejar ser más. Las consecuencias de decantarse por la segunda opción, sobra decirlo, sí serían irreparables.

 

Toda depresión requiere de un proceso, puesto que no es sencillo desprenderse de lo que uno ha sido, por muy mal que este acabara

 

En la célebre Carta de Lord Chandos, mencionada en la novela de Vila-Matas, Hofmannstahl confesaba la que tal vez fue la más trágica de sus derrotas: su renuncia a la escritura al sentir que había perdido del todo la facultad de pensar o de hablar coherentemente de cualquier cosa. Fue el último paso que dio, el punto y final. A partir de entonces, ya no volvería a intentarlo. El propio autor barcelonés, unos párrafos más adelante, rescata el caso de otro ágrafo legendario, Bobi Brazlen, que optó por tomar la misma postura pese a elegir un modo mucho más rudimentario de justificarla: “Yo creo que ya no se pueden escribir más libros. Por lo tanto, no escribo más libros”.

Los escritores del No, como los llama Vila-Matas, no solo fueron sujetos que perdieron, sino que además descartaron la redención y se aceptaron como vencidos. Intentaron encontrar su espacio en la literatura, algunos de ellos se volcaron de tal manera que enfermaron, pero al no dar con aquello que buscaban, se familiarizaron con el peor de los miedos, aquel que les insinuaba que narrar lo que ellos querían y como ellos querían, en el fondo, era un acto imposible, y finalmente escogieron rendirse y permanecer en silencio el resto de sus días.

Felipe Alfau, Juan Rulfo, Robert Walser, Pepín Bello, María Lima Mendes, Clément Cadou, Jules Renard, Arthur Cravan. O incluso Rimbaud, que pese a morir joven, a los 37 años, ya había tenido tiempo de abandonar las letras, cuando a los 19 dejó atrás una obra poética extraordinaria que marcaría a muchas generaciones posteriores para viajar por Europa y África. Todos ellos, y algunos más, conforman el “club literario fantasma” que se hospeda en las páginas de Bartleby y compañía. Todos ellos, y algunos más, chocaron contra el mismo muro del deseo incumplido. Su obsesión era expresarse con talento y seguridad, como para el Barça lo es ganar la Champions. Pero el riesgo de tratar con obsesiones es el más alto que existe: o tú acabas con ellas, o ellas acaban contigo.