Aquel 16 de agosto del 76, España debatía si la transición tenía que ser ruptura o reforma del pasado, una manifestación de mujeres recorría las calles de Belfast exigiendo una tregua a protestantes y católicos, y miembros de la Operación Cóndor revelaban con dos meses de adelanto al secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger que una bomba mataría al ex canciller chileno Orlando Letelier en Washington. En el plano futbolístico, Checoslovaquia había ganado la Eurocopa dos meses atrás en Belgrado, con un asombroso penalti materializado por Antonin Panenka. En Valencia, 40.000 espectadores llenan el Luis Casanova para presenciar el debut de Mario Alberto Kempes, el fichaje estrella del presidente Ramos Costa, que a golpe de talonario ha reunido al prometedor delantero argentino junto al holandés Johnny Rep y al “zaraguayo” Lobo Diarte.

Mestalla desprende el aroma de cinema paradiso de los viejos partidos del Naranja, que acababan más allá de la medianoche y en los que no faltaban vendedores ambulantes de bombón helado, ni tracas que, más que alterar el orden público, contribuían a la armonía de nuestro caos. Hablamos de un tiempo en el que el estadio enmudecía cuando se daba a conocer la recaudación del encuentro, correspondida con aplausos y la única influencia asiática en el club era el Mitsubishi Pajero publicitado en el videomarcador. Sin la sobresaturación actual de información, los trofeos de verano representaban el reencuentro verdadero de los aficionados con los jugadores, la inquietud de comprobar las evoluciones de los nuevos fichajes y el reclamo de rivales extranjeros, todavía con un aura exótica.

Se saluda la entrada del Valencia con aplausos que se transforman en ovación cuando se anuncia el nombre de Kempes en la megafonía. Marito, de 22 años barba de tres días y medias caídas, no se encuentra para nada cómodo. Le toca jugar casi por obligación, por la expectación generada por su fichaje, pero en los tres días que lleva en España apenas ha podido descansar. No ha dormido, traicionado por el jet lag y el bochorno veraniego de la ciudad. Todo han sido inconvenientes. De hecho, estuvo a punto de torcerse su fichaje en la revisión médica. Los doctores, alarmados, encontraron en las radiografías un punto negro en su estómago, que tras pruebas posteriores resultó ser el perdigón que mató a la perdiz que horas antes se había comido en Motilla del Palancar, en la pausa para almorzar en el trayecto de Madrid a Valencia. Por lo demás, lleva más de dos meses sin entrenar, desde que decidió declararse en rebeldía en Rosario Central para forzar el fichaje. Tras durísimas negociaciones y después de amenazar al club con retirarse del fútbol, 32 millones de pesetas y un referéndum popular (amañadísimo) en el estadio del Gigante de Arroyito permiten que abandone finalmente el equipo del Ché Guevara y el Negro Fontanarrosa.

El rival, el disciplinado CSKA de Moscú, no es el más propicio para un delantero cansado y mareado. El partido es un suplicio. Nikonov y Nazarenko adelantan a los soviéticos. Lobo Diarte y Rep, en el último minuto y de penalti, empatan la contienda. Entre medias, Kempes pierde casi todas las disputas y, con el Valencia volcado en busca del empate, falla hasta cinco claras ocasiones de gol que despiertan el murmullo en la grada. La primera semifinal del torneo se decide en los penaltis. Chesnokov, Antonov, Nikonov y Nazarenko marcan en los visitantes. Rep y Tena anotan para los locales, que quedan apeados por los fallos de Castellanos y Kempes, que estrella la pena máxima decisiva en la grada de Sillas Gol. La afición valencianista, tan proclive a los cambios de humor, abuchea a Kempes camino de los vestuarios. El dictamen de la prensa, al día siguiente, es implacable: “Kempes erró balones fáciles, casi a portero batido, y para colmo lanzó a las nubes su penalti crucial. Kempes es un jugador de una sola pierna”, sentencia la crónica del diario Levante. Herrera, el entrenador, se mostró más comprensivo: “Kempes estaba un tanto nervioso. Demostró maneras de buen jugador y tuvo ocasiones. Nada se le puede reprochar en el penalty. Esto forma parte del oficio y ahora nuestra misión es levantarle la moral”.

En la final de consolación, Kempes vuelve a fallar otro penalti, contra el Hércules. Tampoco se estrena en lo que queda de agosto. Directamente, se llega a cuestionar su fichaje, avalado personalmente por el secretario técnico, Bernardino López Elizarán, Pasieguito, aquel que formó junto a los pulmones gigantes de Puchades el mejor doble pivote de los 40. Pasiego, que veinte años más tarde se sacaría de la chistera a un montenegrino flaco y con espantosas camisas estampadas llamado Pedja Mijatovic, no se altera por las críticas. Nunca ha estado tan convencido de una contratación.

A Kempes lo sigue desde dos años antes, en el Mundial de Alemania. Ya entonces le llama la atención que un joven del interior, cordobés, tenga tanto predicamento en la prensa especializada de Buenos Aires. Se desplaza a Argentina, para recabar personalmente más información. Entonces pone en marcha su plan de seguimiento, en el que, entre otros cuidados detalles, llega a hacerse pasar por un aficionado de Central para recoger datos sobre la vida privada del “Matador”. Los informes son inmejorables, y pasa a la acción. El secretario técnico recurre a un viejo amigo, Aguirre Suárez, un expeditivo defensa al que entrenó en el Granada en los años 60, pero con exquisitos modales y verbo florido, ideal para convencer a la familia del muchacho de la necesidad de dar el salto a Europa. Después llegó la ardua negociación, los plantes de Kempes y el referéndum con el que el presidente de Central engañó a la hinchada “canalla”, furiosa por la inminente venta de su mejor futbolista.

Kempes no marcó hasta la primera jornada de liga, contra el Celta, por partida doble. Dicen que cuando en el minuto 60 batió por segunda vez al meta Fenoy, Pasieguito, su descubridor, respiró aliviado y se marchó de Mestalla. Sabía que Kempes ya no pararía de hacer goles. Los haría de todas las formas posibles, 180 en 290 partidos. Mario ya no volvería a sentir “Nostalgia de Bell Ville”.