Volver. Canta Joaquín Sabina, en uno de esos versos suyos que remachan férreas voluntades ajenas, que «al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver». Pero, ¿qué hacer con los sitios donde, encima, veneran lo que fuiste? ¿Cómo regresar, cómo arriesgarse a corromper la imagen congelada por quien te idolatra? No debe ser fácil pelear contra tu memoria. Bien pensado, qué combate más injusto: la persona real, corpórea e imperfecta, frente al recuerdo acomodado en el rinconcito del cerebro que raciona la felicidad.

Todas esas consideraciones las salvó José Antonio Reyes en las navidades de 2012. Ocho largos inviernos después, volvía a casa.

Reyes fue muchas cosas en el Sevilla. Para empezar, el canterano más famoso de su historia. Como muy pronto, un chaval no llega a los oídos del aficionado medio hasta que entra en edad juvenil. Pero él fue distinto. Siempre precoz. En la Nike Premier Cup -oficioso mundial de clubes sub-14-, ya se hablaba de un niño especial. Llegaron hasta allí ganando la final europea con gol suyo. Canijo, más bajo que el resto, inconfundible con su pelazo al viento, su melena gitana.

Era 1997. A la discutida directiva del Sevilla le escoció que el Atlético de Madrid aprovechara la baja cláusula de rescisión de José Mari, delantero joven que había ilusionado a la hinchada. Además, el descenso a Segunda -sería solo la quinta campaña desde la Guerra Civil- y una imagen penosa en los despachos. Suficientes malas noticias. Cuando al niño de Utrera le llovieron ofertas, actuaron. Propusieron un contrato inverosímil para la época, tanto por su edad como por lo maltrecho de la tesorería. Pero Reyes y familia firmaron. Se quedó cobrando más millones de pesetas que años marcaba su DNI.

Tan extraordinario fue que al imberbe José Antonio lo entrevistaron en televisión. Siempre dijo lo mismo, que no quería irse nunca del Sevilla, y que solo lo haría dejándole dinero al club. En pantalla aparecía trajeado, como su padre. Sí, el culpable de la famosa foto de cumpleaños, tomada unos meses antes. El hombre, bético, desconocía al regalarle -con guasa- la camiseta verdiblanca la de disgustos que su hijo le reservaba a esa afición.

«En la Segunda B, la mayoría de los jugadores te da muchas patadas». Sobre todo si te saltas la etapa juvenil, y pasas al filial siendo cadete aún. Y casi juega directamente con los mayores, ya que Marcos Alonso se lo llevó a varios amistosos e instó a los servicios jurídicos a buscar una fórmula para alinearlo en categoría profesional. Pero la legislación lo prohibía hasta que cumpliera 16. El inusitado éxito de un chaval que descuella tan pronto se acentúa recordando a qué otro jugador frenó esa ley: el barcelonista Haruna Babangida, de cuya carrera luego poco se supo.

Pero por fin pudo ir convocado. En Zaragoza, el 30 de enero de 2000, debuta Reyes en Primera. Jugó cuatro minutos. Sin su melena, porque alguien le recomendó cortársela y él transigió cuando vio que su compañero Alejandro Campano pasaba por el aro. Tenía 16 años y 151 días aquella tarde en La Romareda, el jugador más joven en debutar en el Sevilla -aún lo es- y uno de los más precoces de la liga española.

 

A Reyes siempre le faltó literatura. El machacón ‘si hubiera querido…’ se impuso a su palmarés

 

El efecto 2000, el error del milenio, fue una chuminada. Pero el efecto que tuvo el año 2000 sobre el Sevilla modificó para siempre la naturaleza de la entidad. Monchi pasó de delegado de campo a director deportivo. El banquillo, para Joaquín Caparrós. Se les asignó la misión de reflotar un club que había tocado fondo. Decían que no había dinero ni para balones. De nuevo la caída al infierno de Segunda, pero acompañada por el descenso a Tercera del filial. Manolo Jiménez tomó las riendas y, desde el primer momento, convirtió en imprescindible a aquel zurdito utrerano.

Como tantos otros andaluces, Antonio Ramiro Pérez llegará a octogenario y la gente le seguirá llamando Antoñito. Compañero de vida de Reyes, antes lo fue de vestuario. Y nunca marcó más goles que jugando a su vera. Dos chavales que forjaron su amistad vapuleando al Lucena, al Cartaya o al Racing Portuense. El Romário del Polígono San Pablo -no podía ser más certero el apodo- anotó 40 dianas. Lógicamente, ascendieron. Se salieron de la tabla: 19 puntos al segundo.

Caparrós, lo saben en Sevilla y en Bilbao, es único gestionando los tiempos de los canteranos. Así que mientras conseguía el ascenso, apenas le dio minutos a Reyes. Había mucho azúcar, y quería evitar el subidón. Ya en Primera, le asignó a Pablo Alfaro como compañero de habitación. Declaración de intenciones. Y desde el pitido inicial de la 2001-02 lo puso de titular. El lío estaba formado.

Segunda jornada, Montjuic, estreno como visitante, y abre el marcador con un golazo. De nuevo, la atención mediática. ¿Se acuerdan de aquel chiquillo tan prometedor? Pues acaba de cumplir 18 años y ya está aquí, ya ha llegado. Ha echado la puerta abajo. Caparrós declararía después, cuando Messi eclosionó, que él esas cosas solo se las había visto hacer a Reyes.

Ya no es que fuera endiabladamente veloz, que también, sino que siempre elegía la mejor opción. Sabía cuándo arrancar, girarse, meterse por dentro, frenar, cambiar el ritmo, hacer la jugada individual o soltarla. Y si te encaraba estabas muerto. Sus habilidades confluyeron en el gol maradoniano al Valladolid. Pañuelos en las gradas del Sánchez-Pizjuán. Cómo sería la locura colectiva que Paco Gallardo se tomó al pie de la letra a un compañero en la celebración –«te voy a comer los huevos»– y mordió amistosa y fugazmente los genitales de Reyes.

Quizás algún lector desmemoriado o insultantemente joven crea que este artículo exagera. Pues ahí va otro hecho inusual y objetivo: en octubre debutó con la selección sub-19 -marcando- y en abril, en la misma temporada, lo subieron a la sub-21 -marcando también-. No quemaba etapas, las achicharraba. Solo bajaría un escalón para proclamarse campeón de la Eurocopa sub-19.

Encadenó una racha anotadora de tres partidos ligueros, pero un accidente en un entrenamiento le obligó a parar. Según los presentes, un balón golpeó una pica, que salió volando casi 20 metros. Reyes tuvo la mala -buena- suerte de que la punta se le incrustara junto al ojo. A la salida del hospital, con una llamativa venda en la frente, repitió las palabras de los médicos: «si llega a clavarse un centímetro más adentro, me quedo en el sitio». Aquella vez, la tragedia le pasó rozando. Estuvo cinco jornadas de baja.

Ilustración de Sr. García.

Y llegó la 2003-04, cuando todo cambió. Lo llamó la selección absoluta y firmó una actuación memorable en la goleada al Real Madrid de los galácticos. Aquella noche era él, y no sus rivales, los salidos de otro planeta. El partido presentó en sociedad a Dani Alves, pero a la vez fue el empujón que necesitaban en un despacho londinense para pagar lo que pidieran por Reyes.

Su marcha en el mercado invernal fue demoledora para la afición. Días antes, Biris Norte desplegó un tifo donde aparecían dos futbolistas, algo inusual: eran Reyes y Antoñito. Su amigo bromeaba en el entrenamiento mientras se negociaba su traspaso, diciéndole que al irse aseguraba las nóminas del resto. La venta del estadio revoloteaba como un buitre amenazante, pero él convirtió la deuda en calderilla. Recién renovado, dejó mucho al club, como siempre quiso. También dejó una frase entre lágrimas en el aeropuerto, mitad profecía y mitad súplica: «espero volver y que no se olviden de mí».

Dicen que Arsène Wenger se enamoró tanto de él que viajaba de incógnito para espiar su modo de vida. Ya a sus órdenes, lo alineó de inmediato en un Arsenal que iba como un tiro. Salió de inicio en los octavos de Champions, y en cuartos, frente al Chelsea, donde marcó su primer gol ‘gunner’. Allí estaba, recién llegado con 20 años y un inclasificable pantalón vaquero de campana, compartiendo ataque con Thierry Henry y sentando a Dennis Bergkamp. Ganaron la Premier League, y contribuyó con dos dianas decisivas a conservar el histórico calificativo de ‘Los Invencibles’.

Personalmente, no disfrutó en Londres. Cuando podía, se escapaba a casa. Le gustaba más la vida utrerana, como solía decir. Y eso que en Inglaterra le acompañaban amigos, que iban turnándose, además de toda su familia. Los mismos que arroparon a un chaval todavía más joven llamado Cesc Fàbregas. Parece mentira, pero anteayer -o eso queremos creerla nutrición jugaba un papel secundario incluso a esos niveles. A Reyes en Inglaterra solo le gustaba cenar papas fritas con huevo. Pablo Blanco, que lo fichó con nueve años, desveló que en las concentraciones no quería pasta ni pollo, y le permitían que comiera los bocadillos de su madre, porque si no se alimentaba únicamente de pan con manteca.

En Highbury se topó con un vestuario competitivo hasta el extremo, con grandes nombres que no dudaban en pisar a quien les amenazara. Lo sabía Luis Aragonés cuando intentó sacarle la mala leche que nunca tuvo –«dígale al negro que usted es mejor que él»-, pero Reyes no era así. Aquel año se hizo indiscutible marcando en las cinco primeras jornadas. En el Arsenal disputó 93 partidos -74 titularidades- en dos temporadas y media. En la final de la Champions salió de suplente.

Pasó dos campañas en Madrid, una en el Bernabéu y otra en el Calderón, y en ninguno fue bien recibido. No gustaban sus orígenes. En ciertos sectores brotó el mismo clasismo -me corto un dedo si no lo escribo-, que luego afloró tras su fallecimiento. Aunque participó en 38 encuentros, no cuajó a las órdenes de Javier Aguirre. No solo debía hacer olvidar su cuna, también que acababa de darle una Liga al Real Madrid.

Capello lo utilizó como revulsivo en aquella recta final de remontadas locas. Anotó en dos, un 4-3 ante el Espanyol y en la última jornada. Minuto 65 y el Mallorca arruinaba el alirón en Chamartín. Pero sale Reyes, y a los dos minutos marca. En el 82′, selló su doblete. El delirio. La Liga del ‘clavo ardiendo’, la más rocambolesca de cuantas ha ganado recientemente el Madrid, llevó su firma.

En el Benfica conoció a un entrenador que lo caló bien. Fueron hasta tres etapas distintas con Quique Sánchez Flores. «En Lisboa encontré un chico distinto, con una forma de entender la vida diferente a la gran mayoría». Se convirtió en su debilidad. «Cuando las cosas se ponían mal en un partido, yo sabía que Reyes iba a hacer algo. Se nota porque sus compañeros lo buscan». Juntos en el Atlético pusieron fin a una larga sequía europea ganando la Europa League. Marcó en la Supercopa ante el Inter. Ofreció un nivel de juego espectacular en esa época, finísimo, acallando a los colchoneros críticos. Todo iba sobre ruedas… Pero Quique no siguió. Manzano duró hasta Navidad. Y Simeone trató de convencerlo, pero ocho inviernos eran demasiados.

 

¿Tuvo Reyes un Balón de Oro en las botas? Quizás, pero no en su corazón ni en su cabeza

 

El 6 de enero de 2012, en la mañana de Reyes, se presentó el mejor regalo para la afición sevillista. «Con 28 años, que digan que vengo a retirarme es una locura. Yo vengo a ganar títulos». Y vaya si lo hizo. Regresó un jugador muy cambiado, con más pausa. Había perdido desborde pero ganado en visión de juego. Le costó aterrizar en aquel Sevilla de transición, aunque pronto usó su inteligencia y una técnica depuradísima para ir un paso por delante; con sus chispas otros prendían la mecha. El fútbol tenía sentido en su cabeza. No obstante, también perdió gol. A menos, claro está, que enfrente estuviera cierto equipo vestido a rayas verdes y blancas.

Ya había marcado en un derbi antes de irse, pero a la vuelta se cebó. Aunque saliera de lesión, o atravesara un bache, el entrenador sabía que esas noches eran Reyes y diez más. Doblete en una manita, inició con un pase sublime a la red la histórica remontada en la Liga Europa y abrió la lata en un 4-0 copero. Jamás renunció a la rivalidad que mamó de chico, como si eso fuese traicionarse a sí mismo. La motivación desmedida, los gestos a la grada contraria en el calentamiento, la sonrisa pícara, siempre la sonrisa. Se lo tomó como un derbi hasta en el Espanyol, donde marcó un golazo con la diestra para remontarle al Betis en el último minuto.

Cumplió su deseo: ganar títulos con el equipo de su vida. Tres Copas de la UEFA, una detrás de otra, de la mano de un Emery que se fue rindiendo a su clase. Presumía ante el vasco de su condición de talismán, y en las previas de las finales le avisaba de que para ganar tenía que ponerlo. Y cómo negarle algo a José Reyes, como Unai lo llamaba. Él recompensó su fe, por ejemplo, con una asistencia imposible a Carlos Bacca. Debe haber pocas fotografías más bonitas en el álbum sevillista que la del capitán Reyes ofreciéndole a su gente la quinta Europa League, ante el Liverpool, luciendo una camiseta de Antonio Puerta.

Su carrera siguió en el Córdoba, donde muchos temieron que llegara con ánimos atracadores y salió a ovación cerrada por partido. Los chinos, tan tentadores, por fin se lo llevaron. Pero momentáneamente, porque él quería estar cerca de su tierra. Se había casado por segunda vez e iba a volver a ser padre. Encontró acomodo en el Extremadura, con 35 años.

Tras su muerte, de inmediato rescataron el machacón ‘si hubiera querido…’. Los mismos que antes pasaron de puntillas por su calidad, callando lo buenísimo que era igualmente. No porque no lo vieran, sino porque no ganaban nada diciéndolo. A Reyes siempre le faltó literatura. Fue el primer español en conquistar una Premier League, jugó un Mundial, ganó una Liga, una Supercopa de Europa y, con cinco, es el futbolista con más Europa League de la historia. Por no hablar de las incontables miguitas de magia que dejó repartidas por el césped. De propina, en ese camino jamás se oyó reproche alguno de un compañero. Todo lo contrario. ‘Si hubiera querido…’, pues menos mal que no quiso.

Cierto, quizás tuvo un Balón de Oro en las botas, pero no en la cabeza ni en el corazón. Allá quien no sepa comprenderlo. Lejos de renunciar a una manera de vivir, la conjugó con su talento. ¿Conformismo? Así fue leyenda en su casa. Qué poquitos pueden decir eso. Leyenda real, en vida, incontestable, disfrutó viéndose en la fachada del estadio donde fue feliz. Marcó para siempre a una generación de sevillistas, la que se despidió de la infancia viéndolo jugar. Esos que, desde la fatídica mañana del 1 de junio, llevarán una puñalada bien honda en sus corazones futboleros.

Artista, sí, pero también campeón. Reyes encarnó lo mejor de su equipo. Si el Sevilla tuvo alguna vez un genio, fue él.

 


Este texto está extraído del interior del #Panenka88, un número que todavía puedes conseguir aquí