Hace unos días, el fútbol mexicano vivió el capítulo más bochornoso de su historia en el estadio La Corregidora, el mismo escenario donde Emilio Butragueño le marcó cuatro goles a Dinamarca y Ronaldinho afrontó su penúltimo exilio no forzado. En pleno desarrollo de un Querétaro-Atlas de Liga MX, un grupo de radicales ataviados con la playera de ‘Gallos Blancos’ emprendió una cacería humana contra sus pares rojinegros.

El episodio no conmocionó únicamente por su insoportable grado de violencia —a diario convivimos entre masacres a la luz del día, feminicidios, periodistas asesinados, secuestros, extorsiones, asaltos y ajustes de cuentas—, sino por el hecho de que pudo haber sido concertado por un perverso coctel que incluía a barristas y sicarios, bajo la colusión de un grupo improvisado de seguridad privada y la incompetencia de la directiva del club queretano. Es decir, no se trató de las batallas campales a las que nos malacostumbraron los hooligans ingleses durante los 70 y 80. Fue una carnicería siniestramente programada. Tras haberlos sometido con una crueldad bélica, armas blancas, sillas y objetos que en un entorno medianamente civilizado habrían sido confiscados al ingreso, los delincuentes desnudaron los cuerpos inertes de sus víctimas, despojándolas de su dignidad y de todo bien material que tuvieran consigo, para después presumir la gesta en redes sociales como si se tratase de un trofeo. Esa clase de códigos pertenecen a los carteles del narcotráfico. Y esa clase de cosas sólo pueden ocurrir en un país donde más del 95% de los crímenes se mantienen en la absoluta impunidad.

Existe evidencia incontrovertible que delata la negligencia del club local y del inspector de seguridad de la liga en la implementación de los mínimos protocolos de seguridad, sobre todo asumiendo que se trataba de un partido de alto riesgo y de una rivalidad con antecedentes violentos, específicamente desde que el Atlas consumara el descenso del cuadro del Bajío en la última jornada del Clausura 2007. El colapso definitivo nunca fue tan palpable. Si una barra es capaz de llevar a cabo una masacre con el pretexto de vengar una vieja afrenta, sabiendo que la mediatización de sus rostros y la escandalosa huella de sus crímenes no serán suficientes para rendir cuentas ante la justicia, salir ileso de un campo de fútbol supondrá toda una hazaña.

 

El fútbol en directo que me heredó mi padre ya no me pertenece. Se fue el carajo con el resto del país, secuestrado por una espiral de violencia más propia de una guerra

 

Curiosamente, días antes de lo ocurrido en Querétaro, había decidido embarcarme en la relectura de Fiebre en las gradas, el legendario libro de Nick Hornby. Como todo sospechoso habitual, volví a él para justificar de alguna manera la decisión de haberme decantado por el fútbol como hilo narrativo de un nuevo proyecto editorial. En el relato autobiográfico del escritor británico redescubrí los pasajes más hermosos que alguien haya escrito nunca sobre la filiación a un equipo de fútbol, pero también las cicatrices que dejan ciertos hechos traumáticos. Recuerdo haber doblado la punta de una página consagrada a la tragedia de Hillsborough -cuyo contexto nada tuvo que ver con lo acontecido en Querétaro- para perpetuar algunas líneas que resultaron ser proféticas: “Cuando llegamos a casa, estaba claro que aquello no había sido otro accidente futbolístico de los que se producen cada equis años, en los que mueren dos o tres desafortunados, y que son tenidos por las autoridades competentes como uno de los riesgos que en general entraña nuestra diversión. El número de muertos aumentaba a cada minuto —siete, veinte, cincuenta y tantos, al final noventa y cinco—; con un mínimo sentido común, cualquiera pudo darse cuenta de que las cosas nunca volverían a ser como antes”.

En efecto, cualquiera con un mínimo de sentido común sabe que ya nada volverá a ser como antes. Especialmente tras las vergonzosas sanciones estipuladas en la asamblea de dueños. El fútbol en directo que me heredó mi padre ya no me pertenece. Se fue el carajo con el resto del país, secuestrado por una espiral de violencia más propia de una guerra. Si ahora toca normalizar la barbarie en los espacios que en otro tiempo nos volvieron inmortales, no cuenten conmigo.

 


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Fotografía de Imago.