Yo no tenía que estar escribiendo esta frase, ni este artículo. No tocaba, pero una locura futbolística que comenzó allá por 1994 y que aún continúa en 2014 cambió para siempre mi destino, mi vida, y la de miles de apasionados del fútbol, sobre todo deportivistas. Sucedió lo inimaginable, aquello que sólo puede ocurrir en un deporte que sigue siendo mágico a pesar del negocio que lo estrangula, y en una tierra en la que desde pequeño aprendes que las meigas (esas brujas que pactan con el diablo)… “habelas hainas”. De pronto, un humilde equipo de una pequeña ciudad del noroeste de la geografía española, orgulloso de su pasado pero que nunca antes había ganado un título oficial, puso patas arriba el panorama futbolístico español y europeo. Durante aquellos años David derribó a Goliat en repetidas ocasiones y no lo hizo lanzando una simple piedra, sino subido a lomos de una centolla gigante, escupiendo licor café y disparándole percebes a quien se pusiera por delante. Unos (los enemigos más envidiosos) deslizaban la teoría de que el dinero del narcotráfico financiaba aquellos días de gloria. Otros (los amigos más ingenuos) endiosaban al presidente del club, Augusto César Lendoiro, como un gestor excelso. La realidad es que al comienzo de esa etapa se hicieron muchas cosas muy bien, luego ya no tanto, pero aquella revolución iniciada por el ‘Súper Dépor’ fue una orgía de sueños cumplidos, una bacanal del carpe diem, fue la verdadera fiesta del cambio de siglo en España. Y claro, a día de hoy la resaca es cojonuda, con el equipo sumido en un espartano proceso concursal y peleando por sobrevivir entre la exigente Primera División, y la siempre embarrada Segunda.

Una fiesta en la que el pardillo de la clase se ajustó bien sus gafas y comprobó que no le olía mal el aliento, se coló por la puerta de atrás de la pista de baile y terminó besando a la más guapa del instituto (la Liga), la misma que le había rechazado en público seis años antes (el penalti de Djukic). Durante esta época también tuvo tiempo de intimar con otras chicas que no estaban nada mal (dos Copas y tres Supercopas) y hasta le tocó el culo a una Erasmus que le respondió con una sonora bofetada (eliminación en semifinales de la Champions a cargo del Oporto de Mourinho). Pero si hablamos de desavenencias, no podemos pasar por alto las peleas con su compañero de clase repetidor (el Celta de Vigo) o sus crueles expulsiones del aula por no ser un alumno lo suficientemente aplicado (los dos últimos descensos a Segunda División). Si existe un equipo capaz de lo mejor y de lo peor en el fútbol español, con el que nadie contaba y que es capaz de darle ese giro inesperado al guión, ese es el Real Club Deportivo de La Coruña. He tenido la suerte de disfrutar y sufrir en primera persona los años más emocionantes de su centenaria historia, con la pasión hiriente que aporta vivirlo como niño y poder contarlo como adulto. Hay unos hechos que merecen ser escritos y leídos de nuevo, y por eso estamos aquí y ahora los futboleros genuinos, deportivistas o no, pero al fin y al cabo viejas caras en nuevos campos, en nuevas páginas.

Infinita ilusión, infinita tristeza

Miroslav Djukic coloca el balón en el punto de penalti. Coge carrerilla. Lo hace caminando de espaldas mientras mira fijamente al portero del Valencia. Se para en la línea frontal del área. Se toca un par de veces la cara. Último minuto del último partido de la Liga, temporada 93-94. Empate a cero en el marcador. Djukic respira tan profundamente que la gente que no está en Riazor puede percibirlo a través de la televisión. Si lo mete, el Dépor es campeón de Liga por primera vez en su historia. Si lo falla, el título es para el Barça. Yo observo la secuencia desde la grada, tengo diez años y sin saberlo estoy a punto de jurar amor eterno a un escudo, a unos colores, a un club. Riazor está tan lleno que hasta hay gente subida a las columnas que sujetan la cubierta del estadio. El defensa serbio empieza a correr hacia el esférico, arma su pierna derecha y golpea el balón, que avanza raso hacia la portería.

La revolución iniciada por el ‘Súper Dépor’ fue una bacanal del carpe diem, una orgía de sueños cumplidos, la fiesta del cambio de siglo en España

El Deportivo es en esos momentos el mayor orgullo de la ciudad de A Coruña, que con sus 250.000 habitantes (menos gente de la que vive en el madrileño barrio de Vallecas, por citar uno) pretende arrebatarle el título de Liga al legendario Barça de Johan Cruyff, aquel equipo liderado por Koeman, Guardiola, Laudrup, Stoichkov y Romario. Para batallar contra aquel ‘Dream team’, perfectamente alineado y coordinado como si de una legión romana se tratase, el reducto galaico del noroeste peninsular se había preparado a conciencia, con el mismo ímpetu y valor que los galos de Astérix. Pero en A Coruña no hubo pócimas mágicas ese año, sino el fruto de una política de fichajes realmente acertada que permitió que la ciudad entera se volcase con un equipo en el que, entre otros, ya jugaban dos brasileños que ese mismo verano terminarían siendo campeones del mundo en USA ’94: Bebeto y Mauro Silva, nuestros particulares Astérix y Obélix. El resto del equipo estaba formado por una clase media alta que combinaba calidad e ilusión a partes iguales. Los Fran, Aldana, Donato, Claudio, o el propio Djukic formaban un conjunto realmente compensado, que defendía como si los rivales fuesen amantes de sus esposas y atacaba poco pero muy bien, con una punta untada en veneno brasileiro del mítico Bebeto, el delantero que se la pasaba a la red. El mérito de que esta orquesta sonase tan afinada lo tenía ‘O Bruxo’, ‘el zorro de Arteixo’… Don Arsenio Iglesias.

Diez años antes de que Djukic tirase ese penalti que nos podía proclamar campeones de Liga, el Dépor estaba en Tercera División. Y tan sólo tres años antes de aquel partido decisivo ante el Valencia, el club jugaba en Segunda. Quizá esto pueda dar una medida aproximada del nivel de ilusión que se respiraba en Riazor aquella noche, y en A Coruña durante esos años. En la pretemporada 92-93 el presidente Lendoiro lanza una frase para el recuerdo que muchos se tomarán a cachondeo en un primer momento: “¡Barça, Madrid, ya estamos aquí!”. Al final de ese curso futbolístico resulta que el Deportivo es tercero en la competición doméstica, obteniendo por primera vez una histórica clasificación para la UEFA. Bebeto consigue el Trofeo Pichichi y Liaño se alza con el Trofeo Zamora de la categoría. Es el relámpago que nos advierte ante la contundente llegada del trueno.

Un año después, el sábado 14 de mayo de 1994, allí estaba aquel balón golpeado por Djukic que decidiría el campeón de Liga, rodando hacia la portería del Valencia, defendida por un tal González, portero habitualmente suplente pero que el destino quiso poner a modo de obstáculo en el camino del Dépor hacia la gloria. Este verdugo inesperado se lanzó hacia su derecha y detuvo el penalti, y también los miles de corazones que abarrotaban Riazor, y los que latían en casi toda Galicia y en muchas otras partes del mundo bombeando aquel milagro del balompié que de pronto se tornaba en desolación.

Nunca he visto a tanta gente llorando junta, y menos aún en un campo de fútbol. Djukic fue solo el primero en caer, llevándose las manos a la cara sin poder reaccionar pese a que el partido continuaba. El segundo en derrumbarse (en el banquillo) debió de ser Donato, nuestro lanzador habitual pero que había sido sustituido unos minutos antes de que pitasen el penalti. El tercero no descarto haber sido yo, que con diez años entendí, gracias a aquellos once metros, que la vida es injusta y que la gente mayor también llora a veces. Perdíamos nuestra primera gran batalla de la manera más cruel, pero en aquella catedral de la tristeza, entre sollozos de hombres y mujeres de todas las edades, se forjó el espíritu de un club inimitable que muy pronto devolvería la infinita ilusión que la gente había depositado en él. La leyenda del ‘Súper Dépor’ había nacido y era algo imparable que navegaba contra viento y marea.

Póngame dos copas

Si la manera de perder aquella Liga será recordada por su crueldad, la forma en la que el Dépor inauguró su virginal palmarés tampoco es fácil de olvidar. Ganar una Copa del Rey en el Bernabéu, en tres tiempos, en una final que se jugó en dos días distintos y frente al mismo rival que un año antes nos había impedido ganar la Liga… tiene su morbo.

El día 24 del tormentoso mes de junio de 1995 miles de deportivistas caminábamos por el Paseo de la Castellana con ansias de gloria y sed de venganza camino del estadio, impulsados aún por la inercia de aquella magia, de aquel conjuro tallado en piedra un año antes, cuando Djukic le había dado una de las pocas alegrías de su historia a la afición del Celta (sí, nuestro eterno rival) al fallar aquel dichoso penalti frente al Valencia, precisamente nuestro adversario en esta final de Copa. Era hora de empezar a cobrarle al destino esa deuda futbolística que había generado con el deportivismo, y así lo hicimos. Tras habernos adelantado en el marcador con un tanto del voluntarioso Manjarín, Mijatovic (que tenía tanta gomina en su cabeza como calidad en sus pies) había igualado el partido con un libre directo que convertiría en un juego de niños los actuales drones del señor Obama. La cosa se ponía fea con un Valencia que iba a más y hubo que invocar a la lluvia, fiel compañera de fatigas y aliada de los gallegos, para que hiciese acto de presencia en la capital. Y creo que la invocamos de más, porque el diluvio que cayó fue tal que el árbitro no tuvo más remedio que suspender el partido. Recuerdo salir por los pasillos del fondo del Bernabéu con el agua a la altura de los tobillos, y mi moral por ahí andaría más o menos, sabiendo ya que había ido a una final soñada que no había tenido un final. Pronto asumí que por diferentes motivos no iba a ser posible volver a Madrid para ver los diez minutos restantes. Pero por suerte mi frustración no fue total: en la reanudación, tres días después, un centro que caía llovido desde el caprichoso cielo madrileño fue recibido con el pecho por Alfredo Santaelena que, sin dejarla caer, saltó por encima de Zubizarreta para cabecear el balón a las redes. Explosión nuclear de felicidad en el estadio entre los fieles que estaban allí de cuerpo presente, y también en las calles de A Coruña, entre los que estábamos en el Bernabéu presentes de corazón. Cuando vi por la televisión a nuestros jugadores levantando aquella Copa del Rey, recordé la pancarta que acompañaba al tifo que habíamos mostrado tres días antes tiñendo de ilusión nuestra mitad del campo: “Por un mencer branquiazul”. Y amaneció resplandeciente. Campeones, nuestra primera vez.

El equipo defendía como si los rivales fuesen amantes de sus esposas y atacaba poco pero bien, con una punta untada en veneno brasileiro

Pero aquella no sería la última Copa, ni la más meritoria. El 6 de marzo de 2002, también con el empinado Bernabéu como testigo, cuando el trofeo de Su Majestad el Rey y el Madrid más galáctico de la historia cumplían 100 años, saltó la banca y yo casi salto al campo. Un Dépor que llegaba disfrazado de sparring a aquel combate, tumbó al Real con un 1-2 (goles de Sergio y del ‘auto-desaprovechado’ Tristán por nuestra parte, y de Raúl por la suya) y jugando realmente bien. Pocas veces me he sentido tan vivo como aquella noche, con el gallinero de ese célebre estadio vibrando (exageradamente) bajo mis pies, viendo como los Figo, Zidane, Hierro, Roberto Carlos y compañía caían a plomo ante los nuestros, liderados por un Valerón que por aquel entonces dejaría a Pirlo a la altura de Gattuso, bien rodeado por los incombustibles Mauro Silva y Fran. Un equipazo en el que hasta el irrepetible Djalminha probaba a menudo el banquillo, y que preparó aquel partido con la seriedad que correspondía para salir del templo merengue copa en mano, sonrisa en rostro y gloria tatuada a fuego en el corazón. Aquello fue el triunfo de la humildad sobre la soberbia. Que se lo pregunten al propio Djalminha, que años después contó que su compatriota Conceiçao, ya jugador del Madrid por aquel entonces, le invitó antes del partido a la fiesta de celebración madridista que tenían prevista cuando terminasen los 90 minutos. Finalmente lo único que hubo que celebrar fue el ‘Centenariazo’; así es como se conoce esta hazaña deportivista.

El más grande de los más pequeños

Entre una Copa y otra, ganamos la Liga. Casi nada. Un 19 de mayo del año 2000 nos reunimos 35.000 almas en Riazor para comprobar cómo se hacía justicia histórica y balompédica, para ver cómo los abuelos que lloraron de tristeza en el 94 tras aquel fallo del penalti, lo hacían ahora de felicidad al proclamarnos campeones por primera vez en nuestra historia. En la última jornada, esta vez sí, ganándole al Espanyol por 2-0 (tantos de Donato y Makaay). Aquellos fueron días de Djalminha y rosas, repletos de recuerdos imborrables no sólo para los aficionados deportivistas sino para cualquiera que ame el fútbol de verdad, días en los que la aristocracia de la Primera División salía vapuleada con frecuencia del estadio más atlántico de la competición. Llegar a ser campeones de Liga fue besar el cielo, fue asomarnos al olimpo de los Dioses un momentiño para destapar sus vergüenzas, y sirvió para consagrarnos como el más grande de los más pequeños, para ser el grande de Galicia.

Pero no sería justo pitar el final de este artículo sin mencionar las grandes gestas europeas del Dépor en la Liga de Campeones. No contento con dominar las competiciones domésticas, durante cinco temporadas consecutivas (de 2000 a 2005, la primera mitad del nuevo siglo) se paseó por Europa derrotando de local y visitante a lo mejor del Viejo Continente: Bayern de Munich, Manchester United, Juventus, PSG, Milan (con aquella remontada increíble del 4-0 en Riazor)… todos cayeron, excepto el correoso Oporto de Mourinho que logró eliminarnos en Riazor, con otro penalti maldito en los últimos minutos, privándonos así de llegar a nuestra primera final de la Champions. Quizá algún año podamos sacarnos esa espina del alma, igual que hemos hecho con tantas otras. A día de hoy el futuro del club es complejo, el presidente, Tino Fernández, tiene un difícil reto por delante. Vivimos acariciando el infierno de la Segunda División continuamente, pero quién sabe si algún día volveremos a la cima de los éxitos. Lo primero es soñarlo.