Un cierto aire de melancolía presidió su carrera: a Manel Martínez siempre le costó encontrar su sitio en el mundo del fútbol, pero si hubo un lugar y un tiempo en el que los astros se alinearon para elevarlo a los altares, ese lugar fue Las Gaunas y ese tiempo, el ecuador de los 90. Llegó a Logroño procedente del Sabadell siendo un desconocido, pero le costó muy poco meterse al público en el bolsillo. Lo hizo sin salir del área, su hábitat natural: al fin y al cabo, fue uno de esos delanteros imponentes que pierden su esencia cuanto más se alejan de la portería rival, un gigante de 1,90 metros al que le encajaba a la perfección el sobrenombre que le pusieron sus compañeros, el ‘Panzer’.

En aquel verano de 1995, el Logroñés de Juande Ramos empezaba la temporada en Segunda con el objetivo de ascender. Había estado ocho años consecutivos en Primera y la jerarquía le obligaba a regresar cuanto antes. Y regresó agarrado a los 27 goles de Manel, pichichi de la categoría. “Me trataron como a un riojano más y yo tuve la suerte de poder devolverles ese cariño con goles. Recuerdo perfectamente el calor de la gente, me pone los pelos de punta, y cuando voy a Logroño, aún me saludan por la calle”, explica. Fue el último gran delantero del último gran Logroñés: poco después llegaron las deudas y el derrumbe del club. “Cada salvador que venía, hundía un poco más el barco”, recuerda Manel, que se despidió de Logroño en la Navidad de 1999 para fichar por el Espanyol.

En su primera temporada, ganó la Copa, pero pronto comprobó que su entrenador, Paco Flores, no le iba a dar demasiada bola. “Me tocó vivir a la sombra de un gigante como Tamudo. Eran teóricamente los mejores años de mi carrera, pero me encontré con un entrenador que no confiaba en mí”. Se fue cedido al Sporting, donde cumplió un sueño, conocer a Quini. “Me hice delantero y llevaba el ‘9’ por él. Para mí era un ídolo. Trabajar con el ‘Brujo’ fue una de las grandes alegrías de mi carrera”, confiesa. También pasó por el Derby County (“Inglaterra es La Meca del fútbol, se respira fútbol de lunes a domingo”) antes de regresar a España para ponerse a las órdenes de Calderé en el Badalona, donde sufrió la lesión más grave de su carrera. Contribuyó después a devolver al Ibiza a Segunda B y colgó las botas en el Lorca, hace ya una década. Es un tipo afable y cercano, que sigue vinculado al fútbol -trabajó en el Sant Andreu y ahora forma parte del departamento de captación del Espanyol- y que vive cada partido con la sonrisa espontánea de un cadete. ¿Quién dijo melancolía?

 


Este artículo está extraído del interior del #Panenka78, un número que todavía puedes conseguir aquí