Las tradiciones sostienen a las familias y a los pueblos, son bellas y aseñoradas, pero tal vez su máximo fulgor lo adquieren cuando decides mandarlas a la mierda, y probar algo distinto. Hay una maniobra mágica, insuperable, que consiste en dejar de hacer lo que siempre has hecho, adentrándote súbitamente en territorio desconocido. Te sientes como cuando te encendías un cigarrillo en el baño del instituto: el cabrón más genial de todos los tiempos. Es una emoción estupenda, que deberías concederte en más ocasiones, en más y más ocasiones, hasta convertirla en tradición, si hace falta.

Lejos de lo que se cree, pasar de las tradiciones, aunque solo sea puntualmente, también reporta sus beneficios. Que se lo pregunten al Bayern, que ha hecho del color rojo de su camiseta una de sus señas de identidad, casi del mismo valor simbólico que el apellido Müller, y que sin embargo un buen día, en 1983, decidió prescindir de él, como quien abandona a su familia a medianoche, y saltó al campo a jugar un partido vestido de amarillo. Para más inri, ese nuevo color tampoco se correspondía con la segunda equipación del conjunto, con lo que cogió por sorpresa a todos, incluidos los propios aficionados muniqueses.

Aunque todo tenía una explicación. En aquella época, el Bayern dominaba con autoridad la liga alemana y ya era uno de los bloques más respetados de Europa. Un sólido escuadrón que, aun así, también contaba con sus recodos oscuros, como por ejemplo el Fritz-Walter-Stadion, donde los bávaros, cada vez que visitaban al Kaiserslautern, se topaban con una derrota, o, en el mejor de los casos, con un empate. Así había ocurrido durante las ocho temporadas anteriores. Tal era la frustración que Paul Breitner había llegado a bromear diciendo que lo mejor era no ir a jugar y mandarle los puntos al rival por correo.

Para la campaña de 1983, antes de presentarse de nuevo en su estadio maldito, la entidad se reunió con Adidas y le deslizó la idea de dar un golpe de efecto con la vestimenta. De ahí surgió la idea de crear un uniforme inspirado en la siempre temible selección brasileña, que se mantendría en secreto y sería exclusivo para ese encuentro. Así pues, sin que nadie lo esperase, el Bayern apareció en el terreno de juego con el sorprendente atuendo y, como no podía ser de otra forma, ganó el duelo gracias a un gol de Klaus Augenthaler.

Durante la década de los 90, el club volvería a jugar de amarillo en algunos duelos, aunque más para homenajear a aquel feliz episodio del pasado que para combatir nuevas maldiciones. Fue una bonita manera de recordar que, en ocasiones, para ser uno mismo basta con no intentar parecerlo.


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Puedes conseguir nuestro último número en la tienda online